26.1.11

memoria de miguel hernández / 3 ensayos

Justamente al término del año hernandiano, Las razones del aviador publica tres artículos breves sobre la obra del poeta alicantino en la convicción de que para un poeta no existe mejor paraíso ni homenaje que el purgatorio de la reflexión crítica. José Luis Zerón, Julieta Valero y José Antonio Expósito nos ofrecen una valoración de la palabra y la memoria del poeta.


miguel hernández a la luz del presente

José Luis Zerón 

El pasado 30 de octubre Lucía Izquierdo, nuera de Miguel Hernández, manifestaba en el diario La Verdad: «Mi recompensa es ver que la poesía de Miguel es moderna». Estas palabras coinciden con los comentarios entusiastas de los especialistas en la obra de Hernández, que no se han cansado de resaltar este año la absoluta modernidad del poeta oriolano. Lucía Izquierdo tiene razón al afirmar que Miguel Hernández no es un poeta anacrónico. Su poesía sigue viva y resulta hoy más que nunca necesaria, pero no comparto el entusiasmo ciego de los hernandianos. ¿Podemos asegurar que Miguel Hernández es un autor reconocido plenamente por las nuevas corrientes de la crítica literaria? ¿Es un autor leído y valorado como merece la grandeza de su obra por los poetas surgidos en los últimos años? Creo que no. Por lo menos no se le considera a la misma altura que otros grandes de la poesía hispana del siglo XX como Machado, García Lorca, Cernuda, Juan Ramón Jiménez, Neruda, César Vallejo, Claudio Rodríguez, Gamoneda, Valente o Gil de Biedma.


No es mi intención cuestionar la obra de este gran poeta, paisano mío, al que he homenajeado muchas veces; sólo trato de ser realista, y la realidad dice que Miguel Hernández aún no ha entrado en la actualidad poética. Mi opinión es arriesgada, soy consciente de ello. Sé que resulta extraño que uno de los poetas más estudiados, glosados y homenajeados de todos los tiempos despierte poco interés en el nuevo panorama poético español. Pero esta contradicción viene a demostrar que el exceso de homenajes que se le ha tributado al autor de El rayo que no cesa en los últimos años ha creado una moda, pero no ha beneficiado al poeta, que ha quedado atrapado en una perversa paradoja.


La exégesis hernandiana, cada vez más endogámica y ajena a la realidad poética del momento, ha hecho poco para deshacer esta paradoja, y la pléyade de fieles devotos que ha santificado al poeta (olvidando que es universal por su obra y no por sus hechos) así como los manipuladores que han saqueado su memoria, la han enrevesado aún más. Y para empeorar las cosas están los imitadores, que son legión. Afirma Roberto Bolaño a través de uno de sus personajes que Miguel Hernández es un buen poeta que gusta mucho a los malos poetas. Es cierto que Hernández ha influido en grandes poetas como José Hierro, Claudio Rodríguez y Félix Grande y, por tanto, la afirmación categórica del narrador chileno puede resultar descabellada, pero para mí no lo es. Salvo honrosas excepciones, los poetas hernandianos suelen ser aficionados que tratan de hurtarse a las monotonías cotidianas inventándose una inexistente poética del dolor con los modelos referenciales del maestro. Y es que la poesía de Miguel Hernández es peligrosamente atractiva porque se ofrece a ser imitada siendo inimitable. He aquí la trampa: aquellos que tratan de imitarla buscando con fervor lo auténtico obtienen automáticamente el resultado contrario al esperado: incurren en la sobreimpostación.


Y por último no debemos olvidar que el mundo se ha convertido en un espectáculo global y excesivo. Vivimos una época de derivas, extravíos e incertidumbres. No están los tiempos para utopías y heroicidades y no hay lugar para la ebriedad poética. De ahí que un poeta como Miguel Hernández que rechaza los conformismos, un rebelde intransigente que persigue la pasión, resulte extraño e incluso incómodo en nuestro panorama literario ecléctico y conformista.


No creo, y ojalá me equivoque, que la celebración del primer centenario de Miguel Hernández acabe con todos los tópicos que lastran su obra y termine por situar al autor oriolano en el lugar de honor que merece en la realidad contemporánea. Es pronto para hacer valoraciones, pero me atrevo a decir que, exceptuando algunas aportaciones interesantes, la celebración del Centenario ha resultado un confuso despliegue conmemorativo en el que han participado poetas, exegetas, artistas intelectuales, periodistas, mercaderes, políticos, herederos del poeta y hernandianos de todas especie. Miguel Hernández ha estado presente en actos que nada tienen que ver con la poesía, desde eventos deportivos y gastronómicos, hasta la celebración de la fiesta de Moros y Cristianos y la Semana Santa de su ciudad natal. No digo yo que todos los participantes hayan actuado de mala fe en esta ceremonia del todo vale, sólo creo que se han impuesto el desorden, la prepotencia, el oportunismo y la saturación mediática. Las aportaciones creativas del Centenario no han servido, me temo, para acercarnos la obra del homenajeado y sí para añadir más cerrojos a la prisión de su biografía. La mayoría de publicaciones, espectáculos musicales y exposiciones no han superado la estética hagiográfica o panfletaria y en casi todas las conferencias de expertos hernandianos y de conversos de última hora hemos escuchado la misma retórica ditirámbica.


Uno de los presupuestos de las poéticas posmodernas es la abolición o muerte del sujeto poético y la ruptura del nudo gordiano de la autenticidad. Sé que resulta aventurado pensar que en el ruidismo de tanta proclama radical sobre la crisis del lenguaje y la quiebra de la identidad se escuche la voz de un poeta que dedicó una insobornable atención a los vínculos entre el mundo y las palabras, entre el lenguaje y la vida, y que derrotó a la retórica con una búsqueda constante de la expresión primigenia. Y no me extraña que los poetas desolados y nihilistas, apóstoles del feismo y el fragmentarismo, así como sus opuestos, los canónigos de la experiencia, con su retórica sotto voce y sutilmente irónica, recelen de la vocación órfica que se percibe en la poética hernandiana. Asimismo puede tener cierta lógica que los poetas más exigentes con el lenguaje específicamente poético, representantes de los discursos llamados esenciales no se identifiquen con la obra del poeta oriolano. Lo que me extraña es que la mayoría de autores que, en teoría, podrían estar cerca de Miguel Hernández, los que abogan por una nueva poesía social y los que defienden un lenguaje imaginativo y vitalista, no reconozcan su influencia o magisterio.


Ahora es el momento de demostrar la vigencia de Miguel Hernández. Hay que acabar de una vez por todas con los estereotipos, mitos y fetichismos que ocultan la verdadera singularidad de su poesía.


Lo que hoy me parece más admirable de Miguel Hernández es su humana y legítima aspiración de ser reconocido, su coraje y tenacidad, su capacidad de asombro, el don y la condena de vivir apasionadamente cada instante, cada acontecimiento («un amor hacia todo me atormenta», escribió) su búsqueda de un espacio de libertad entre la rutina del habla y la servidumbre retórica, su sabiduría para integrar en un espacio mental y psicológico los elementos visibles de la realidad y, sobre todo, la superación de la incultura y de la ideologías caducas sin renegar de sus raíces y su capacidad para incumbirse en la totalidad de la vida. El paisaje donde creció Miguel Hernández informa constantemente una poesía con sabor a tierra donde los elementos más sencillos de su alrededor sensible se subliman buscando la alianza total entre la palabra y la existencia.


Miguel Hernández evolucionó de la soledad a la solidaridad, pero nunca renegó de sí mismo. Era conciente de que la autenticidad no está reñida con la forma ni la ética con la estética. Comprendió que no se puede alcanzar un verdadero compromiso ético si no se da al mismo tiempo un compromiso estético. Ni puede haber un auténtico compromiso estético si no hay un sustento ético o moral. Por eso su poesía de guerra, exceptuando unos pocos poemas, no resulta panfletaria ni circunstancial. Porque Miguel Hernández era un hombre comprometido políticamente, pero sobre todo era un militante de la palabra. Sus recursos y procedimientos poéticos no son inferiores a los sentimientos que expresa y sabemos, porque existe constancia de ello, que sus poemas no surgían de la espontaneidad o de la facilidad versificadora, sino de una reflexión consciente. El fervor no renuncia a la forma, ni la emoción a la inteligencia. Es absoluta la comunión entre la construcción formal del poema y la revelación, «¿Caos en agresión no pide norma?», dijo Jorge Guillén.


En la escasísima teoría poética que escribió Miguel Hernández encontramos un lírico y certero texto titulado «Mi concepto del poema» donde el autor armoniza la naturalidad y el artificio, la virtud enunciativa y la habilidad elíptica. Contiene frases que podrían haber sido escritas hoy mismo: «¿Qué es el poema? Una bella mentira fingida. Una verdad insinuada. Sólo insinuándola, no parece una verdad mentira […]. Los poemas desnudos son la anatomía de los poemas ¿Y habrá algo más horrible que un esqueleto?»


Hay cualidades de Miguel Hernández que no sólo no prescriben, sino que adquieren relevancia con el tiempo. Pienso, sobre todo, en la valentía creadora y en la muy grande libertad de su testimonio humano. Como hombre, Miguel Hernández siempre dio la cara en el hogar, en el ágora, en los campos de batalla embarrados de sangre, en la cárcel. No se doblegó ni a la hora de la muerte. Como poeta supo fundir lo particular y lo universal con maestría. Amalgamó palabra reveladora y conciencia crítica, emoción sentimental y emoción estética. Buscó siempre la luz del Alba a través del verbo. Su obra, como dice Agustín Sánchez Vidal «es el resultado de fecundar el impulso originario con creaciones cultas». No fue un poeta vanguardista stricto sensu, pero siempre trató de buscar un lenguaje nuevo. Y lo halló.


Sólo leyendo a Miguel Hernández de manera atenta y desprejuiciada sintonizaremos con su forma de entender la vida y de admirar sus potencialidades. Sólo así podremos situarlo en el centro del conflicto, que es donde sigue estando, como los grandes poetas de ayer, de hoy, de siempre.




José Luis Zerón (Orihuela, 1965) es codirector de la revista Empireuma. Ha publicado los poemarios Solumbre (1993), Frondas (1999) y El vuelo en la jaula (2004).



 

miguel hernández: pathos y fragilidad

Julieta Valero 

(Síntesis de la conferencia leída dentro de los actos de conmemoración del centenario organizados por la Asociación Cultural de Orihuela en dicha ciudad, el 10 de noviembre de 2010)

En una entrevista realizada en 1961, el gran poeta norteamericano Robert Lowell reflexionaba a partir de dos autores sobre la cuestión –fundamental para todo poeta, para todo lector– de los límites entre la sentimentalidad bien destilada en términos de creación literaria, y el mero confesionalismo, el intimismo primario. Límites a menudo sutiles orgánicamente y sin embargo abisales en cuanto a sus resultados artísticos. Cito: «Pienso que gran parte de la mejor poesía lo está [en el límite de la sentimentalidad]; por ejemplo, Laforgue, es difícil pensar es un poeta más extraordinario, encantador […]. Si no se hubiera atrevido a ser sentimental no hubiera sido un poeta; quiero decir que su inspiración residía en eso. Hay una forma de distinguir entre la falsa sentimentalidad, que es hinchar un asunto y atribuirle emociones que no sientes, y utilizar emociones, tiernas, diminutas, ingenuas, que la mayoría de la gente no siente pero que Laforgue y Snodgrass supieron emplear. Yo diría que hay en ellos pathos y fragilidad, aunque esto suena muy solemne… Hay fragilidad en los bordes y una arteria principal de poder que atraviesa el centro».
De pocos poetas el hermanamiento entre vida y obra nos llega tan libre de impostura, tan incuestionablemente radical y auténtico como en el caso de Miguel Hernández, más allá de los acuerdos –algunos de ellos ya topificados– que la abundante obra de los estudiosos ha concertado a lo largo de los años. De modo que perdónenme la quizá bisoñez de pensar en alto sobre un asunto, además de ya lexicalizado en el caso de Miguel Hernández, definitivamente lateral, si uno está analizando filológica o críticamente la obra, pero ancilar, a mi juicio, si se piensan la escritura y las implicaciones que en esta tiene el oficio de vivir.

Volviendo al apunte del inicio, a la delgada línea roja que segrega sentimentalidad de delicuescencia, una se pregunta inevitablemente cómo le fue posible metabolizar de tal manera lo vivido en lo escrito –si es que semejante cualidad integradora es tal, y se elige, se desarrolla– habiéndole tocado en suerte biográfica pasar su vida atravesando varias fallas tectónicas: la de su vocación creativa irrenunciable, que hubo de mantener una dialéctica permanente de supervivencia con su medio familiar, ambiental, literario, sociológico; la de una bisagra histórica implosiva que acabó llevándoselo, aunque no por delante. Cómo le fue posible... o quizá cómo pudo tanto desgarro vital no convertirse en sumidero de su talento. Cómo hasta en los poemas más proclives a lo conscientemente panfletario hay nichos de un sentido que desgarra y toca de lleno al hombre presente. Cito al propio poeta: («Y como una visión real de lo inaudito / brotan sobre la nada bandadas de ciudades», «Rusia»); cómo mucho de lo significante en Miguel Hernández sigue significando humana y socialmente a día de hoy; ejemplificar con él es atomizar un todo sin desperdicio pero pienso, desde la dureza global de los tiempos que corren, en el rabiosamente extrapolable y devastador retrato de la estulticia humana que traza en «Los hombres viejos»: «A veces de la mala digestión de estos cuervos [...] / dependen muchas vidas con signo de paloma». O en ese inicio ineludible del poema «El hambre»: «Tened presente el hambre, recordad su pasado». Cómo, en definitiva, se puede ser a la vez permanentemente íntimo y trascendentemente colectivo. Me sigue admirando en su raíz humana y perturbando en sus consecuencias poéticas la capacidad de Miguel Hernández para mantener a lo largo de su vida una tensión constructiva entre esa insoslayable condición individual y la no menos eludible naturaleza social y afectiva del ser humano; que es de donde puede surgir, a mi juicio, aquello que percibimos como hermoso y como perdurable: «Un amor hacia todo me atormenta / como a ti, y hacia todo se derrama».

Pathos y fragilidad

Pero traicionaría a mi propio instinto si asociara esa cualidad sólo al poeta irreparable y muy visiblemente comprometido de El rayo que no cesa, Viento del Pueblo, Cancionero y Romancero de ausencias, el Hernández que doblará de emoción a generaciones y generaciones de lectores. El pathos desnudo, punzante, proteico y desvalido a un tiempo, es intrínseco al poeta, y asoma, vibra ya bajo la encarnadura conceptista de Perito en lunas; esa fragilidad titánica representa, para mí, todo Hernández, aunque puestos a compartir subjetividades, hay un poema –a todos nos pasa–, que, por decirlo vallejianamente, me pegó, me pega siempre en la madre, y quisiera detenerme un instante en él.

ME SOBRA EL CORAZÓN

Hoy estoy sin saber yo no sé cómo
hoy estoy para penas solamente,
hoy no tengo amistad,
hoy sólo tengo ansias
de arrancarme de cuajo el corazón
y ponerlo debajo de un zapato.

Hoy reverdece aquella espina seca,
hoy es día de llantos en mi reino,
hoy descarga en mi pecho el desaliento
plomo desalentado.

No puedo con mi estrella,
y me busco la muerte por las manos
mirando con cariño las navajas,
y recuerdo aquel hacha compañera,
y pienso en los más altos campanarios
para un salto mortal serenamente.

Si no fuera ¿por qué?... no sé por qué,
mi corazón escribiría una postrera carta,
una carta que llevo ahí metida,
haría un tintero de mi corazón,
una fuente de sílabas, de adioses y regalos,
y ahí te quedas, al mundo le diría.

Yo nací en mala luna.
Tengo la pena de una sola pena
que vale más que toda la alegría.

Un amor me ha dejado con los brazos caídos
y no puedo tenderlos hacia más.
¿No veis mi boca qué desengañada,
que inconformes mis ojos?

Cuanto más me contemplo más me aflijo:
cortar este dolor ¿con qué tijeras?

Ayer, mañana, hoy
padeciendo por todo
mi corazón, pecera melancólica,
penal de ruiseñores moribundos.

Me sobra el corazón.

Hoy descorazonarme,
yo el más descorazonado de los hombres,
y por el más, también el más amargo.
No sé por qué, no sé por qué ni cómo
me perdono la vida cada día.
 

Pertenece a ese periodo extraordinariamente importante en la evolución del poeta, que cubre 1935 y la primera mitad de 1936, entroncado con el final de la escritura de El rayo que no cesa, y donde se intensifican su visión trágica y dolorida de la existencia y su conciencia social.

Más acá (siempre, con las pasiones) de mi querencia por este texto creo que su hondura poética fuera de lo común tiene mucho que ver con un recurso que Hernández maneja magistralmente, quizá porque acoge su extraordinaria capacidad para hablar desde el vínculo, desde el entrañamiento con los otros: me refiero al uso de los rasgos propios de la oralidad y, más en concreto, la desautomatización de diferentes discursos repetidos, frases hechas, modismos sintácticos propios del habla coloquial de nuestro día a día… El poeta des-topifica nuestra mirada y nos obliga a fijarnos en el mensaje por sí mismo (maravillas de la función poética); nos permite recuperar la intimidad con nuestra lengua. El poema entero es un magistral despliegue de esta cualidad alcagüetesca impagable para poner piel con piel a lenguaje y lector. Creo que puede ser un excelente espacio para experimentar esa percepción de «fragilidad en los bordes y una arteria principal de poder que atraviesa el centro» a la que hacía mención Lowell.

Termino esta breve reflexión situándome en la metáfora de la liquidez propuesta por el sociólogo Zygmunt Bauman, que ha dado buena cuenta de la precariedad de los vínculos humanos en una sociedad individualista y privatizada, en un tiempo sin certezas abocado a la asunción de los miedos y angustias existenciales que la conquista de una primaria y primera libertad comporta. Me sitúo en el inmenso vacío, preñado de posibilidades, de esta Modernidad líquida. Desde aquí se comprende la tentación del descompromiso pero más aún su desembocadura inane. Desde aquí, la obra de quienes asumieron vital y estéticamente esa «fragilidad humana» precisamente desde la afirmación de una arteria principal de compromiso representan, además de un placer y una siempre fértil conmoción, la posibilidad de decir, con el poeta: «Aquí estoy para vivir mientras el alma me suene». No es poco.

Julieta Valero (Madrid, 1971) es licenciada en filología hispánica por la universidad complutense. Es autora de los poemarios Altar de los días parados (2003), Los heridos graves (2005) y Autoría (2010).





miguel hernández, penado de muerte

José Antonio Expósito 

A veces el trato y la estima diferentes que un Estado y el pueblo dispensan a sus poetas sirven para ilustrar con claridad la enorme distancia ética que media entre uno y otro. Un Estado puede silenciar a sus verdaderos poetas, pero jamás logra enmudecer sus voces ante quienes sienten la belleza y la verdad de sus versos. La España franquista de manera inmisericorde e ignominiosa dio tristemente a los más grandes líricos de entonces, Miguel Hernández, García Lorca, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, cárcel, muerte, hambre y exilio. Sin embargo, sus poemas aún perviven en la memoria colectiva y cantan al resto del mundo el sentimiento y la hondura inspirada de todo un país. Cuando Miguel Hernández escribió «¡Cuánto penar para morirse uno!», no pudo imaginar que un día habrían de matarlo de peor y más lenta muerte, alejándolo en cárceles sucesivas de su familia y negándole medicinas y hospitales. Condenado a muerte el 18 de enero de 1940 por el Consejo de Guerra Permanente número 5, su ejecución quedó en suspenso hasta que no se recibiese la pertinente rúbrica del Jefe del Estado. No obstante, la hábil y tenaz intervención de José María de Cossío, que tanto quiso al oriolano, consiguió que le fuese conmutada la pena de muerte por la de treinta años y un día. No han faltado tampoco quienes como Pablo Neruda o Josefina Manresa, viuda del poeta, hayan cuestionado que Cossío hiciera cuanto estuvo en su mano para liberar a Miguel definitivamente. Aunque similar reproche se les ha hecho también al matrimonio Alberti al no invitar a Miguel a viajar con ellos hacia Elda y a Neruda y a la Embajada de Chile en Madrid acerca de un supuesto asilo diplomático al poeta.
Cossío acudió en esos difíciles momentos a su amigo el doctor aragonés Eusebio Oliver Pascual (1885-1968) con quien había compartido tertulia en el café Lion d’Or de Madrid, cuando a principios de los años treinta allí se gestaba la revista Cruz y Raya, y de la que este fue uno de sus editores y colaborador. Oliver mantuvo entonces y también después muy buenas relaciones con otros conocidos poetas. En su domicilio en la calle Lagasca, núm. 28, Lorca leyó la noche del 12 de julio de 1936 por última vez su manuscrito de La casa de Bernarda Alba antes de viajar fatalmente a su Granada. Entre los presentes se hallaban, entre otros, Dámaso Alonso, Guillén, Salinas, Guillermo de Torre y el propio Miguel Hernández. José Bergamín le dedicó a Oliver, que fue testigo de su boda en 1928 con Rosario Arniches, hija del conocido comediógrafo, su obra teatral Variación y fuga de una sombra. Terminada la guerra, Oliver conservó su amistad con buena parte de los poetas del 27. Organizó con Pepín Bello una conocida comida con otros escritores en el restaurante Lhardy cuando Guillén regresó por primera vez en el verano de 1949 a Madrid. Este se refería a Oliver como «nuestro médico». Durante la guerra, Oliver ejerció como capitán médico del general de división José Enrique Varela Iglesias, quien al finalizar la contienda fue nombrado ministro del Ejército en el primer gobierno de la España de la dictadura. Sin duda Cossío aprovechó esta circunstancia para llegar por medio de Oliver hasta el ministro Varela y poder interceder por Miguel. Para ello contó también con la ayuda de los escritores falangistas Rafael Sánchez Mazas, por entonces ministro sin cartera, y José María Alfaro, subsecretario de Prensa y Propaganda. Juntos los tres acudieron a la casa de Varela para convencerle del error y de la enorme repercusión que supondría la ejecución de Miguel Hernández. Pero lo que más pesó en el ánimo del ministro no fue la poesía, sino el hecho de que el suegro de Hernández, Manuel Manresa, hubiese sido un guardia civil al que habían asesinado unos milicianos en agosto de 1936. Posteriormente Varela se entrevistó con Franco, quien enterado previamente de la situación y oídos los argumentos de su ministro parece ser que exclamó: «Otro García Lorca, ¡no!» y decidió no firmar la sentencia de muerte que aguardaba en su despacho en el procedimiento núm. 21.001 seguido contra Miguel Hernández Gilabert.
El 24 de junio de 1940 Varela escribió a su amigo Rafael Sánchez Mazas, vicesecretario de Falange, para comunicarle que a Miguel Hernández se le había conmutado la pena de muerte que sobre él pesaba. «Este acto de generosidad del Caudillo», dice Varela, debe obligar «al agraciado a seguir una conducta que sea rectificación del pasado». Tres días después de recibida la noticia, el 27 de junio de 1940, Carlos Sentís, secretario de Sánchez Mazas, le informa por fin a José María de Cossío de la conmutación de la pena de «tu recomendado». En abril de 1939, Sentís ya había protagonizado otro «heroico acto» cuando viajó presuroso de Barcelona a Madrid para participar con otros dos conocidos escritores falangistas en el allanamiento y robo del domicilio de Juan Ramón Jiménez en la calle Padilla.
Mientras todos estos atropellos sucedían, Miguel Hernández escribía en la cárcel el sobrecogedor poema «Nanas de la cebolla». En el exilio Juan Ramón componía su espléndido «Réquiem de vivos y muertos» y Antonio Machado su delicado último verso: «Estos días azules y este sol de la infancia». Triste destino el que tuvieron una vez los más grandes poetas de un pueblo a manos de un Estado inculto y cruel.

José Antonio Expósito (Madrid, 1964) es doctor en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid (2003) con una tesis sobre la poesía de Antonio Gamoneda. Ha publicado cuatro libros inéditos de Juan Ramón Jiménez: Ellos (2006), Libros de amor (2007), La frente pensativa (2009) y Arte menor (2011). Es autor de los estudios Historia de un libro: Tercera antolojía poética, de Juan Ramón Jiménez (2003) y Una azotea abierta al infinito (2009); y de la iconografía del libro JRJ. Álbum, (2009). Ha recibido el Premio de Poesía «Ángel González» (Oviedo, 1986).

30.12.10

máximo hernández / 4 poemas

Me despierta el incendio de la luz
y me traspasa el ojo hasta encontrarme.
La luz
derrite el párpado de cera,
y así, desprotegido y sin poder cerrarse,
el ojo es siempre ojo,
siempre mira de nuevo cada instante
de luz.

Hasta que arde.


Araño con la uña, hurgo
con el dedo, escarbo
con las manos
en un montón de arena mojada
por los días,
hasta que toco el corazón
de un hombre que
abre los ojos
grita
y me pide que le deje
dormir,
que ya es la noche.


Como el que mira transparencia
en el papel y sólo ve en el fondo
del estanque ahogados alelados
que esperan que los dioses los empujen,
sin saber que ya fueron por ellos empujados.

Como el que busca, a tientas en lo oscuro,
no el camino del medio sino el propio,
mientras dice el desorden del tramo de la luz.

Como el que, en la ignorancia, intuye que
desde el centro de todo la palabra
escapa hacia los barrios olvidados,
en donde dios se escribe con minúscula.

Como el que sólo escucha su sonido,
me pregunto ¿sabe mi voz si es mía?


Desciendo sin control
un tobogán oscuro.

Cuando quiero alcanzar
la luz de las estrellas,
tomo el camino de la ropa sucia.


Máximo Hernández (Larache, 1953). Desde 1960 reside en Zamora. Promotor y colaborador de varios proyectos culturales y editoriales, es autor de los libros de poemas Cerimonial do tempo (1998, Lisboa: Ediçoes Tema), Ciudadano Humo (1999, Iria Flavia: El Extramundi y Los Cuadernos de Iria Flavia), Matriz de la ceniza (1999, San Sebastián de los Reyes: Universidad Popular), libro por el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía José Hierro de 1998, La eficiencia del cielo (2000, Cambrils: Trujal), Zooilógico (2004, Barcelona: La Poesía, señor hidalgo) y, finalmente, La conspiración del dolor (2007, Lanzarote: Cíclope Editores).

Además, sus versos han sido publicados en diversas plaquettes, antologías, poemarios colectivos y revistas de creación literaria, nacionales y extranjeras.

Estos cuatro poemas están tomados del libro inédito y sin embargo, el agua…


12.12.10

pedro serrano / 4 poemas

Plan de Tlalcapatla

Un jacal en que entráramos,
techado de niños,
carbón al viento o basurillas
en los pajares del maizal.
En medio las vacas,
a la partida de los peones,
sin hibernación ni guarida,
olisqueando huellas humanas,
ruido sólo nosotros.
En los escombros,
un camioncito sin ruedas,
mechas de palma,
un bule roto y tres piedras tiznadas
en señal del hogar.
Sobras de trashumancia,
después de la siembra,
al cabo de la pizca.
El Plan ahora un mar dorado
en que nos calentamos
como mazorcas al sol
cuaresmal.


Sa Tuna

Hacia sí misma la cala se recoge,
lanza luces desde la coda del invierno,
varas en inquieto abandono.
Entre la madera turbia y las barcas
gira un aire de aceite crudo,
de luz desmantelada.
Sonreímos y nos abrazamos.
Caminamos entre mesas y gente
en el hervidero y el pescado.
Eso que fuimos.
Hoy la terraza es un garaje abierto
sin nada más que nosotros
y una bicicleta roja recargada en el muro.


El año que llega

Como una plancha de plata bulle el día,
un pescado en la sartén del amanecer,
crepitando entre el frío y el calor,
con la marea naranja del sol
inundando los mástiles de árboles
blanqueando el horno del paisaje.
Un aceite de niebla lame las varas de romero,
los aros de cebolla chisporroteando,
la hojarasquería que ruge
hacia su consumación.
No es hambre lo que bulle en las tripas
de esta olla de invierno,
sino la proyección de caldos continuos,
la carne blanca y las espinas y huesos,
el halo plateado de las hojas,
el paisaje en que estamos.
No es hambre lo que nos trae aquí,
sino el vaho común que se concentra,
su producción en todo.


El año que viene

Ha caído una nevisca, no la esperaba.
Todavía oscuro, creí que llovía, que
lo que golpeaba en el techo translúcido
era la lluvia,
y pensé en el día gris que venía.
De repente vi la pureza blanca,
el asomo a una paz, lo quieto del jardín
cubierto por una pelusa,
una gasa de blancura entredejando manchones verdes,
desde la cocina,
en pendiente hacia arriba, hacia la calle
entre las ramas ahora peladas,
desde el oscuridero.
En el césped queda el trazo fino del venado,
que hace cuna en la película de nieve,
su huella al descubierto.
Lo blanco es una ligereza.
Atrás, una capa de cuentas desparramadas
en la terraza de cristal. Me asomo.
No se puede pisar sin que suene.


Pedro Serrano (Montreal, 1957) estudió Letras Hispánicas en México y Letras Inglesas en Londres. Ha dado clases en la Universidad de México y en la Universidad de Barcelona. Ha hecho crítica cultural, literaria y de danza. Es miembro fundador de la revista Fractal y participa en la redacción de L’étrangère.

Ha publicado los siguientes libros de poemas: El miedo (El Tucán de Virginia, México, 1986), Ignorancia (El Equilibrista, México, 1994), Tres poemas (Pequeña Venecia, Caracas, 2000), Turba (Ediciones Sin Nombre, México, 2005), Desplazamientos (Candaya, Barcelona, 2007) y Nueces (Trilce Ediciones, México, 2009).

La generación del cordero. Antología de la poesía actual en las Islas Británicas, que hizo con Carlos López Beltrán, fue publicada por Trilce en 2000. Asimismo ha traducido al poeta irlandés Matthew Sweeney, No arroje piedras a este letrero (Trilce, 2001) y El rey Juan de William Shakespeare (Norma Ediciones, 2001). La ópera Les marimbas del exil/El Norte en Veracruz con libreto suyo y música de Luc LeMasne se estrenó en Besançon y París en enero de 2000 y en abril del mismo año en la ciudad de México.
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27.11.10

pierre joris / siete minutos sobre traducción

El texto que abre mi reciente libro de poemas, Aljibar II, comienza con un verso que me llegó espontáneo, de la nada. Reza así: «Mi padre fue curandero y cazador; ¿sorprende que me haya convertido en poeta y traductor?». La proporción algebraica que la frase propone igualaría curandero con poeta y cazador con traductor. Esto puede parecer un tanto fácil, lineal, y quizás sea más útil imaginar que los términos ocupan las cuatro esquinas de una X, varas cruzadas, una figura en quiasma que crea movimiento y conexiones entre los cuatro términos. Y, es más, puedo ver al poeta como curandero y cazador, y al traductor como cazador y curandero. Pero los detalles de esa discusión tendrán que esperar una mejor ocasión… Hoy quiero referirme brevemente a la cuestión de la traducción. Permítanme hacerlo por medio de una especie de lista, por ejemplo un poema lista, tal vez.


¿Por qué traduzco?

Porque me satisface.

Porque supera a la televisión, excepto cuando ponen a los Mets, pero la mayoría de las veces juegan tan pésimamente que aparto los ojos y continúo traduciendo, levantando la mirada solo para ver el marcador.

Porque, para ser sincero, quiero saber en qué andan metidos los poetas en Ghana.

Porque soy lo suficientemente insensato como para creer en el filósofo y poeta del siglo XVI Giordano Bruno, que dijo que toda ciencia tiene su origen en la traducción, y fue quemado en la hoguera por ello y por otros pocos pecadillos, en 1600 en Campo Fiore, Roma. Bruno es, por supuesto, el santo patrón de los traductores.

Porque por accidente natal me maldijeron o bendijeron con un lote de lenguas diferentes y con un perverso placer por enfrentar dichas lenguas y sus músicas.

Porque puedo.

Porque me encanta hacerlo.

Porque tengo que hacerlo; porque si yo y todos los demás no traducimos, el mundo será un lugar mucho más mierdoso de lo que ya es.

Porque cuando no puedo escribir poemas, todavía lo puedo hacer al traducir los poemas de otros poetas.

Porque érase una vez, en un país muy lejano de esta galaxia, que yo era lo suficientemente insensato como para creer que posiblemente podría, como insolvente (¡traduce esa palabra!) poeta joven que era, pagar el alquiler con un curro de traductor, algo que no funcionó porque me di cuenta de que odiaba traducir esos libros -novelas, tratados de no-ficción, manuales de cómo-hacer-qué, etc.- que habrían generado suficiente dinero para pagar el alquiler.

Porque hablo con una lengua trífida y siempre quise ser un curandero Apache-Mescalero.

Porque la gélida masa de fealdad anglo-gringa (1), avaricia y fascismo cristiano básico continuará reventando a la gente y las bibliotecas y los hogares y museos de cien Bagdads, a menos que podamos hacer que muchos ciudadanos estadounidenses se den cuenta de la belleza del otro, de la poesía del otro, del habla de todos los otros.

Porque nunca he sido capaz de convencer a mi departamento (en la Universidad, esto es, no en la tienda donde la mayoría de las cosas, en efecto, se fabrica en China, México, Corea y otros lugares) de imponer el aprendizaje de (al menos) dos lenguas extranjeras, una de las cuáles debería ser una lengua no indoeuropea, en el programa de postgrado como conditio sine qua non (¡traduce eso!) para que cualquiera sea admitido en un doctorado de literatura.

Porque, aparte de escribir y cocinar, traducir es lo único práctico que tengo la habilidad de y sé hacer.

Porque me encanta robar versos e imágenes y sonidos de todos los poetas extranjeros que leo e incorporarlos a mis propios poemas (ése es el poeta como cazador).

Porque es la mejor excusa que he encontrado para comprar muchos libros y viajar a muchos países para relacionarme con poetas y demás pervertidos extraños.

Porque la mejor manera de aprender a leer poemas es traducirlos.

Porque la mejor manera de aprender a escribir poemas es traducir las grandes obras de otros poetas.

Porque para tener nuevos pensamientos tenemos que renovar el lenguaje y la mejor manera de hacerlo que he hallado es crear con él un huso, mutilarlo y mutarlo para escribir en inglés con el lenguaje del poeta extranjero (vid. el funcionamiento de la lengua griega en el alemán, que Hölderlin llevó a cabo) (2).

Porque te permite tener intensas relaciones amorosas con gente que está lejos o muerta hace tiempo.

Porque tengo este raro sentido ético: puesto que puedo hacerlo, tengo que hacerlo para ayudar a mis concitoyens (intraducible por la inevitable pérdida del juego de palabras) lingüísticamente desafiados (3).

Porque la traducción y su contrapunto social, el mestizaje, son las únicas cosas que posiblemente puedan hacer de este mundo un lugar más seguro y factible.

Porque, aunque hace ya unos años que dejé de traducir al francés, el año pasado no pude resistirme a decir sí a traducir 25 páginas de poemas de Allen Ginsberg para una versión francesa de la ópera Hydrogen Jukebox de Philip Glass, dado que la última vez que vi a Allen en París me pidió que me involucrara en las traducciones de su obra, algo de lo que hasta ahora, cuando la ocasión de re-presentar mis respetos se presentó de la nada, no me había ocupado.

Porque 40 años después todavía no he traducido toda la obra de Paul Celan y por alguna sin-razón siento que debería hacerlo.

Porque la mayoría de mis amigos poetas de los Estados Unidos se llevan bien con sus compadres francófonos franceses y se traducen los unos a los otros con una fiera intensidad, lo cuál me brinda el espacio para concentrarme en traducir a los poetas norteafricanos que de otra manera quedarían sin traducir; así, hay libros de próxima aparición de Habib Tengour, Abdallah Zrika y Mohammed Al Amraoui.

Porque los Mets van perdiendo, otra vez.
[[y maldita sea, ¿no perdieron los Mets dos seguidos contra los Brewers anoche…?]]



Notas al texto

(1) Agradezco al poeta y traductor Joseph Mulligan (http://jwmulligan.wordpress.com/) el intercambio de correos electrónicos en relación con el uso de Joris de la palabra «anglo-‘merican». Mulligan ve en el uso de esta voz «mid-western» (de la región próxima a los grandes lagos y de algunos estados al norte y centro del país) una burla de la ignorancia estadounidense. Al saberlo, he intentado reflejar esa burla restringiéndola a un segmento de población concreto: los WASPs (White Anglo-Saxon Protestants, siglas que también representan la palabra «wasp», «avispa») o los partidarios del tristemente famoso y racista Tea Party.

(2) En relación con esta afirmación, creo conveniente citar estas palabras de George Steiner sobre la traducción de Friedrich Hölderlin de la Antígona de Sófocles, que paso a traducir: «Él creía que el sentido antiguo de las palabras, particularmente en el drama trágico, tenía un aura y una consecuencia materiales de las que la epistemología moderna carecía. Una profecía, un precepto oracular, una fórmula de anatema en la tragedia griega llevaban consigo una fatalidad literal. El habla no representaba o describía el hecho: era el hecho. Antígona no solo adumbra una anticipación mental de amenaza y sangre: oscurece, hace más sanguinarias, palabras que ya son escrituras de revuelta y suicidio. καλχαίνουσ ’ significa “enrojecer”. Al pronunciarse -teñido de rojo- el epos de Antígona se ha convertido en un hecho fatal, ineluctable. Una antropología, una lingüística contrastiva del papel del discurso en las sociedades antiguas y modernas subyace a y necesita la literalidad de Hölderlin, su paradójico propósito de entender y mejorar el original mientras procede palabra por palabra. La táctica es violenta y con frecuencia absurda, pero muchas y recientes reflexiones sobre los hábitos de habla en culturas primitivas y la fuerza del mandato físico en, por ejemplo, hebreo antiguo, corroboran el punto de vista de Hölderlin» (After Babel: Aspects of Language & Translation, Oxford University Press, 1998, p. 346).

(3) En la palabra que Joris utiliza, concitoyens, hay un doble sentido. Por un lado, la traducción literal de dicha palabra: conciudadanos; por el otro, puesto que con en francés significa cabrón, ciudadanos cabrones (uno de los más excelsos usos de esa palabra está en la canción Requiem pour un con, de Serge Gainsbourg).



 
Pierre Joris nació en 1946 en Luxemburgo. A los 19 años se trasladó a los Estados Unidos. Vivió en Gran Bretaña, el norte de África, Francia y Luxemburgo. En 1992 regresó a Nueva York. Actualmente es profesor de la State University of New York, en Albany.

De próxima aparición son sus libros Paul Celan: The Meridian (Stanford University Press) y Exile is my Trade: The Habib Tengour Reader (Black Widow Press).

Ha publicado más de cuarenta libros. Entre sus libros de poemas, destacan The Fifth Season (1971), Trance/Mutations (1972), The Tassili Connection (1978), The Book of Luap Nalec (1982), 5 Translations from Arthur Rimbaud (graphics, 1984), Breccia: Selected Poems (1986), Winnetou Old (1996), Poasis: Selected Poems (1986-1999) (Wesleyan University Press), The Stations of Mansur Al-Hallaj (Anchorite Press, 2007), Aljibar y Aljibar II (edición bilingüe con traducción al francés de Eric Sarner, Editions PHI, Luxembourg, 2007 y 2008). El más reciente es The Tang Extending From The Blade (Ahadada Books, E-Chapbook, 2010).

Libros de ensayos: A Nomad Poetics (Wesleyan University Press, 2003) y Justifying the Margins: Essays 1990-2006 (Salt Publishing, 2009).

Traducciones recientes: 4x1: Work by Tristan Tzara, Rainer Maria Rilke, Jean Pierre Duprey & Habib Tengour translated by Pierre Joris (Inconumdrum Press, 2002); The Malady of Islam de Abdelwahab Meddeb (junto con Ann Reid, Basic Books); Green Integer publicó sus tres volúmenes de traducciones de Paul Celan: Breathturn, Threadsuns y Lightduress (que obtuvo un premio: 2005 PEN Poetry Translation Award).

Otras traducciones al inglés incluyen libros de Pablo Picasso, Maurice Blanchot, Edmond Jabès, Kurt Schwitters y Michel Bulteau.

Ha traducido al francés libros de Carl Solomon, Jack Kerouac, Gregory Corso, Pete Townsend, Julian Beck y Sam Shepard.

La información recogida en esta nota puede consultarse en:

· http://www.pierrejoris.com/blog/?page_id=4481

· http://wings.buffalo.edu/epc/authors/joris/joris.bio


Traducción y notas de Mario Domínguez Parra
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14.11.10

derek walcott / en el village

I

Salí por la boca del metro y allí había gente
de pie sobre los escalones como si supiera
algo que yo desconocía. Era la Guerra Fría,
la lluvia radiactiva. Pude ver que la avenida
estaba desierta, toda ella, y pensé que los pájaros
se habían ido de las ciudades y que una plaga
de silencio cubría sus arterias, en la guerra
habían luchado y la perdieron y nada vago
ni sutil hay en este horrendo abismo neoyorquino.
El estruendo machacón de un altavoz avisaba
a los rezagados, acaso amantes de paseo,
de que el mundo se iba a terminar aquella mañana
sin nadie en el trabajo en la Avenida Sexta o Séptima
en aquella perspectiva horrenda y sin contestar.
No era modo de morir, pero tampoco era vida.
En fin, si ardíamos, al menos era en Nueva York.


II

En Nueva York la gente está en una telecomedia.
Yo aparezco en una telenovela hispana, una
en que a un viejo de cabellos como garza una pena
invisible le hace temblar, una aflicción obscena,
y en secreto la cuenta hasta que su rostro delata
arrugas cual paréntesis que su ficción revela
para honda vergüenza propia. Oye, es la vieja historia
de un corazón quijotesco, que en su empeño no ceja
sin importarle a qué se enfrenta. Una cosa de esas
que a nadie romperá el corazón, ni aunque un coronel
rucio se lance del caballo durante la carga,
una batalla que no lo hará estatua. Es el infierno
del amor común, no correspondido. Mira: garzas
cansinas marchan cual tropa despeinada, pancartas
blancas que amarridas se arrastran, son la gran llaga
pálida de un viejo en sus memorias, coplas escritas
que despliegan sus alas como secretos a voces.


III

¿Quién se ha llevado de aquí mi máquina de escribir,
que me ha convertido en un músico sin su pïano
al que se le presenta un vacío claro y grotesco
como otra primavera? Me brotan las venas, harto
voy de poesía, soy papelera de alambre negro.
Visibles son las notas: las antenas los gorriones
llenan como pentagramas, así era en primavera,
mas fríos los tejados están y el gran río gris
por el que se desliza un buque, imponente cual monte
invernal, avanza imperceptible como los años
acumulados. No hay motivo para perdonarla
por lo que yo mismo me he buscado. Atrás queda el odio,
atrás mi añoranza de Italia, allí la nieve sopla,
absuelve y encanece una cordillera de hinojos
a las afueras de Milán. Tras la ventana aguardo
a que el silbo de un pájaro inicie la primavera
desquiciada, pero siento extraños trabajo y manos
sin mi máquina y su música ajada. No hay palabras
para el transatlántico en el Hudson, para la sarna
de los tejados limpios de nieve. Ni versos, ni aves.


IV. EL CAFÉ LA BUENA VIDA

Si en ocasiones caigo en una quietud entrecana
sentado a una mesa con mantel de rojos cuadros
en la terraza del café La Buena Vida, el tráfico
dominguero en el Village mudo y suave es cual polilla
que trabajase en un almacén, se debe a la edad,
y me cuesta admitirlo, o, es verdad, hasta pensarlo.
Persisten en mí las furias, y aunque mi rabia en casa
sea ilógica, diabética, mi amor no ha menguado
pese a que me tiemble la mano, mas no en esta página.
Muy sana está mi lujuria, pero, si por acaso
todas mis torres se secan hasta desmoronarse,
la dicha curvará cañas y juncos con la euforia
de mi pluma de camino a Vieuxfort, los limoncillos
blancos al sol y, en cuanto al mar que rompe en la bahía
de Praslin, todo se resume en la gracia consorte
que la muerte un día habrá de arrancarme de las manos
hoy sobre este mantel a cuadros en este buen sitio.


Traducción de Luis Ingelmo




Derek Walcott (Castries, Santa Lucía, 1930) es poeta, dramaturgo y pintor. En 1992 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Walcott es autor de una vasta obra que incluye más de quince libros de poesía y alrededor de treinta obras de teatro. Entre sus muchos títulos cabe destacar Another Life (1973), The Star-Apple Kingdom (1979), The Arkansas Testament (1987) y Omeros (1990), poema épico basado en la Odisea.
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Estos poemas pertenecen a su último libro, White Egrets (2010), que llega mañana a las librerías españolas, en traducción de Luis Ingelmo, con el título de Garcetas blancas. Agradecemos al traductor y a Bartleby Editores su amable permiso para ofrecer este adelanto del libro en Las razones del aviador.
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