12.2.10

elías moro / 2 poemas

Figurantes
A Juan Carlos Mestre

James Rufus Agee, que vivió durante dos meses con los aparceros de Alabama durante la gran depresión, escribió los guiones de La reina de África y La noche del cazador y murió de un infarto en un taxi de Nueva York.

El mayordomo de Maupassant, que nunca se recuperó del tercer suicidio de su señor.

Clarence Roberts, sicario de un gánster. Cantaba como tenor de su parroquia en el coro de los domingos y asesinaba por las noches.

Ramón Enríquez, pescador de tiburones, quien, contra todo pronóstico, murió una tarde de galerna con los naipes en la mano junto a los cestos de la carnaza.

Mario Ezequiel Brindisi, puntero derecho, virtuoso de la armónica con la que tocaba fados y boleros hasta hacernos llorar de alegría o desconsuelo.

Tom Nash, compinche de Mark Twain, patinador nocturno en el Mississippi al abrigo de los grandes vapores fluviales.

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Vizcaíno, ese cuate escritor y fotógrafo que se hizo llamar Rulfo para que no se perdiera el apellido de su abuela por el sumidero del olvido.

Frank O’Hara, poeta y dramaturgo, combatiente naval en el Pacífico. Amante de Joe Brainard, murió arrollado por un vehículo en la playa de Fire Island, estado de Nueva York.

Ada Falcón, cantante de tango en la época de entreguerras, quien en la cumbre del éxito se retiró a un convento de clausura y se hizo monja franciscana.

José y Juan Viñals, tipógrafo y óptico respectivamente, poetas, hijos del panadero catalán que fundó el cementerio de Corralito, Argentina, allá por los años treinta, y del que fue uno de sus primeros moradores.

Pietro D’Abano, astrólogo y filósofo cuyo cadáver fue quemado por la Inquisición por haber tenido tratos con el diablo.

Mariano Azuela, escritor de los pobres, médico del ejército de Pancho Villa.

Fermina Ocaña, natural de Uclés, provincia de Cuenca. Modista privada al servicio de los Peñasco, sobrevivió al hundimiento del Titanic, peregrinó a su pueblo por cumplir una promesa, y abrió una pensión en Madrid, lo más lejos que pudo del mar, a donde no regresó jamás.

Johannes Kepler, matemático y astrónomo estudioso de las órbitas planetarias. Viudo de dos esposas y superviviente de varios hijos, murió solo y pobre en una ciudad extraña intentando cobrar una deuda para aliviar sus penurias.

Gutierre de Cetina, soldado y poeta, por este orden, autor de los más bellos madrigales, muerto en un duelo a espada bajo la ventana de su amada.

Andrés Cepeda. Anarquista y homosexual, letrista de tangos. Algunas de sus letras fueron cantadas por Gardel.

Carl Ludwig Long, saltador de longitud alemán. Aconsejó a Owens sobre cómo efectuar su último salto en los Juegos del 36. Perdió el oro frente a él y se ganó el odio de Hitler, quien lo envió a morir en el frente de Sicilia durante la Segunda Guerra Mundial.

Antoine de Tounens, procurador de los tribunales franceses, masón, que se autoproclamó Rey de la Araucania y la Patagonia. Deportado en cuatro ocasiones desde la República Chilena, acabó sus días viviendo de la caridad de un sobrino carnicero.

Daniel Moyano. Escritor argentino, italiano, indio y español. De chico robaba fruta con quien luego sería el «Che» en el huerto cordobés de Manuel de Falla. Violinista en el Cuarteto de Cuerda y Orquesta de Cámara de La Rioja. Murió en el exilio.

La dirección pone en conocimiento de los señores espectadores que en caso de fuerza mayor este elenco de figurantes se hará cargo de la representación.

No se devolverá, en ningún caso, el dinero de las entradas.


Fugaz

lo que tarda una cerilla en consumirse
tras la chispa y el fulgor de la madera y el fósforo
el aleteo de tus párpados antes del sueño en que me sueñas
la mudanza de las aves y las hojas en los noviembres
del calendario
la gota de sangre y sus misterios bajo la lupa del miedo
el mugido espeso de las reses camino del matadero
el llanto salobre y a solas del navegante y el farero
el abdomen de la abeja preñado de polen
esa nube que se extingue con la tarde
el exacto vaivén de la plomada certificando lo recto
el temblor del filamento cuando concibe la luz que nos alumbra
la boca azul del alarido y las escarchas del frío

lo que siendo fugaz permanece en nosotros,
terco y ligero como este dolor
que nunca acaba
de írseme del pecho







Elías Moro (Madrid, 1959) es autor de los libros de poesía Contrabando (Editora Regional de Extremadura, Mérida, 1987), Casi humanos (bestiario) (Germanía, 2001), Palos de ciego (El Pájaro Solitario, 2002), La tabla del 3 (De la luna libros, 2004) y la antología En piel y huesos (ERE, 2009). En el terreno de la prosa ha publicado el libro de relatos Óbitos súbitos (ERE, 2000) y el libro de textos breves Me acuerdo (De la luna libros, 1999), en colaboración con Daniel Casado. Una edición corregida y aumentada del mismo título, ya en solitario, acaba de aparecer en Calambur Editorial, 2009. Asimismo, sus poemas han aparecido en las carpetas Bestiario -con el pintor Luis Ledo-, y Abrazos -con ilustraciones de Petra Portillo- (Escuela de Arte de Mérida, 2006).

Tranviario de servicio en la página web http://www.delostranvias.blogspot.com/, acaba de inaugurar la bitácora http://www.eljuegodelataba.blogspot.com/.



27.1.10

josé maría castrillón / 4 poemas

Excavación

los cimientos de la casa expulsan el agua que ha empapado
durante días la tierra
contemplo su desecación como el sangrado de un animal
así canto la humilde mansedumbre
del fin cuando los símbolos
interfieren de manera inaceptable con la muerte
porque nada se había acercado ni por un instante a mí

contrastes y un delicado vigor
sobre la placa del poema
levaduras colmatado de silencios porosos por la delación de
un final llovido antes
y heces higo hígado de arcilla maduro violentamente abierto
ante mí

pero sólo es corte en la tierra
que dejaremos secar al sol
para que todo nazca de un levantamiento del vacío


Entusiasmo

los que alcanzaron a ver el azafrán en los estigmas
Pollock que pinta a fuerza de brazos
sobre el suelo
los que aguardaban tránsitos celestes
como los colores beben del silencio a nuestro lado
siguen aquí
han olvidado los filamentos de la luz
aquellos que nos inventaran
apenas desde un fondo


Verano: mediodía

los sonidos que llegan a través de la ventana han recortado el interior y ahora lo alzan con la presión insospechada de la savia: es el sueño

las voces y los trinos comparten la misma estupidez de un relato que en sentido inverso se lee y con las sienes atentas

por las conversaciones y los pájaros adivinamos el cielo –se diga como se diga en la cínica necesidad de los poetas–

advertimos la salazón del verano –se diga como se diga lo que de cada verano hemos aprendido–

y sentimos el mosto que asciende sobre sus azúcares dejando lejos al invierno

en su rama fría absorta


Octubre

son afán y pudrición los días nuevos
respira transforma mastica consiente
el valle es una boca atareada
y lo que veo
un orificio abierto en un plano
donde hormiguean las palabras
en su labor
a destiempo
 
 
 
José María Castrillón (Avilés, 1966) es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo. Ha publicado los textos poéticos La sonrisa de un delfín (Heracles y Nosotros, 1991), Animal de compañía (Nómadas, 1998), Aún por recorrer (Magua, 2004), La vieja munición (Idea, 2005) y  el círculo y la piedra (Trea, 2006). La editorial Trea editará próximamente gramos. Perteneció al consejo de redacción de la colección literaria Nómadas y de la revista Solaria. Co-dirigió, junto a Jordi Doce, el monográfico Antonio Gamoneda. En la lógica mortal (Ínsula, 736, abril de 2008).

14.1.10

francisco león / un instante en lucio fontana


Lucio Fontana

En los años que vinieron después de su célebre exposición en la Biennale di Venezia de 1958, la vida más secreta del pintor Lucio Fontana entró en declive. A decir verdad, fue la misma época por la que su prolongado amorío con Rina Molé, cuajado de deserciones imprevistas y tórridos reencuentros, tocaría fondo. De Rina Molé –oriunda de la Toscana y veinte años más joven que el genio de Varese– se da noticia en un bello y polémico poema muy conocido en los círculos de la élite cultural italiana [1]. Un fragmento de esa composición llega a sugerir que Rina, muchacha alta muy apreciada por sus curvas arrebatadoras, con larga melena negra y cuerpo de boa, era el objeto de una mercadería indecorosa entre Lucio Fontana y uno de los integrantes de su tribu de acólitos. «Yo la acompañaba de día, / tú la veías de noche», rezan dos versos del citado poema.

Pero Lucio Fontana, el hombre más desprendido y bruto de la minúscula –casi alfeñique, como él mismo decía– república cultural de su país, trató de combatir aquel paulatino naufragio vital y amoroso como sólo sabía hacerlo: invitando a Rina a un almuerzo opíparo de mejillones, patatas fritas y risotadas con vino en las alejadas costas de Bari, en esa parte solitaria y rocosa que los italianos del Sur llaman Las Puertas del Adriático.

Aquella fue también la época en que Lucio Fontana, ya dueño absoluto de su arte y su mente irritable, se lanzó de lleno a sus más radicales concetti espaziali. La denominada «serie de los tajos», consistente en la elaboración de agujeros e incisiones sobre la tela de sus pinturas, estaba dirigida a establecer metafísicamente lo que él mismo llamó «un arte para la Era Espacial». La vuelta de tuerca mostrada con orgullo en las salas de arte cosechó ipso facto críticas formidables en los grandes periódicos; el poeta y periodista Alfonso Gatto, por ejemplo, escribió en su típica prosa eléctrica: «Fontana ha propinado un gancho al estómago del arte parisién: Europa entera vomita sus viejas creencias y asiste atónita al resurgir de la renovada libertad italiana».

Las muestras de su arte se multiplicaron como hongos, a pesar de los dudosos beneplácitos de los dos gurús de la crítica europea: el italiano Argan y el francés Tapié. Pero Fontana se reía de ambos ideólogos. Se sabía poseedor del espaldarazo popular e invencible de los poetas de renovación y libertad totales. Los acaudalados y súbitos demócratas post-fascistas compraban. No comprendían nada de su arte destructivo, pero compraban, convencidos de que si Fontana había podido transitar del alfa al omega sin arrugarse el traje, ellos también podrían transitar de Mussolini a Giovanni Gronchi. Del manojo de liras que llegó a embolsarse con la venta de sus cuadros y esculturas, a Fontana le sobró para adquirir un viejo capricho soñado ya en el maquinismo futurista de su juventud: un Alfa Romeo verde botella descapotable al que a menudo dejaba sediento, como a un potro demasiado joven, en cualquier cuneta, después de fustigar presuroso las solitarias campiñas de Emilia Romagna.

La historia podría comenzar también año y medio antes, un día en el que a Lucio Fontana le dio el arrebato de retomar sus trabajos de cerámica creativa en el pueblo de Albisola, en las fértiles llanuras de Liguria. Se montó en su Alfa Romeo y, sin mediar una frase, desapareció. Despechada por otra más de las súbitas y enojosas ausencias de su artista, Rina Molé habría tenido un encuentro amoroso en su apartamento de Milán con uno de los íntimos de Fontana. La víctima elegida para cumplir la venganza femenina fue el poeta labriego de Montemurro –como lo llamaba Fontana– Leonardo Sinisgalli, casi diez años más joven que él y autor del poema al que nos referimos.

 


Rina Molé

La conocida excursión a Bari en compañía de Rina la aprovecharía Fontana para poner en su conocimiento que él y media Italia discutían ya sabrosamente sobre quién se quedaría al final con la fidanzata del gremio, Sinisgalli o el gran pintor. Elección risible si se tuviera en cuenta por un instante el desventurado primor físico de ambos creadores. Asediada por los sarcasmos intolerables de Fontana, Rina, naturalmente, lo negó todo con los ojos inyectados en una sangre ácida casi violeta que al artista le pareció una cosa afortunadísima. Para probar su leal pero al parecer falsa monogamia, Rina desató todo el drama de su furia ante el auditorio barino en un acto de opereta sin precedentes. Se puso en pie y lanzó su plato de mejillones adriáticos en la mismísima cara del artista nacional.

El incidente fue acreditado por las fotos de Alessandro Costa, un artista de la cámara con rostro de anguila y ojos saltones, perfecto conocedor de la vida atrabiliaria de Fontana y sus sonadas camorras ya fueran en fiestas, inauguraciones o tranquilos restaurantes de la costa oriental. Algunas de las fotografías llegaron a ser publicadas en un boletín literario shandy de circulación secreta con un pie de página memorable: «Lucio Fontana lucha con sus moules», palabra que en francés atlántico designa tanto al crustáceo bivalvo como al órgano sexual femenino.

Mientras tanto, no dejaba de ser curioso que el poeta labriego de Montemurro, cuya vida y personalidad dejaban en ridículo la vida y personalidad de un espartano paupérrimo, tanto en lo fiduciario como en lo afectivo, afirmara en el citado poema que era el propio Fontana, hombre de un espíritu tan vigoroso como desinteresado, quien solía «pasar» a sus amigos las amantes que le sobraban. Los versos sonaban a treta escrita para apaciguar de antemano las tormentas de rayos y centellas que ya veía el poeta cernirse sobre su cabeza a causa del incidente amoroso.

La mayoría de la tribu –es decir, los nostálgicos del Fascio, los reformistas y los marxistas–, por mero rencor al gran genio inventor de los «conceptos espaciales», dieron la razón a Sinisgalli. Era lógico, comentaban entre copa y copa los bienpensantes en las reuniones y tertulias. Fontana había sido el único culpable de insuflar tal barbaridad: había alimentado a sus admiradores en aquel estilo de arrojado centurión propio de épocas pasadas. Ahora, con razón, sus propios camaradas lo imitaban: «Eras sincero y fuerte y elegante –escribió Sinisgalli visiblemente agradecido por la generosidad del maestro–, eras ya entonces más grande que Arp. Por ese tiempo Argan contaba poco o nada. Y Tapié vendía lubrificantes».



Reunión de la tribu

Por estrafalario que pueda parecerle al lector, Rina Molé nada supo del contenido de este poema hasta el día de su publicación. Su impermeabilidad a la poesía –y otros aseguran que también a la pintura– era proverbial.

En una carta dirigida al crítico francés Michel Tapié, muy aficionado a los tejemanejes y brutalidades de Fontana, de quien por esa época pretendía componer una biografía parcial, Rina afirmó que en absoluto había sido ella una de las chicas «di qualità cattiva» que rondaban al artista en todo momento y con las cuales remendaba el «povero Lucio» sus horas de desdicha. Horas que al parecer, según insinúa poéticamente Sinisgalli, eran muchas. He aquí el pasaje más comprometido del poema:

Tenías nuestra loca admiración,
y te bastaban
nuestros juicios inexpertos,
nos dabas algún dinero,
incluso nos pasabas a tus chicas.

Que la agraciadísima y multisuspirada Rina Molé fuera considerada en los versos del poeta pobretón, y ahora indigno, un objeto de intercambio amatorio entre ambos creadores causó tal marejada de críticas, amenazas y risas entre los caballieri del arte –sobre todo entre los señores del arte con cuenta bancaria suiza– que el retirado, incognoscible y sureño pueblo de Montemurro vio producirse el regreso milagroso de su hijo más pródigo a bordo de un microbús de línea de la compañía local Brusutti.

Sinisgalli huyó a su pueblo natal. Y la excusa era bien simple: su ya viejo padre, al que en uno de sus primeros poemas había denominado «fantasma saturnal», se hallaba a las puertas de los febriles Elíseos. Dicen –y este particular no se ha podido confirmar– que nada más apearse del Brusutti, el poeta, ataviado a pesar de los treinta y seis rigurosos grados centígrados de temperatura con sus famosos gabardina, sobrero y paraguas, salvó con paso de cuervo la empedrada plaza Albini de la aldea y acudió presto a la barbería donde trasquilaba a los montemurrianos crespudos uno de sus amigos predilectos –y primo hermano a la sazón–, Albertino Sinisgalli.

Entre guedejas de chivo y perfumes de afeites prefascistas, Leonardo contó a su primo, mediados los detalles pertinentes de la típica narratología masculina en estos casos, qué clase de cavallona era la tal Rina Molé sobre los cuatro palos de un camastro milanés. A lo que el cándido Albertino, hombre reconcentrado casi mudo, respondió: «¡Santísima madonna!».

Largos meses de retiro permaneció Sinisgalli en su Montemurro soleado y pedregoso, consagrado a la composición lírica, las agonías amorosas que le deparaba el recuerdo del cuerpo desnudo de Rina Molé y los ristretti negros del cafetín en que se reunía la morralla sureña de Basilicata. Todos los campesinos rijosos de Montemurro habían trabado noticia de su triunfo viril y lo admiraban con envidia insana nada más entrar en la cantina. Sinisgalli, azurro por antonomasia a pesar de su erudición y sus estudios en matemáticas, hacía lo suyo: pavonearse ante el cerrilismo de sus paisanos más encopetado que un maharajá de la India. Sabemos por una carta guardada entre los papeles de un editor milanés que Leonardo Sinisgalli se apenó francamente de que su treta no pudiera sostenerse por más tiempo: «En la ciudad sospechan. Me requieren del trabajo, y mi querido padre supera en salud a las mismísimas mulas: no habrá muerte este año ni el próximo. Antes me mata a mí. He de irme».



Montemurro

Su buen amigo y poeta ex-marxista Alfonso Gatto, que supo de la intención de su vuelta por el mismo editor, tomó de nuevo la pluma y escribió: «Si vienes, Leonardo, tendrás que enfrentarte a ese bestia –en referencia a Fontana–; va diciendo por ahí que se las pagarás todas juntas, y te aseguro que, primero, te anunciará que él recibió la medalla de plata al mérito militar en la Gran Guerra de los caballeros y, seguidamente, te aplicará un surtido vendaval de trompadas de todas las formas y de todos los colores. Así que permanece en Montemurro y disfruta del buen tiempo meridional, ¡Ciao!»

Leonardo Sinisgalli se vio obligado a requerir la intercesión de Rina. Ella lo había inmiscuido en aquella batalla campal y ella debía sacarlo ahora. No relegaría su vida de poeta a aquella aldehuela de ignaros. Así que, sentado en uno de los sillones giratorios de la barbería de su primo, le escribió a su querida varias cartas que jamás obtuvieron respuesta.

Pero Rina Molé se hallaba por entonces tomando unas vacaciones en la Riviera francesa a base de paseos matutinos, compras caras, champaña y fruits de mer en la compañía siempre azarosa de Lucio Fontana y un amigo artista firmante del primer manifiesto del espacialismo. Los tres habían atravesado el país con el bólido verde botella descapotable como almas que llevara el diablo. Semanas antes, Lucio le había perdonado a Rina el inoportuno incidente de los mejillones voladores de Bari porque, después de arrojárselos hirvientes ante la estupefacción general, la muchacha huyó al servicio femenino, donde se encerró unas dos horas. Para hacer más llevadero su encierro, Rina pedía copitas de Cinzano que el camarero le pasaba por el ventanuco del retrete desde la parte de caballeros. Cundió la risa en el restaurante y Fontana amenazó varias veces con echar la puerta abajo y sacarla de allí a trompadas si no ponía de inmediato fin a aquella opereta. Pelillos a la mar, como suele decirse, pues aquello había pasado y la realidad es que ahora se encontraban en la Riviera y el sol marino les sonreía de nuevo.

Con todo, debe aclararse que la notoriedad pugilística de Fontana había sido siempre una exageración suya y de los suyos, proclives siempre que podían a llamar la atención sobre el hecho cierto de que Lucio Fontana había recibido de la República –años ha– la traída y llevada condecoración al mérito militar. Lo único incuestionable es que en 1959 Fontana albergaba sobre sus dos piernas la nada despreciable edad de sesenta años justos. La brisa anunciadora de la vejez lo había adelgazado, su calva era ya honorable y el pelo crespo de su bigote había encanecido. Muy bien tenía que habérsele dado la contienda para derribar con cierta galanura a un contendiente mucho más joven.

En resumidas cuentas: Sinisgalli no tuvo otro remedio que regresar a Milán, saciado de la vida insulsa de Montemurro, y enfrentar su destino. Durante unos días trató de evitar los lugares frecuentados por la tribu. Se subió el cuello de su gabardina y rehuyó la calle Mauro Macchi, en la que a menudo alquilaba habitación, la Plaza San Babila, y el barrio de Lambrate, donde en otros tiempos todos comían bocadillos de jamón y tomaban cerveza a cuenta de Fontana. En un poema posterior de rememoración de tiempos felices, Sinisgalli nombraría a los directos del grupo cotidiano de Fontana:

...hace ya 25 años, estábamos en Lambrate,
en la piscina. Estaba Gatto, estaba Cantatore,
quizá estaba Broggini, y Rina y Enriqueta.
Había salido el libreto sobre Attanasio Soldati...

Sinisgalli vagó por Milán como un espectro atolondrado al que se le hubiera prohibido manifestarse a sus horas. Desorientado en su propio feudo, se refugiaba en las librerías de viejo, catacumbas a las que sabía muy bien que jamás entraría Fontana, que odiaba todo lo antiguo. «Aquellos tuvieron que ser unos días tristes para ambos –cuenta en la biografía fontanesca el francés Tapié– ya que si había en las cuadrillas del arte italianas dos personas que se profesaran verdadera dilección y hermandad, esos eran Lucio y Leonardo». Se sabe que, a pesar de anhelarlo, tampoco Fontana hizo demasiados esfuerzos por dar con él. Igualmente ponía excusas a los amigos con el fin de evitar sobre todo Lambrate y los cafetines de la Plaza San Babila.



Leonardo Sinisgalli

Está documentado con sobradas versiones el desgraciado encuentro que tuvo lugar en la joyería milanesa Costantino. Llevado por su fantasía viril, Lucio Fontana había tomado ese día la santa decisión de casarse con Rina en una ceremonia cerca de Bari en el sur peninsular de Italia, sin haber obtenido aún el consentimiento de su consorte, a la que quería dar una sorpresa de muerte. Fontana apareció en la joyería acompañado de sus amigos y pareja Alfonso Gatto y Enriqueta de Filippo. El destino, concepto que ambos artistas despreciaron toda su vida, tejió los caminos de los enamorados. Cuando Enriqueta, Gatto y Fontana entraban en la joyería tropezaron de bruces con un tipo que prácticamente parecía huir bajo un sombrero y gabardina negras. «El demonio no lo habría preparado mejor», escribe Alfonso Gatto en sus memorias inconclusas. Se trataba de Leonardo Sinisgalli. Cuenta Gatto que, primero que nada, ambos contendientes del amor se saludaron como si hubieran esperado mucho tiempo para hacerlo, aunque sin palmadas ni abrazos. «Fue algo así como un seco “¡Pero dónde te habías metido!” Luego se miraron de arriba abajo. Sinisgalli había comprado un anillo con el que iba a pedir la mano de Rina Molé y que llevaba dentro de una cajita de terciopelo rojo. «Estoy seguro –continúa Gatto– de que se trataba del mismo y exacto anillo que habría comprado Fontana si no hubiese sido porque de inmediato ambos se abalanzaron uno sobre otro.» Fue, al parecer, una riña sin importancia y grotesca. Forcejearon en silencio, sin decir una palabra mayor que otra. Fontana agarró a Sinisgalli por la solapa de su gabardina y lo zarandeó. El poeta enganchó al pintor por el cuello e hizo lo propio. Entretanto, la cajita de terciopelo rodó por la moqueta, se abrió y dejó al descubierto el oro del anillo. La mala suerte hizo que el maestro Fontana tropezara con un perchero. Fue la primera vez en la historia que alguien veía al maestro lastrado de aquella manera tan lamentable. Sinisgalli, aturdido por la caída inesperada del maestro, se agachó para recogerlo e interesarse por su estado. En ese momento dijo: «Maestro, scusa». Luego huyó espantado del lugar.

Fue la última vez que Sinisgalli y Fontana se dirigieron la palabra. Nueve años de silencio entre ambos, hasta que el 7 de septiembre de 1968 el pintor falleció. Nueve años durante los cuales la tribu dispensó honores de César vencido al gran artista moderno de Italia.

Un buen día, antes de la desaparición del gran Fontana, Rina Molé, por lo menos la Rina Molé física, desapareció de la escena cultural y amatoria de la tribu. No se pudo disfrutar más de su beldad latina en las fiestas literarias, ni en las reuniones en los chalet con piscina y guirnaldas de luces, ni en las citas pictóricas de las ocho de la tarde en las que se tomaba el bíter. No pudo resistir los nuevos desplantes y los ataques de celos de Fontana. Algún tiempo después, disuelto el grupo, se supo de ella gracias al fotógrafo Alessandro Costa. La detectó con sus lentes y ojos de anguila en un apartado pueblo de pescadores del sur occidental de Sicilia, un lugar llamado Selinunte y conocido por las ruinas ciclópeas que dejaron allí los griegos antiguos. El final de sus días –ese exilio y reclusión a los que ella misma se sometió en esa parte del Mediterráneo que los italianos cultos consideran la Italia africana y malhadada– cargó al ambiente artístico milanés con sentimientos de culpabilidad e impresión de luto. En un poema muy posterior, ya fallecido Fontana y Gatto, congestionado por la tristeza, Sinisgalli se preguntaba por el paradero de su gran amor:

Es tarde, y los cristales se cuajaron de escarcha,
¿dónde estará en este instante?
¿está viva acaso, estará
muerta Rina Molé?

Pero la que no desaparecerá nunca es la Rina Molé espiritual, la que engendró con su furia creativa el gran maestro Lucio Fontana. Sobre el afamado pedestal de la Gallería de Milán, junto al negocio de Olivetti, continúa en pie una escultura, «mi victoria barroca», como la llamó el propio Fontana. Pocos conocen el dato, pero se trata de la mismísima representación, aunque secreta, de Rina Molé.

1976 fue un año luctuoso para Leonardo Sinisgalli. Cerca de Grosetto, un gélido ocho de marzo, con la carretera cubierta por una maravillosa escarcha de color azulado, Alfonso Gatto muere en accidente de tráfico al salirse de la carretera con el Alfa Romeo desbocado que le regalara unos quince años antes el bueno de Fontana. Se dice que fue la última vez que acudieron los integrantes de la tribu que aún vivían o que se encontraban viviendo aún en Italia. Sinisgalli abrigaba la esperanza de reencontrarse allí con Rina Molé y convencerla para que se quedara con él en Milán o en cualesquiera otras partes del mundo, pero la espera fue vana: la antigua diva no acudió. O por lo menos no acudió físicamente.



Leonardo Sinisgalli

En su libro de prosas aforísticas, L’etá della luna, el poeta labriego de Montemurro escribió: «Fue un día feliz, a pesar de todo, querido Gatto. Apareció Cantatore con su gabardina remendada, y Broggini, que después del entierro, llorando todavía, sacó su bocadillo para merendar al lado de tu sepulcro. Apareció el insidioso Alessandro Costa, Ojos de Anguila, que sacó unas fotos. Me gustó mucho ver a tu Enriqueta, toda vestida con tules negros y una pamela de entretiempo que te hubiera encantado. Y ya sabes quién no iba a faltar, así tuviera que arrancarse de entre los muertos, como de hecho lo hizo. Era nuestro grandísimo Lucio Fontana, el maestro de la antimateria, del antimundo y la no-poesía. Y a su lado marchaba con paso celestial, como la Beatrice del Dante, nuestra Rina, nuestra Rina Molé con sus botines de piel. Fui hacia ellos para abrazarles y me hablaron en el sereno italiano en que departen los muertos en las regiones transparentes. Estaban bellos y felices, por fin, juntos para siempre. “Esta noche cenaremos con Gatto, patatas fritas y mejillones del Adriático.” O eso me dijeron, por lo menos. Después se marcharon, se disiparon, quiero decir, entre los viejos olivos del cementerio».

La visión elegíaca y definitiva de Sinisgalli, narrada particularmente en «Carta para Alfonso Gatto», reúne a vivos y a muertos en una suerte de misa metafórica muy de su estilo lírico. Una vez más el poeta halla en el poema la ocasión perfecta para saldar sus deudas con los muertos. Sinisgalli se adelanta para saludar a Rina, a quien besa en presencia del pintor sin prevención de sus trompadas. Luego se dirige a su mentor, maestro y amigo, y con una reverencia le espeta: «Maestro, firmemos la paz entre nosotros».


[1] Nos referimos a «Oda a Lucio Fontana», cuya única traducción al español puede consultarse en Piedra y Cielo, Revista de Poesía, arte y pensamiento, núm. 4, 2005.



Francisco León (Canarias, 1970) ha publicado Cartografía (1999), Ocho pajazzadas para Salomé (1999), Tiempo entero (2002), Ábaco. Diarios (2005), Terraria (2006, I Premio Internacional de Poesía Màrius Sampere) y Dos mundos (2007). Fue codirector de la revista Paradiso (12 número). En 1994, Andrés Sánchez Robayna seleccionó poemas suyos para la antología Paradiso (Siete poetas). Fue editor literario con Alejandro Krawietz de la antología La otra joven poesía española (2003). Ha dirigido las revistas Can Mayor (17 números) y Vulcane (12 números) y fundado, junto a otros amigos, la revista Piedra y Cielo (4 números), de la cual fue secretario de redacción. Pertenece desde hace trece años al Taller de Traducción Literaria de la Universidad de La Laguna. Recientemente ha publicado la novela Carta a una señorita griega (2009). Tiene activa en la red la bitácora El ábaco y los días.

30.12.09

eduardo moga / 2 poemas en prosa

[AYER PENSÉ QUE HOY PODRÍA ESCRIBIR UN POEMA…]

Ayer pensé que hoy podría escribir un poema. Hacía tiempo que no escribía ninguno. En realidad, me asigno otras tareas, en prosa, para no sentirme obligado a escribir versos. Pero ayer se me acabaron los quehaceres, o, mejor dicho, ninguno se me imponía con tanta urgencia como para no poder dedicarme a otras actividades. He terminado de corregir la traducción de Libro de amigo y amado: he llegado a ese punto, cuya determinación es intuitiva, en el que cualquier cambio la empeora, aunque no sea inmejorable [ninguna lo es: toda traducción caduca; toda traducción, según Benjamin, «está destinada a diluirse una y otra vez en el desarrollo de su propia lengua»]. Para los artículos pendientes sobre el realismo sucio [no sé qué voy a decir: apenas me interesa el realismo sucio: su dicción es tan seca que se rasga, y el desgarrón sólo revela, casi siempre, una vaciedad iletrada. Sin embargo, alguna vez, la hendidura se abre al abismo: la voz, de tan áspera, se coagula en espanto, y se detiene, sobrecogida, al borde mismo del despeñamiento] y la poesía de A. F. M. aún no he hecho las lecturas debidas: no puedo, pues, ponerme a escribir, aunque ello no sería un obstáculo para muchos: el reverendo Sidney Smith, que reseñaba novedades para el Edinburgh Review a principios del siglo XIX, afirmaba no leer nunca el libro antes de escribir su crítica, para que no le creara un prejuicio. [Hace poco he leído esta anécdota atribuida a Óscar Wilde, a quien cabe asignar —como antes se hacía con Quevedo en España— cualquier facecia o chascarrillo de la historia de la literatura: in dubio, pro Wilde.] Lo de A. F. M. me preocupa, porque he de entregar diez folios antes del próximo dieciséis de octubre, y sólo ver los tres gruesos volúmenes de sus poesías angustiosamente completas me levanta dolor de cabeza. Tengo sus libros junto a mí, en un estante, a la altura de los ojos [mi biblioteca se ordena alfabéticamente, pero su disposición se tambalea: los libros, que no dejan de afluir, ya no caben en pie y rellenan, tendidos, los espacios entre baldas; promiscuos, se apiñan, se refriegan, incurren en orgías horizontales]; entre ellos se cuentan muchos cuadernillos y plaquettes, algunos de ínfima condición: A. F. M. publicaba, en cualquier sitio, todo cuanto escribía; no quería privar al mundo de la sublimidad de su estro. Les he echado un vistazo antes de empuñar el lápiz. A menudo lo hago: hojear poemarios al azar, sin ningún propósito, sólo para convocar a la inspiración [la inspiración es corregir sin fin], o para que pase el tiempo y esté así más cerca el momento de levantarme de la mesa. Limpio el tablero a papirotazos, afilo el lápiz, repaso inútilmente los papeles inútiles que se acumulan a mi alrededor [muchos de los cuales son poemarios, abnegadamente compuestos, que sus autores quieren ver publicados: no se dan cuenta de que nunca verán la luz, o de que lo harán en condiciones vergonzantes, y de que jamás cobrarán la relevancia a la que aspiran; qué glosa interminable, por lo demás, es la poesía: qué laboriosa perífrasis]: todo para despejar un espacio en el que pueda alojarse la palabra. A veces, me quedo quieto, sin pensar en nada, mordisqueando el extremo del staedtler, sintiendo que el tiempo pasa como una gamuza por un aparador.

Llegado a este punto, me doy cuenta de que aún no he escrito ni una sola palabra poética, o, por lo menos, animada por una voluntad poética: no me ha costado escribir hasta aquí. Sólo si la palabra se resiste, es poesía; los versos calamo currente no son, en realidad, versos.

En la mesa se abre una grieta. [«El poeta es un cultivador de grietas», ha escrito Juarroz.] Dentro están mis ojos. [También se resquebraja el agua del vaso; y el vaso, intacto.] Los almohadones han perdido su blandura. Algo incomprensible entumece los músculos, el folio en el que escribo «el folio en el que escribo» [que pertenece a un poemario rehusado, ignoro de quién: utilizo el dorso de tantas páginas desechadas para consignar mis borradores; la poesía es el humus de la poesía], el cielo, convertido ahora en una membrana imposible, en una sopa quebradiza. Se luxa lo negro, a la par que me ilumina; se encona lo negro, me descoyunta, nieva. La ropa con la que me visto es, de pronto, una corteza impalpable, un peto de escarcha. El aire me lamía, como un ciego que tanteara un rostro no oído, pero ahora se endurece como la brea, y destila cosas no fluidas, y olvida mi nombre, y el lugar en el que he de morir, y mi número de teléfono, y todos los lugares en que ya he muerto. Los lápices se distienden hasta volverse serpientes, y ondulan como lágrimas, y se desvanecen. Observo que mi caligrafía ha empeorado: se despliega, inacabada, con prisa. [No he perdido el hábito de cerrar los trazos circulares, siempre con portezuela, ni de prolongar los rectos, con frecuencia demasiado lacónicos. Así ha sido desde la adolescencia. En algún sitio he leído que es un rasgo propio de los perfeccionistas.] [Compruebo con desaliento que ya he escrito sobre mi caligrafía en el poema anterior. Mi primer impulso es suprimir la repetición, pero decido respetarla: ¿por qué debería ocultar que el poema versa sobre el acto de escribir, es decir, que no tengo nada que decir, salvo que digo? ¿Por qué erradicar las redundancias, los pleonasmos, los tartamudeos, como si fuera un deber higiénico, si la reiteración nos define: palpitamos, balbuceamos, ardemos? Por otra parte, ¿cómo he podido olvidar que ya había escrito lo que escribo?] Cuanto nos rodea, ¿seguirá siendo? [Pienso en Agustín de Foxá, fascista y perspicaz, amante del pormenor y la cizaña, y en el poema mortuorio —casi un jisei— hallado entre sus manuscritos inéditos: «Y pensar que después que yo me muera / aún surgirán mañanas luminosas, / que bajo un cielo azul, la primavera (…) / encarnará en la seda de las rosas. // Y pensar que, desnuda, azul, lasciva, / sobre mis huesos danzará la vida, / y que habrá nuevos cielos de escarlata, / bañados por la luz del sol poniente, / y noches llenas de esa luz de plata…»] El día que me inyecta su azul ¿se volverá incoloro? El árbol que me anuncia con su entereza su fragilidad ¿permanecerá, adelgazará, nacerá? Las flores que, encendidas por el agua, devienen tildes inmoderadas en el aire, ¿recitarán la tabla de multiplicar, practicarán la usura, sugerirán un mundo inmaculado o abyecto? Cuando yo sea otro, y me recubra de pieles ilegibles, y vea con los ojos de aquellos a los que he odiado, ¿estaré aquí —con mi cólera, en mis zapatos, asido a mi transcurrir— o me exiliaré en los huesos? ¿Dormiré o seguiré flotando en el lago sin orillas de la conciencia?

[Lo anterior sí es poesía: participa de la ambigüedad de lo absoluto: de lo que no puede ser dicho de otra manera; no significa: insemina; y cada palabra es arrastrada desde la vibración que la ha propiciado hasta el lugar que ocupa en la página. Ha atravesado la maleza de los sentimientos, y el grosor de los ecos, y la falsedad de los símbolos. Como siempre, temo la hipérbole: su filo máximo, que acaba por ser romo.]


(Poema VIII de Bajo la piel, los días)





[ESTOY AQUÍ, PERO ME ALEJO…]

Estoy aquí, pero me alejo. Pesan las vísceras, los calendarios. No obstante, me aparto de quien soy: de quien da sorbos a la cerveza, de quien lee con desgana el periódico, de quien ve envejecer al mundo y se ve envejecer con el mundo. Me miro los pies sarmentosos, apoyados en un escabel fatigado, y no sé a quién pertenecen. Los pies quieren escapar, hartos de entroncar conmigo, o de ser mi desembocadura. Y lo que digo enmudece: no se posa en el borde de los muebles, ni en las hojas de los plátanos [que aletean, encadenadas a un viento púrpura], ni en las cosas cercanas y remotas; por el contrario, vaga sin fe en los sonidos, sin esqueleto que informe su enunciación —o con un esqueleto laxo, espina apenas de sus llamas—, y se exacerba entre rosas, o esparce sus enigmas, o se aferra al pecho de lo sido, al dolor con el que zigzagueo entre mis ruinas palpitantes.

[Soy consciente de mi deriva. Las palabras asoman sin que medie la voluntad: son coágulos fluviales o acelerados remansos de sangre, que a veces se agrupan en nebulosas o en ascuas oscuras. Me avengo a su impulso: lo busco. El lápiz no corre tan deprisa como el lenguaje. Se han diluido las orillas del pensamiento —que no es razón, sino acuidad ardiente— y lo dicho fluye sin previsión, pero con justeza. A veces me detengo (de hecho, me ha costado rematar lo escrito entre guiones; intento, durante los frenazos, que los adjetivos, siempre acechantes, no graven la frase, su tiritar de cosa brotada), y entonces siento la pausa como un corte: procuro distraerme —afilo el lápiz, hojeo un libro (acabo de hacerlo con la poesía completa de Manuel Álvarez Ortega), busco cualquier pretexto para salir del despacho y eludir el silencio que me ahoga: voy a por un vaso de agua; me masturbo, cautelosamente, en el baño; enciendo un momento el televisor y repaso todos los canales, hasta dar con el programa más idiota (acabo de ver a Nadal ganarle un juego a Seppi en su partido de la eliminatoria España-Italia para evitar el descenso del Grupo Mundial; como si descender del Grupo Mundial tuviera alguna importancia. Nadal se sujeta la melena con una cinta amarilla, que combina con el granate de su camiseta Nike; Seppi, por su parte, viste de azul y blanco, como se espera de un jugador transalpino. Cuánto pesan los símbolos: más que las ideas que los sustentan. Se recubren con galas aparatosas, fabricadas en alguna maquila tailandesa, como los neanderthales se cubrían con pieles que les hicieran parecer más corpulentos para acudir al combate contra los clanes vecinos); hecho lo cual, regreso a mi mesa y empuño otra vez el grafito— y recuperar el aliento de la elocución, la fluidez articulada con que las palabras se acoplan en la página. No sé cómo lo logro, si es que lo logro. Los mecanismos de la dicción —y del pensamiento— se activan, en buena medida, al margen de la voluntad: algo hierve, helado, insumiso como el barro, exacto como el barro; algo sugerido por un aroma pasajero, o por una incisión de la luz en el ala de una paloma, o por el recuerdo de un pecho acariciado.]

Lo que tengo no es mío. Y quien lo tiene no soy yo. Me constituyen los relatos que compongo para consolarme, la sangre de lo que imagino, lo no nombrado, el olvido. Pero ni siquiera eso forma parte de mí: me lo arrebata la lámpara que derrama su linfa sobre la mesa en la que me derramo, el miedo que me fortalece y me estraga, los besos y los ojos y los fantasmas que respiran conmigo y que expirarán conmigo. No revelo lo que he aprendido: que ya no estoy aquí; que el tiempo se desmigaja como una mucosa al sol. Mis brazos ocupan otros espacios, en los que deposito mi soledad y mi semen. Mi lluvia es otra lluvia: un agua arrancada al tiempo, cuyas gotas dibujan mi rostro y la huida mi rostro. Mis órganos se han vuelto nieve, que cae como un plasma abrasador, hermético en su dispersión; o limaduras de plomo, que hieren a cuanto acarician, o que se hieren a sí mismas.

[He mirado dos veces el reloj en los últimos cinco minutos: es una mala señal. Me duele el cuello. No sé si he hecho bien tomándome un schnapps de limón. Es raro que beba alcohol fuera de las comidas.]

Quiero oír el embate de la sangre, como si rompiera contra un talud de sombra. Y la piel como una detonación. Y superficies que se yergan con el tronar de los labios. Y uñas que se estremezcan al pertenecerme, que ladren y florezcan y se insubordinen, y que luego, en su quehacer diario, recuerden lo pétreo del beso, lo infundido de amor. Quiero que las cosas ocurran por primera vez.

La tarde amenaza lluvia. El vidrio presiente la llegada del agua y se adensa en su transparencia, como si ya lo intimaran dedos serpenteantes. Oigo un retumbar: ¿cruje el cielo? ¿Chirrían su topacio y su humedad? Oigo trepidar a los pechos amados, y a mi propio pecho, en el que advierto el florecer de la senectud: los músculos lacios, el vello tintado de blancura. Los pechos que acaricio son las manos con que los acaricio. Oigo la violencia que subyace en lo naciente.

No escribo el poema que estoy escribiendo. Preveo que encanezcan los engranajes, que disientan los teléfonos, que se apaguen las sienes: que se archive el mundo, como los álamos que entreveo, sometidos a una lluvia semejante a sal. La descarga se ha producido, por fin: estornudo de sombra y plata. Pero no aplaca a la realidad, sino que la excita: la alimenta de un agua exultante, como una desbandada de luciérnagas. El poema me contempla, asombrado: yo soy sus signos; yo, su negrura y su alabastro.

Me alejaré aún más. ¿De quién es este estómago y su querella? ¿De quién, la tendinitis que me atormenta? ¿De quién, el ansia por que mi fuego se transfunda en otros fuegos, por alearme con otra carne, por aliarme con otro yo? ¿A quién pertenecen los ojos con los que leo lo que no he escrito? ¿Por qué enmascaro lo que digo, diciéndolo? ¿Por qué me sojuzga la identidad?

[Veo, de soslayo, esperándome, la columna de libros que integran la poesía completa de A. F. M., y que me he comprometido a reseñar para el libro-catálogo que el Gobierno de Aragón está preparando en su memoria. Me pasma su capacidad para concebir imágenes. Sus ideas tienen forma y color: son bestezuelas zaheridoras como libélulas. Aunque a veces me gustaría que fueran sólo ideas.]

¿Qué hago en esta casa, en esta piel?


(Poema IX de Bajo la piel, los días)





Eduardo Moga (Barcelona, 1962) es poeta, crítico y traductor. Entre sus libros más recientes se encuentran los poemarios Soliloquio para dos (2006), Cuerpo sin mí (2007) y Seis sextinas soeces (2008), y la traducción de Poesía reunida, de William Faulkner (2008). Ha publicado también dos compendios de ensayos: De asuntos literarios (2004) y Lecturas nómadas (2007) y varias antologías. Codirige la colección de poesía de DVD Ediciones.

Estos dos poemas forman parte del libro Bajo la piel, los días, que verá próximamente la luz en Calambur Editorial.

13.12.09

joan de la vega / 5 poemas sobre pintura

El ajenjo (1876)
Edgar Degas

A solas
esquivo rostros indiferentes,
disfraces de harapo
que carecen de premura
y humildad.
Abstraído
beso entre suspiros
aires secundarios,
hago callar las estatuas
de cristal.
Me embriago de arcanas
ausencias
y mascadas gotas
de melancolía.
Dejo las riendas en manos
de ácaros que limpian
ceniceros,
la podredumbre del lugar.
El hedor del tabaco me dice
qué no recuerdo de ayer.
Sobre la mesa el vaso
acaba siendo
desterrado
compañero de fatigas.





Joven campesina tomando café (1881)
Camille Pissarro

Existen olores,
viejas fragancias
que sobreponen
rumores videntes,
el peso de la nostalgia.
El día es más sencillo
de tarde en tarde
bajo cuatro paredes
y una ventana.
Sentado
y sin hacer nada,
amo la soledad
que me ofrecen los pájaros
escapando con su dulce sueño
de libertad.
Juventud sirviente
que observa el sabor
de la vida pasar
bajo cuatro paredes
y una ventana.





Noche estrellada (1888)
Vincent Van Gogh

Noche estrellada,
abismal noche.
Por el firmamento
se extienden tus alas
calcinadas, abres
remolinos ciegos.
Noche erizada,
oída noche.
Tuya es la oscuridad,
de vuelta al mundo
de los ceros.
Noche infinita,
implacable noche.
Emplazado en tus sombras
rindo la voz a un sueño
más allá del tiempo.
En tus bosques arden
narcisos, huracanes
de miedo.
Como un cuervo gigante
azoras girasoles ciegos.





El grito (1893)
Edward Munch

Donde hubo sol
hubo música familiar,
generosos miradores
sazonando al vuelo
los cinco sentidos.
Pero esta tarde de mayo
mi voz
ha colisionado con el mundo.
Aúlla la ciudad, gime
pavoroso el crepúsculo.
Todo mi amor
que gravita en mis manos
vegeta en la angustia
de este horizonte que miro,
que no es mar pausado
sino preludio absoluto sin ti.
Nadie escucha el grito
que emite un cadáver
viviente.
Nadie oye el sollozo
de la noche
cuando amanece
sin sangre
y verduga.
Nadie es ya nadie
en mi voz sin mundo.





La durmiente (1897)
Renoir

Allá en lo más alto,
donde el sueño respira
y se esfuma toda oscuridad,
una tarde plácida
nos derriba.
Hunde su maxilar
desnudo
en sábanas profundas,
en cada página inédita
de tu piel.
Ensimisma en secreto,
martillea en silencio,
suspira cómplice.
Júbilo y bondad
atrapados al vuelo
en un juego de sombras.




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Joan de la Vega (Santa Coloma de Gramanet, 1975) dirige la editorial La Garúa Libros desde 2004. Es autor de Inti-huatana (Barcelona, Seuba Ediciones, 2002), Ladino (Gijón, Trea, 2006) y Trilces Trópicos. Poesía emergente en Nicaragua y El Salvador (Barcelona, La Garúa, 2006). Su obra ha sido recogida en Campo abierto. Antología del poema en prosa en España 1990-2005 (Barcelona, DVD Ediciones, 2005). Ha publicado poemas en las revistas Alhucema, Turia, Vulcane, Letra Internacional y Nayagua, entre otras.
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