14.11.13



francisco fuentes / un relato




—Entonces, el hombre que doblaba las rodillas hacia el sitio que no era atravesó el estudio y se sentó en mi silla transparente. Se subió encima y se plegó sobre sí mismo de una forma tan jodida que era imposible no quererle. Parecía un insecto aplastado. O un perro aplastado. O yo qué sé. Fuera lo que fuera, no daba la sensación de que pudiera vivir mucho más si no venía alguien pronto. Tenía las piernas secas como una catedral y le crujían las rodillas al caminar. Era como si le hubieran forrado de piel los huesos. Sin músculo. Sin carne. Nada. Pensé que quizá debería haberlo visto el pretencioso de J. e intentado explicar por qué cojones se movía aquel hombre y, sobre todo, cómo se mantenía en pie sin quebrarse. Seguro que hubiera dicho algo así como "claro, déjame tu correo y mañana te lo mando bien redactado". Y una mierda. Lo que pasa es que no sabes la solución y no tienes la más mínima intención de admitirlo. Los arquitectos son todos iguales. Y son así con el resto de cosas de su vida. Buscan la respuesta a escondidas y luego fingen un ataque de lucidez. Recuerdo que en aquella época yo no acababa de explicarme como mi ex mujer aún aguantaba el tirón con aquel snob. Aunque si en algún momento la hubiera entendido, ahora estaríamos juntos y yo tendría que vivir en una de esas horribles casas de campo. Puede que incluso me hubiera obligado a comprar una estúpida secadora de ropa. Una máquina que hace lo mismo que el aire, gran invento. Así que mejor dejar las cosas como están. ¿Sabes? Una vez vi los dibujos de J. Se los había regalado a mi hijo después de su operación y era como si todos estuvieran a medio hacer. Como comprenderás, en aquel momento yo no dije ni una palabra buena sobre ellos, pero debo reconocer que un poco sí que me rozaron. Con el tiempo me he ido dando cuenta de que la belleza suele estar en las cosas inacabadas. También en las cosas a medio destruir. Es posible que sea porque en realidad un dibujo a medio hacer no es un boceto de un un edificio o una calle o un coche. Quiero decir que realmente no estás dibujando una cosa a medias. En el fondo lo que estás dibujando es el tiempo. De alguna manera las cosas incompletas son la figuración del tiempo. Y quizá de ahí la tristeza que aquellos dibujos me provocaban. Aunque ese es otro tema. El caso es que el hombre que doblaba las rodillas como un saltamontes había llegado al estudio y lo había llenado todo de sí mismo en apenas unos segundos. Se puede decir que yo prácticamente no le conocía. Le había visto por primera vez un par de días antes en el Parque del Oeste, donde trabajaba limpiando estatuas. Llevaba una mochila y caminaba —si es que a aquello se le podía llamar caminar— de una figura a otra disparando agua a presión. Imaginé que habría acabado en Madrid igual que el resto de nosotros, pensando que esta ciudad se parecía más a Nueva York, y que al final se había quedado porque ya estaba aquí. Nada más. A mí me sucedió algo parecido los primeros años, pero ya se me había pasado. En ese momento yo andaba enamorado de todo esto, de las calles, y de lo bonita que es esta ciudad de noche, ya sabes, el aire frío, las luces y eso. Aunque también es cierto que necesitaba estarlo. Este lugar me permitía creer que aún podía hacer algo enorme con el resto de mi vida. Mirase donde mirase yo sentía que algo estaba a punto de explotar. Y caminaba por la calle como si fuera una estrella. Total, nadie me conocía. No sé si alguna vez te lo he dicho, pero la mayoría de la gente piensa que a las estrellas se las distingue por la ropa y eso no es así. O no del todo. Quiero decir que cualquier muerto de hambre lleva gafas de sol, ¿o no? Lo que hay que hacer es caminar como si fueras sobre un cable. Como si hicieras equilibrio todo el rato —me levanto y camino por la línea de las baldosas para que ella entienda mi punto de vista— y mirar hacia abajo como si estuvieras a punto de caer.

Ella me mira desde la cama mientras yo sigo contando la historia. Tiene los ojos de un color verde tan claro que me da miedo que le dé el sol, por si le duele. Hago muchos aspavientos con los brazos y la cara mientras hablo. Siempre lo he hecho. A veces ladeo un poco la cabeza y cierro los ojos como si eso fuera a darme la razón. Lo peor de todo es que estoy convencido de que hubiera sido un buen actor. Ella permanece callada con la sábana enrollada sobre su cabeza. Tiene diecisiete años y yo siento que es capaz de retener el sol en la boca. Sus ojos están fijos en mí y me pregunto si será la última vez que alguien me mire de esta manera. Siempre lo pienso. Cuando llego a este punto en una relación, lo pienso. Eso, y cuánto me aterra comprobar cómo se parecen a mi hermana todas la chicas que alguna vez me han gustado.

—Imaginé que aquel hombre debía de haber nacido así —continúo contando la historia mientras ella se pone su camisa— porque no tenía los ojos más rotos que el resto de personas que yo conocía. A ratos su felicidad me parecía una ofensa. Porque, a pesar de lo que diga la gente, lo que ofende no son las personas. Ni la voluntad de hacer daño. Lo que ofende es la verdad, nada más, y yo sabía que la felicidad de aquel hombre era absurdamente real. Podías tocarla. Pero no como una piedra, ni como una persona. En absoluto. Era más bien como una gelatina: podías ver a través de ella y, sobre todo, podías meter los dedos dentro.
»—Muchacho —dijo el saltamontes mirando por la ventana—, tú y yo —se quedó callado durante un momento como si algo le hubiera distraído—, tú y yo —continuó, sin dejar de mirar por la ventana— vivimos en un mundo en el que hay que meter monedas en los carritos de la compra para obligar a la gente a dejarlos en su sitio.
»Me imaginé un mundo lleno de carritos de la compra abandonados. Desubicados. Por todas partes: dentro de los portales, aparcados en batería como si fueran coches, volcados en medio de la carretera o moviéndose por los parques como vagabundos en mitad de una tormenta. No supe qué contestar. Nunca he sabido responder algo inteligente sin pensarlo antes. No tengo esa chispa. Por eso siempre pido las entrevistas por escrito. Por eso casi siempre decepciono a la gente que admira mi trabajo. Hace poco descubrí que Miró era una persona tan poco hábil como yo en ese aspecto y eso me reconfortó durante unos días. Incluso puede que durante unas semanas. Miró tenía la cabeza redonda como un balón.
»—Si quiere cambiarse aquí tengo su traje —dije mientras le acercaba la bolsa de la tintorería—. No se preocupe, no tardaré mucho. Además se está haciendo tarde y quiero que las fotos tengan algo de luz natural. Ese matiz es vital.
»El saltamontes me miró como si no me hubiera enterado de nada y empezó a ponerse el traje. Era un Gucci color marengo, con una corbata fina y una camisa de seda azul, aunque eso ya lo sabes, ya viste la foto. Todo el mundo vio la foto.  Hace tiempo que no lo hago, pero antes, cuando iba a una fiesta y estaba con gente que no me conocía, les preguntaba y todos recordaban haber visto la foto. No sé por qué necesitaba hacer eso, pero me reconfortaba. Es más fácil creer en ti mismo si hay alguien que ya cree. Recuerdo que al final decidimos que se quedara descalzo porque ninguno de los zapatos que yo había comprado le estaba bien. Luego todo el mundo dijo que aquel detalle era la clave de la foto.
»—Mi problema, muchacho —dijo mientras se abrochaba el pantalón— es que el alcohol es más barato que el cine. Además, así no tengo que aguantarme con un final condescendiente porque el director en cuestión no ha sabido matar a todos sus personajes. O peor aún, los ha matado sin clase. Es como si te preguntan que de qué quieres morir y tú respondes "pues de viejo, después de un par de años arrastrándome delgado y calvo por todos los hospitales de este país". Pues no. Yo quiero morir en un accidente de tráfico horrible. Quedarme destrozado entre dos hierros y doblado sobre mí mismo mirando al cielo. Con los talones tocándome la nuca y los brazos tan abiertos que parezca que estoy sujetando el cielo para que no se os caiga a todos encima.
»—¿Y si parece que en lugar de sujetarlo lo estás abrazando? —dije.
El saltamontes sonrió. Seguía mirando por la ventana del estudio como si el atardecer dependiera de él. Me pregunté cómo haría para sentarse al borde de una piscina y esa idea me entristeció bastante.
»—Pues no lo sé, muchacho. Espero que ahora que sabes cómo va a pasar todo, tú puedas explicárselo a la reportera que venga a cubrir mi desgraciado accidente. Ni siquiera te pido que me salves, sólo que lo expliques.
Me gustaba la sonrisa de aquel hombre.
»—Claro —dije mientras él acababa de ajustarse la corbata. Le quedó fatal, pero yo no supe colocarla y, la verdad, en ese momento me importaba más la conversación que la corbata. Luego dijeron que ese era otro de los detalles que hacían de la foto una obra maestra. Con el tiempo comprendí que todas esas tonterías que comentaron los críticos no hicieron más que darle la razón al hombre que doblaba las rodillas hacia su barriga. Me hubiera gustado poder decírselo. Llamarle una noche colocado y decirle que tenía razón en todo. En todo.
»—Ayer me acosté con una mujer. Con B. —dije—, una antigua compañera de la facultad. No pregunté, pero debe de haberse divorciado, al menos casada no está, eso seguro, porque no parecía ni tan triste ni tan contenta como para estarlo.  Tomamos unas copas cerca de la Calle Mayor y luego me invitó a su casa. Cuando subimos, vi que tenía unas camas diminutas para sus hijas y una tele enorme. Y tengo la sensación de que te refieres a algo así con lo del carrito de la compra, ¿no? Que la sociedad se está viniendo abajo y eso —sentí que por fin había dicho algo inteligente.
»El hombre que doblaba las rodillas como un animal se quedó en silencio. Limpió un poco la chaqueta del traje con la mano y sacó un cigarro del pantalón que había dejado en la silla.
»—Te entiendo, muchacho —exhaló—, pero las cosas son complejas. Si les das una infancia demasiado feliz, cuando se hagan mayores se volverán locos. Hay que tener cuidado con los niños. Si se acostumbran al aire, entonces buscarán el viento.
»—¿Y si se acostumbran al viento? —pregunté.
»El saltamontes arrugó la cara y se sentó en el suelo. No estaba pensando qué decir, si no la manera de decírmelo. Tiré un par de fotos mientras él fumaba descalzo.
»—Si alguien se acostumbra al viento ya sólo le quedarán las explosiones. Sólo las explosiones le harán sentir algo. Es como la historia del hombre aquel al que torturaron en los Balcanes durante seis años, ¿te acuerdas? Cuando le liberaron se dedicó a saltar de todos los edificios que pudo. Llegó a saltar de catorce edificios antes de morir. Siete primeros, cinco segundos, un cuarto y un quinto. Al final tenía los huesos tan destrozados que no podía andar y del último se tiró con la silla de ruedas y todo.
Hay que tener cuidado con el viento, muchacho.
»Pensé en la jodida manía que tiene todo el mundo por salvar a los suicidas, pero no dije nada. La mayoría de los suicidas sólo necesita un abrazo.  Si la gente no les hiciera tanto caso, los que quisieran saltar lo harían, y el resto buscaría formas más sanas de recibir cariño. Luego mi cabeza paró de repente y me dejé llevar. Durante un momento no entendí qué hacía aquel hombre de las rodillas raras vestido con mi traje en mitad del estudio. Era como si yo me hubiera ido y le estuviera viendo por la televisión.
»—¿Y qué pasó con tu mujer, muchacho? —dijo mirándome las manos.
»Ni siquiera me planteé por qué extraño motivo me preguntó aquello, ni tampoco por qué sabía que había pasado algo, aunque supongo que era evidente. Le conté que siempre había sido una cuestión de tiempo que nuestro matrimonio se fuera a la mierda, y que, sin duda, lo más jodido era el crío. U. tenía siete años entonces y mi ex mujer siempre se encargaba de recordarme que la culpa de que el niño estuviera enfermo era mía. Por haberla follado sin amor cuando le tuvimos. Y no sé. Puede que hubiera algo de verdad en todo aquello.
»—Aún tengo la bici del chaval en el coche —dije—, con los ruedines y todo.
Todavía hoy no acabo de comprender por qué la guardaba después de tantos meses. No sé si era porque no quería que él se diera cuenta de que nunca más iba a poder montar en bici o porque yo no era capaz de deshacerme sin más  de una etapa tan blandita de mi vida. Creo que tenerla me hacía sentir que yo estaba. Que de alguna manera yo aún seguía ahí y que en cualquier momento  podría volver a vivir en aquel hueco.
»—¿Le has visto reír alguna vez? —preguntó el saltamontes.
»—¿Cómo?
»—Que si alguna vez has visto al chico reírse de verdad. Con toda su alma.
»—Claro.
»—Entonces todo está bien, muchacho. Y tú lo sabes.
»—Ya pero a veces me da pena que sea tan inteligente. Si no fuera tan listo —dije rascándome la barba—, si no fuera tan listo todo sería un poquito más fácil de llevar. Un día le regalé una canica y, ¿sabes qué dijo? Me preguntó que por qué meten esos labios de colores dentro de ellas. Joder, todos los críos que he conocido siempre preguntan el cómo de las cosas: ¿cómo funciona una bombilla?, ¿cómo fabrican los coches?, ¿cómo nacen los niños? Pues el mío no. El mío siempre ha preguntado el porqué de las cosas, y eso es lo que más me duele, que sea tan listo. Un chico tan diferente habría triunfado en la vida. Tomé la canica de su mano y la miré. Me la acerqué al ojo y la puse hacia la luz. Le dije que lo hacían para que fueran más bonitas, que era como si hubieran capturado humo de colores dentro del cristal. Yo esperaba que sonriera y me tendiera la mano para recuperar su canica, pero no. Para nada. Me dijo que qué pena, ¿te lo puedes creer? Me dijo que si a mí no me parecía que una bolita transparente ya era bonita sin ponerle nada dentro. Joder —dije—, mi hijo es capaz de resumir la maldita esencia de la vida con sólo ocho años. No soporto que sea tan listo.
»El saltamontes me quitó la cámara y me hizo una foto.
»—Tu chico vive en ti, muchacho.
»—A veces —dije— voy al hospital y le veo dormir. Veo dormir también a mi ex mujer. Les escucho respirar durante unos minutos y me marcho. Todo es más fácil cuando están dormidos.
»—Cuando la gente que queremos duerme, los problemas se hacen más pequeños —dijo—. Hay caminos en el interior de nuestras cabezas que sólo se ven de noche. De noche nos quedamos solos, pero solos de verdad, y es en esos momentos, en los que da igual decir las cosas en alto o sólo pensarlas, pues nadie va a oírte, en los que las cosas que no encajan a la luz del día pueden llegar a encajar. Porque sólo cuando es de noche se te ocurriría intentar encajar las sombras, y no las cosas.
»Sólo había sacado dos fotografías, pero no me importaba. A pesar de que le había llamado yo, no acababa de entender de dónde diablos había salido aquel hombre. Y luego tampoco supe a dónde fue a parar. 
»La habitación ya estaba a oscuras cuando decidimos irnos. Le regalé el traje como si, de alguna manera, eso fuera a salvarme. Yo era consciente de que ese gesto no valía para nada, pero saber que una parte de mí se iba con aquel hombre me tranquilizaba. Ni siquiera se quitó el traje, sólo se puso las deportivas y metió el resto de sus cosas en la bolsa de la tintorería. Era transparente y se veía lo que llevaba. Le saqué una última foto casi sin luz. Encendió otro cigarro y bajamos a la calle.
»—Voy a coger el coche —dije—, ¿quieres que te acerque a alguna parte?
»—Ah, tranquilo muchacho, me gusta caminar. Quién lo diría, ¿verdad? Tú ves mis piernas y sólo ves esto, pero yo pienso en lo cerca que he estado de no poder andar durante el resto de mi vida. ¿Te imaginas cómo sería no poder caminar nunca más? —sonrió— Pues yo tampoco.
Le devolví la sonrisa. No tenía ni idea de qué responder a eso.
Me dio una palmada en el brazo, me guiñó un ojo y comenzó a caminar. Caminaba como una marioneta. Mientras se marchaba dijo:
»—Si vas a huir, hazlo en espiral. Y que nadie se dé cuenta.
Siguió hablando hasta que dobló la esquina pero no entendí nada más. Quizá ni siquiera estuviera hablando conmigo. 

»Cuando llegué al coche, vi que era más tarde de lo que imaginaba. Acababa de anochecer, pero ya eran casi las once y las calles se habían empezado a llenar de personas con ganas de reventarse unas contra otras. La gente se ama más cuando sale del trabajo. Pero lo que no saben es que el mundo ha estado ahí desde por la mañana. Tomé el desvío hacia la autovía y vi las luces amontonarse a mi espalda. La circunvalación, pensé, la reinvención de la rueda. Me fascina el extrarradio. Desde siempre. Incluso cuando era pequeño y ni siquiera sabía qué era aquello. Adoro ver las cosas a lo lejos. Las torres más altas de la ciudad, que antes eran unas y ahora son otras, las ventanitas encendidas donde hay personas trabajando, y las viviendas de ladrillo, con las luces apagadas, y sólo el parpadeo azul de los televisores y la secreta esperanza de que mañana alguien se muera o se case para poder ir a un sitio diferente.
Me imaginé a U. en el hospital.
»—Quizá deberíamos pedir un cambio de habitación, para que sienta que algo se mueve —no me había dado cuenta pero había empezado a hablar solo.
»—¿Cómo abrazas a alguien que sabes que va a morir?—continué diciéndome— ¿Cómo le das tu fuerza a alguien que no la necesita? Porque no hace falta ser fuerte para morir, tan sólo basta con dejarse llevar. Por eso todos se mueren, ¿no? Porque no hay que hacer nada. Además, aunque pudieras darle tu fuerza a alguien que va a morir, sería el sitio más inútil donde ponerla.
»—¿Lo sería? —me dije.
»Paré el coche en mitad de la autovía y apagué las luces. Abrí las ventanillas y respiré. Desabroché el cinturón de seguridad y me recosté en el asiento. Estiré el brazo y accioné esa palanca que echa agua en la luna. La mantuve presionada hasta que se acabó el depósito. Me gusta el olor a mojado. Casi todas las cosas huelen mejor si las mojas. Entonces vi las luces de algún vehículo viniendo hacia mí. No sabría decir si iba rápido o despacio, yo estaba parado y así era muy difícil calcularlo. Aunque tampoco me importaba, sólo podía pensar en cuánto quería que aquel coche no me viera y que algo por fin me atravesara. Deseaba que el manillar de la bici de mi hijo me destrozara el pecho de lado a lado. Volví a accionar la palanca del agua y salió un chorrito pequeño y luego nada. Apreté el volante con todas mis fuerzas, llené mis pulmones de aire y esperé. Me temblaba la boca y no podía dejar de mirar por el espejo. Iba a morir mirando hacia atrás como un cobarde. Noté que las lágrimas se me escapaban de los ojos a pesar de que no estaba llorando. Tenía la piel de gallina y sentía como si alguien me estuviera acariciando el cuello. Entonces el coche pasó a mi lado a toda velocidad. El aire me golpeó la cara y balanceó un poco mi coche. Me eché a llorar mientras encendía las luces de nuevo y reanudaba la marcha. ¿Alguna vez has llorado en el coche? Casi no veía. Luego empecé a reír a gritos. Hice un corte de magas a dios sabe dónde y aceleré. Quería alcanzar al coche que me acababa de pasar. Lo vi a lo lejos y pensé en la belleza tan simétrica que tienen los adelantamientos. Recordé mi primer adelantamiento cuando tenía dieciocho años. Fue como adelantar a una parte de mí mismo. Unos años más tarde (debería tener unos veinte) me di cuenta de que lo que yo había creído un adelantamiento a mí mismo había sido en realidad un cruce con una parte de mí que no volvería a ver. El coche tomó la salida 17A y, aunque yo aún estaba lejos, pude ver con claridad por dónde se había marchado. El problema fue que cuando llegué al desvío no había ninguna señal de dónde había ido a parar aquel vehículo. Estaba tan nervioso que ni siquiera sabía de qué color era el coche que acababa de pasar al lado de mi cabeza. Llegué a una zona que parecía más un bosque que una ciudad y di un par de vueltas esperando que algo se moviera. Aparqué al lado de una furgoneta de reparto con las letras FHM y me quedé un rato sentado hasta que mis ojos se acostumbraron a la oscuridad. Salí del coche y empecé a caminar en la dirección que yo suponía que estaba mi casa. Di varios pasos, saqué las llaves del coche de mi bolsillo y miré hacia atrás. El coche estaba bastante bien aparcado para lo rápido que lo había hecho y lo nervioso que estaba. Volví, dejé las llaves encima del techo del coche y seguí caminando hacia mi casa. El aire estaba ligeramente frío y olía a polen. Levanté los brazos y los sacudí con fuerza mientras apretaba los dientes. Probé a caminar un rato con los ojos cerrados, a ver cuánto podía aguantar sin saber dónde estaba pisando. Veintiún pasos. A lo lejos se veía la ciudad y yo siempre he sido bueno siguiendo las cosas que puedo ver. Me sentí como esas veces en  las que sacas la basura en mitad de la noche y te dan ganas de dar un paseo y dejarte caer y no volver jamás a casa.

Ella me mira con la luz que sólo se tiene antes de cumplir los veinte y yo pienso en cómo se imaginará a mi hijo, y si existirá una persona parecida al ser que entre mis recuerdos y su imaginación hemos creado. Se ha puesto mis calzoncillos, ha abierto la puerta de la terraza y ha vuelto a la cama. Huele a tráfico y a humedad como sólo Madrid huele. Recuerdo la cantidad de veces que este olor me ha sacudido una sonrisa.
—¿Y piensas mucho en tu hijo? —pregunta en voz baja mientras me abraza por la espalda. Su pelo me roza los hombros y noto cómo su pecho se expande al respirar.
—No sé si es mucho o poco. Lo que sí te puedo decir es que ahora pienso en ello de otra manera. Al principio me obsesionaba darme cuenta de que no podía recordarlo todo. Me dolía pensar que había cosas que habíamos vivido y que seguramente no podría volver a recordar. Me atormentaba esa idea. Pensaba que al fin y al cabo era como si aquellos momentos no hubieran sucedido nunca, y eso me destrozaba.

Escuchamos a la vecina cerrar la puerta y echar la llave. Silba la canción de un anuncio de televisión. Seguramente vuelva a mediodía, aunque esta última semana ha estado comiendo fuera.



francisco fuentes (Plasencia, 1985) ha escrito los libros de poemas Tierra, territorio, casa (Sevilla, 2006. Premio La Mano Vegetal) y Setenta y cuatro días sin mí (Mérida, 2012. Editora Regional de Extremadura), que posteriormente resultó finalista del premio Ausiàs March al mejor poemario publicado en España en 2012.  Fue finalista del Certamen “Arte Joven” de la Comunidad de Madrid en el año 2005 y ganador del Premio “Aenigma” de poesía breve en 2007 (Telde). Ha participado en la iniciativa “Encontrarte” (Plasencia, 2006) y en su edición de 2011, para la cual se publicó un Cuaderno-Antología, La Plaga Lírica, de la que formó parte y diseñó la portada. Como artista plástico ha llevado a cabo diversas intervenciones urbanas, siempre con un fuerte componente lírico.











17.10.13



moisés mori / dos poemas de Arte y romance

En estos poemas, Moisés Mori da gravidez, más que gravedad, al doblez de la conciencia y a las cuerdas de la tramoya literaria y social. Y en ello (y en varios engranajes técnicos) se oye el mejor rumor de la poesía moderna, empezando por The Waste Land de Eliot. Pertenecen los textos a su libro Arte y romance, recién editado por KRK y ya adelantados por la revista El Cuaderno. Tras años de ofrecer la mejor literatura en obras mestizas entre el ensayo y la ficción narrativa, el autor nos entrega una muestra más de su talento.


Imagina que eres feliz
que no tienes futuro
ni pasado
que bebes y bailas
y te reúnes a hacer música
                                           con desconocidos
en los bares
que has abandonado a tu familia
sin trabajo
y tu hijo te busca pero no lo encuentras
y tocas la guitarra, percusión
de ritmo endiablado y libre
mestizo, tropical, voluptuoso.
Toda tu vida pende del instante
de la música eléctrica
                                   de tu pelo negro
(tal vez eres negro)
música y vida.

Imagina que has ganado la libertad
del héroe sin culpa
sin ataduras ni carencias
sin cabos ni fronteras
más allá del vacío.
¿Qué eres entonces? Ráfaga sin peso
gas de dolor
conciencia hueca. No eres nada
aliento sin repercusión
todo −y solo− flash y viento.

No suscribes sin embargo esta imagen
dudas
demasiada pompa, me dices,
mucho artificio
renuncias al siniestro trato.
Entonces imagina lo que quieras
suspira
y ponte las zapatillas
con rencor
quéjate del lumbago
lee, lee a Poe
mira a ver a dónde llegas.



Jugaba al tenis Pollock.
Ah, no, que no era al tenis.
Jugaba al tenis Ginsberg.
Ah, no, que no era Ginsberg.
Jugaba Rothko al golf.
Ah, no, que no era Rothko.

Alto ahí. Pare. Name-dropping. Basura biográfica. Stop.

Almo reposo.
Melena de campana.
Invidia de las ninfas.
Con sus frescos racimos.
Ay, Panadera.
Y ríase la gente.

Campos de soledad, mustio collado.
Arañas melodiosas.
Quedéme y olvideme.
Buscas a Roma en Roma.
Himno gigante. Trilce. Doña Alda
¿En cuya oreja suena?
Axa, Jaén.

Entonces qué nos vence y nos doblega
qué nos arrastra al (ciego) dédalo
al alfil de Brancusi
y al mester de poesía.
Juego y alma: falacias.
Inteligencia dame. Golf, tenis, voleibol.

No hay huella sin temblor
ni nombre
                  sin dolor
ni amo sin esclavo.
Green y hierro. Clavel y espada.
Lira, laúd. Presencia, sed, aplomo
Carne, humores, rabel.
Trabajo, yoga, capital.

Imagina, si quieres, en inglés.
Imagine.
A Pollock
                  con las manos muy pequeñas
y seis dedos, seis padres, y un as de corazones
estampado en la ingle.
Imagina los trapos de Mark Rothko
los pañuelos
                     de Whitman
las sábanas de Lisi y Juan Ramón
el lecho de Procusto.

Imagine.
Que Celán se ahoga en el Sena
con una espina
que Beuys levanta catedrales
al dios de las cucharas y las enfermedades crónicas
o que Sylvia Plath juega
                                        al tenis
con su bebé (mulato, cholo)
mientras termina el perro de hornearse
y Allen Ginsberg se hunde
entre necios aullidos.

¿No tuvo Juan Ramón siquiera un cocinero?
¿Llegó a manejar Rothko las tarjetas de crédito?
¿el mágico
                   estropajo?
¿Vivía Galatea de moscas y de avispas? ¿de fados
                                                               y de efluvios?
Pues Brecht.
Ah, no que era Brecht.

Y en Roma misma a Roma no la hallas.




moisés mori (Cangas de Onís, Asturias, 1950) ha publicado Lo inmortal y otros ensayos de literatura (Los infolios, 1991), Estampas rusas. Un álbum de Iván Turgeniev (KRK, 1997; 2007), El nombre es lento (Dossoles, 2004), Voces de Albania. Lectura en falso de Ismael Kadaré (Losada, 2006), De Büchner a Basarov (KRK, 2007) y Escenas de la de vida de Annie Ernaux (KRK, 2011).





1.10.13



julio obeso gonzález / 6 poemas



Autopsia

Al llegar el invierno adelantado se heló la flora y cierta escarcha en el cristalino, le impidió leer el manual de las cerillas. Todos los miembros témpanos, en su quietud tremenda, guardaron duelo.
Le estudiaron muchos años después en perfecto estado, como si la tristeza hubiera sido, más que frío, una gota de ámbar.


Mirada

Me miraba con esos ojos que les suben a los perros cuando preguntan: “¿hay algo sobre mi resurrección?”
Y qué decir a un hombre, un leño, un perro, de las certezas que se esconden en los ojos del no.


El bosón de Higgs

¡Qué gracia: la de partículas que campan en la materia oscura! ¿A qué se parecen: tendrán la forma de un cuajo de rana? Porque ellas están despreocupadas de nosotros mientras construimos kilométricos embudos tratando de saber qué calzan, su última cena o si repiten el ciclo del error.
Porque después están los que no pueden comer de sus libros, los que rezuman élitros pero no vuelan, los empeñados, las viudas de los domadores y también los que, maestros de la lezna, abren sus talleres artenfermos en pentecostés. Ellos nada barruntan acerca de las partículas y si pudieran subir un canto a la noche, los telescopios bajarían, ruborizados, la mirada a sus zapatos.


Incendio en la pista central

Se quemó el circo
las cenizas del payaso
apenas hacían gracia.

Se quemó el circo
el hollín saltó mortalmente
por la boca del trapecista.

Se quemó el circo
en el turno del mago
los niños rieron cada llama.

Se quemó el circo
los leones brillaron
bajo un disfraz de estaño.

Se quemó el circo
antes que el fuego se apagara
colgaron el cartel: “no hay entradas”.

Se quemó el circo
al pie de la pértiga
siete panteras.

Cuando se quema el circo
minimizan las perdidas
con guisos de caballo.


Teolozoofía –Preguntas-

¿Son santos los camaleones?
Su visión mundial: ¿categoriza la lluvia?
¿Mojarán en sus oraciones la oreja a Dios?
¿Cuántas veces se fue la muerte engañada
con una piedra, un palo, una naranja,
en su bolsa de harpía rutinaria?
¿Hasta qué punto les altera ser el negativo
de un caballito de mar?


Intención solidaria

Vengo a que me extirpe estos harapos.
Opéreme lo necesario
hasta tener un cuerpo para la música,
ojos amantes, otra estatura.
No puedo recordar la última vez
que oriné feliz, o sin fatiga,
orillé al otro lado.
Trate de lo mismo a mi perro.



julio obeso gonzález (Gijón, 1958) es coeditor de la revista literaria Criterios y cofundador de la asociación poética Caudal y Versos libres. Fue ganador del II Concurso Internacional de Poesía Erótica “Búho Rojo” y participó en la antología vinculada al premio. Formó parte de la antología Por donde pasa la poesía (Editorial Baile del Sol, 2011). Es autor del poemario Tres tristes trópicos (Ediciones Amargord, 2012.





16.9.13



emily dickinson / cuatro poemas
           

Después del verano,  vuelven los vuelos de esta vieja avioneta. Echaré de menos a mi hermano Jordi Doce, empeñado en otras aventuras. No obstante, él seguirá conmigo aconsejando y enriqueciendo como pocos pueden hacerlo.
            El primer vuelo no puede tener acompañante más silenciosa y, a la vez, sabia: Emily Dickinson. Si Whitman alumbró nuevos caminos con su voz de trueno y su antorcha de americano sin complejos, Emily encendió una vela que no podemos dejar de mirar en silencio. Recientemente, disponemos en Amargord Ediciones de toda su poesía traducida por Enrique Goicolea.
            Yo me atrevo con menos suerte a versionar cuatro poemas compuestos en torno a 1860 por la poeta de Amherst.



135

El agua se aprende por la sed.
Tierra firme ― por los Mares navegados.
El Éxtasis ― por el sufrimiento ―
La Paz  ― por el relato de sus batallas ―
El Amor ― por una lápida ―
Los Pájaros, por la Nieve.
                       



            258

Hay en la luz un cierto Sesgo,
Tardes de Invierno ―
Que oprimen como el Peso
De los Cantos de Iglesia ―

Una Herida del Cielo nos entrega ―
No nos hallaremos cicatriz,
Sino un cambio interior,
Donde los Significados están ―

Nadie puede enseñarlo ― Nadie ―
Es un Desaliento Sellado ―
Un luto imperial
Que del Aire nos llega ―

Cuando viene, el Paisaje escucha ―
La Sombra ― contiene el aliento ―
Cuando parte, es como ver la Distancia
En la mirada de la Muerte.




            721

Cae detrás de Mí ― la Eternidad ―
Frente a Mí ― lo Inmortal se precipita ―
Yo Misma ― su Frontera ―
La Muerte tan solo es deriva hacia el Ocaso,
Que se despeña en otro Amanecer,
Antes de comenzar el Occidente ―

Hay Dominios ― se cuenta ― más allá ―
De Perfecta ― Incesante Monarquía ―
Cuyo Príncipe ― no es Hijo de Nadie ―
Él Mismo ― su Dinastía sin Fin ―
Él mismo ― su propia continuidad ―
Divino Duplicado ―

Así pues, hay un Milagro frente a Mí ―
Y un Milagro a mi espalda ― y en el medio ―
Un Creciente de Luna sobre el Mar ―
La Medianoche al Norte ―
La Medianoche al Sur ―
Y en el Cielo ― un inmenso Remolino ―




            1114

El más extenso Fuego conocido
Ocurre cada Tarde ―
Sin sorpresa se avista
Avanza sin alarma ―
Sin dar noticia se consume.
Al Occidente toda una Ciudad
Se alza cada mañana
Para otra vez reducirse a cenizas.

           ¶







1.7.13




De la mecánica de los cuerpos / erotismo y poesía (II)




EN EL MAR 
(A partir de una experiencia compartida con Y. V.)

Hay algo en las olas que permanece;
quizá son reflejos que están
y no están, como yo cuando él me follaba
y veía mis propios ojos
mirándome desde el cristal de sus gafas.

Ojos míos fijos en mí
–los de él estaban cerrados–
y el esfuerzo de sus caderas, y su sudor
haciéndome sentir como un balanceo
y un suave impulso ascensional. Coronara

o no coronara, sentía
un agua que subía despacio, cálida
desde el fondo, y también
una cierta indiferencia placentera
al notar que la quilla se hundía poco a poco.

Desaparecido, inerte
el casco también se hundía con sus remos
llevándome con él a pique.
Luego, los dos bien abajo, nos mirábamos;
veíamos los pecios subir hacia la luz

y nada en aquellos fondos
nada que rindiera tributo
a la verde superficie ondulante
nos compensaba por tanto desfallecimiento
y nuestra credulidad en la otra vida.

            Luis Muñiz, inédito


           

 DES
TROZO
(A partir de una experiencia compartida con L. M.)

Beso en fuga      corazón late alto
alejado amante mortal
                                     transitable
cabeza en redondos      imagina el barco
                                                                bailo
deriva asoma en el esperma

Yolanda Vázquez, inédito       


          ¶



Melinda Gebbie y Alan Moore, Lost Girls


          ¶

Forma informe

Veo el deseo
entre las sombras. Miro
absorto sus idas y venidas,
sus espasmos; voy
tras él.

Me acerco, esparce
sus cabellos sobre mí y deseo
como nunca he deseado: disuelto
ya en su carne, nada soy
fuera de mí.

No quieras, me dice, dar forma a lo informe;
de mi flujo nacen
los cuerpos y, muertos, descompuestos
en polvo, tierra y aire
prosigo mi vuelo

errático
hacia otros cuerpos
que se anudan
convulsos, como si algo
los partiera en dos.

Misael  Ruiz Albarracín, inédito




 

Tony Scott, The Hunger, 1983





Y ME ECHÉ Y ME TUMBÉ EN SUS CAMAS

Cuando entré en la casa del placer,
no permanecí en el vestíbulo, donde celebran
con cierta compostura los amores aceptados.

Me dirigí a las alcobas ocultas
y me eché y me tumbé en sus camas.

Me dirigí a las alcobas ocultas,
que da pudor incluso hasta nombrarlas.
Mas yo no me avergüenzo, pues de hacerlo,
¿qué poeta sería, qué clase de artista?
Mejor ser un asceta: más acorde,
mucho más consonante con mi poesía,
antes que recrearse en vestíbulos comunes.

C. P. Cavafis. Traducción de Juan Manuel Macías



ayer de tus labios manaba una sonrisa al escucharme decir que tenías que ponerte un vestido por el que fuera fácil meterte mano hoy por las calles corretea la pobreza respirando el desprecio de los que desayunan despidos leyendo la prensa ayer la lluvia salpicaba tu vagina que se encontraba tan cerca de mi pensamiento que hervía bajo las sabanas frías mañana las promesas de los bancos romperán como modernos casanovas los corazones de la infantería hoy los estruendos de la dinamita interrumpen el discurso de mariano a los cocodrilos ayer en las desmedidas curvas de las inmobiliarias los especuladores jugaban a excitarse con la economía mañana en el silencio enloquecido que se revuelve entre tus piernas dejaré la mantequilla para que estos versos húmedos te penetren de  adjetivos

Jaime Luis Martín, inédito



            ¶

Nobuyoshi Araki





Avión

            -¿Me permites, por favor? -pregunta ella.
            Él se hunde ligeramente contra el respaldo del asiento, apoyado sobre los brazos, y sonriendo le invita a que ocupe su lugar. Con movimientos rápidos, algo bruscos a pesar de su decisión, ella se abalanza hacia la deseada comodidad del sillón. Al pasar junto al otro, inevitablemente las piernas de ambos se tocan. Para cuando ella vuelve la cara hacia la ventanilla, segura en su aposento, él ya ha tenido tiempo de sobra para desnudarla con la vista. En una radiografía de urgencia, determina con pericia la anchura de los huecos y lo cerrado de las curvas. De pronto se percata de la sonrisa imbécil que se le ha quedado colgada de las mejillas y, azorado, retorna a su lectura interrumpida. Algo de Djuna Barnes, posiblemente.
            “Menudas tetas que tiene la tía”, piensa, las negras líneas en la página un borrón indescifrable. “Y el culo tampoco lo tiene nada mal”.
            Al fondo, una figura de blanco y azul se cerciora de que el portón queda bien cerrado.
            “Como siga pensando en las domingas de ésta voy a acabar empalmándome”, se dice él, mientras finge, pasándola, que ha acabado la página sobre la que tiene la vista fija.
            -Un poco más y no lo coges, ¿eh? -dice.
            -Casi casi -dice ella-. Tuve que hacer un trasbordo y la cosa ha resultado un poco accidentada.
            -No eres de por aquí, ¿verdad? Lo digo por el acento.
            -Del norte, hermoso. Vengo del norte. ¿Y qué le pasa a mi acento?
            -No, no es eso -dice él, retirando el dedo que marcaba la página, segunda consecutiva sin leer.
            -Entonces qué.
            -Nada, nada. Sólo quería entablar una conversación, ser amable. Vamos a pasar más de siete horas juntos hasta que lleguemos.
            -Ya. Me vas a tener que perdonar, pero aún estoy un poco nerviosa. Las prisas, ya sabes.
            -No pasa nada -dice él, cerrando definitivamente el libro-. Está todo olvidado.
            Ella sonríe. La sorpresa que le causa su propio gesto hace que se le enciendan suavemente las mejillas, sin maquillar. Se hunde en el sillón con un suspiro. Las luces de aviso para abrocharse el cinturón de seguridad parpadean. Al momento están ya despegando.
            Una vez en el aire, apagados los avisos luminosos, él abre de nuevo su libro. Retoma su lectura dos páginas más atrás de donde le indica la marca. No pasa ni un minuto y su imaginación ya explora las posibilidades de la ropa interior de su compañera de vuelo. “Parece más relajada ahora”, piensa. “Quizá quiera charlar un poco. Sí que está buena, la muy...”
            -Bueno, míster lecturas -interrumpe ella sus pensamientos-, no parece que estés muy concentrado.
            -No, la verdad es que no demasiado -confiesa él-. Al menos no tanto como precisa esto.
            -A mí lo de leer no me va demasiado, ¿sabes? Pero si te molesto, lo dices. Saco el walkman y te dejo a solas con tu libro. Te aseguro que llegarás a creer que no hay nadie junto a ti.
            -Ya estoy solo la mayor parte del tiempo. Me gusta que me interrumpas -dice él. Cierra el libro y lo atrapa en la redecilla del asiento de delante.
            -A mí también me gusta lo que veo.
            Se están mirando uno a otro fijamente. El inconfundible brillo del deseo aparece en sus ojos. Con el pulso acelerado, titubeando, acercan los labios hasta fundirlos en un beso, fugaz y torpe al principio, algo más cálido una vez que encuentran el acoplamiento adecuado. Unos segundos para recuperar el aliento, la sensación de realidad del momento, para resolver que no se trata de un sueño. “Quizá sea la altura”, piensa ella. “Sabía que ésta caía”, piensa él. “No para de meterme lengua, el tío. Demasiado rápido, demasiadas ansias”, piensa ella. Sus gestos le contradicen: hurga en la bragueta de su compañero hasta dar con la cremallera. La baja despacio, con un rumor metálico, mientras se humedece los labios. “Si esto sigue así acabo encima de ella”, piensa él.
            -Qué te parece si cojo una manta y la echo sobre nosotros -dice.
            La portezuela encima de sus cabezas se eleva pesadamente, impulsada por un brazo hidráulico. Dentro, dos almohadas, pálidas, y dos mantas con estampados escoceses y flecos en los bordes. Coge una. Pesa poco: es delgada. Se sienta. Extiende la manta de modo que les esconda de cintura para abajo. Ella juega en el borde de la manta con dos dedos a modo de piernas que pasean y escarban. Su mano desaparece bajo los cuadros rojos y verdes. La desliza hasta alcanzar el sólido bulto de la entrepierna.
            -Menudo aparato que tienes aquí -dice ella.
            Lo sacude con energía, despreocupada gracias al improvisado camuflaje escocés. Con la otra mano se desabrocha dos botones de la chaquetilla de algodón que apenas si contenía ya su busto hinchado por una respiración agitada. Él capta la oferta y, con fruición, introduce su mano sudorosa entre las puntillas de un sujetador bermellón. Soba, pellizca, manosea, se recrea en mil recovecos.
            -Oye -dice él-, por qué no me la comes un poquito, ¿eh?
            Ella le mira incrédula, boquiabierta.
            -Creo que te estás pasando un poco -dice.
            Él advierte el paso en falso que acaba de dar. Pretende dar marcha atrás, suavizar la tensión mordisqueándole el lóbulo de la oreja, pero ella no se deja.
            -No, mira, esto no está nada bien -dice ella.
            -¿Cómo que no está nada bien?
            -Que te digo que no. Mejor lo dejamos ahora, ¿vale?
            -Yo no quiero dejarlo...
            -¡Pero yo sí! -dice ella, conteniendo el grito. Saca la mano de su escondrijo caluroso, se abrocha los botones de la blusa. Se levanta y le hace saber al otro sus intenciones de ir al baño. Al salir entrechocan sus rodillas. Él da un respingo en el asiento. Ella se apresura hacia el pasillo. Se pierde en la cola del avión.
            Perplejo, él retira la manta que le cubría. Aún tiene la bragueta bajada. Siente los latidos acumulados, el calor reblandecedor. Un último suspiro de derrota.
            Ella se encierra en el servicio. Una luz vaporosa ilumina el reducido espacio cuando echa el pestillo de la puerta. Se deshace del abrazo ceñido de su cinturón. Con el pantalón por las rodillas se fija en sus bragas, burdeos, desacordes con el sujetador. Caen pantalón y bragas a los tobillos al sentarse en la taza metálica. A su izquierda, encima de un lavabo de bordes redondeados, un espejo mínimo recoge su imagen en un juego de reflejos con las paredes aceradas. Baja la vista hacia el fondo del desagüe, inalcanzable. Se confunde ya con su mano, que separa y aprieta y se hunde y gira en círculos bajo un bosque de vello enmarañado.

Luis Ingelmo, inédito