27.11.10

pierre joris / siete minutos sobre traducción

El texto que abre mi reciente libro de poemas, Aljibar II, comienza con un verso que me llegó espontáneo, de la nada. Reza así: «Mi padre fue curandero y cazador; ¿sorprende que me haya convertido en poeta y traductor?». La proporción algebraica que la frase propone igualaría curandero con poeta y cazador con traductor. Esto puede parecer un tanto fácil, lineal, y quizás sea más útil imaginar que los términos ocupan las cuatro esquinas de una X, varas cruzadas, una figura en quiasma que crea movimiento y conexiones entre los cuatro términos. Y, es más, puedo ver al poeta como curandero y cazador, y al traductor como cazador y curandero. Pero los detalles de esa discusión tendrán que esperar una mejor ocasión… Hoy quiero referirme brevemente a la cuestión de la traducción. Permítanme hacerlo por medio de una especie de lista, por ejemplo un poema lista, tal vez.


¿Por qué traduzco?

Porque me satisface.

Porque supera a la televisión, excepto cuando ponen a los Mets, pero la mayoría de las veces juegan tan pésimamente que aparto los ojos y continúo traduciendo, levantando la mirada solo para ver el marcador.

Porque, para ser sincero, quiero saber en qué andan metidos los poetas en Ghana.

Porque soy lo suficientemente insensato como para creer en el filósofo y poeta del siglo XVI Giordano Bruno, que dijo que toda ciencia tiene su origen en la traducción, y fue quemado en la hoguera por ello y por otros pocos pecadillos, en 1600 en Campo Fiore, Roma. Bruno es, por supuesto, el santo patrón de los traductores.

Porque por accidente natal me maldijeron o bendijeron con un lote de lenguas diferentes y con un perverso placer por enfrentar dichas lenguas y sus músicas.

Porque puedo.

Porque me encanta hacerlo.

Porque tengo que hacerlo; porque si yo y todos los demás no traducimos, el mundo será un lugar mucho más mierdoso de lo que ya es.

Porque cuando no puedo escribir poemas, todavía lo puedo hacer al traducir los poemas de otros poetas.

Porque érase una vez, en un país muy lejano de esta galaxia, que yo era lo suficientemente insensato como para creer que posiblemente podría, como insolvente (¡traduce esa palabra!) poeta joven que era, pagar el alquiler con un curro de traductor, algo que no funcionó porque me di cuenta de que odiaba traducir esos libros -novelas, tratados de no-ficción, manuales de cómo-hacer-qué, etc.- que habrían generado suficiente dinero para pagar el alquiler.

Porque hablo con una lengua trífida y siempre quise ser un curandero Apache-Mescalero.

Porque la gélida masa de fealdad anglo-gringa (1), avaricia y fascismo cristiano básico continuará reventando a la gente y las bibliotecas y los hogares y museos de cien Bagdads, a menos que podamos hacer que muchos ciudadanos estadounidenses se den cuenta de la belleza del otro, de la poesía del otro, del habla de todos los otros.

Porque nunca he sido capaz de convencer a mi departamento (en la Universidad, esto es, no en la tienda donde la mayoría de las cosas, en efecto, se fabrica en China, México, Corea y otros lugares) de imponer el aprendizaje de (al menos) dos lenguas extranjeras, una de las cuáles debería ser una lengua no indoeuropea, en el programa de postgrado como conditio sine qua non (¡traduce eso!) para que cualquiera sea admitido en un doctorado de literatura.

Porque, aparte de escribir y cocinar, traducir es lo único práctico que tengo la habilidad de y sé hacer.

Porque me encanta robar versos e imágenes y sonidos de todos los poetas extranjeros que leo e incorporarlos a mis propios poemas (ése es el poeta como cazador).

Porque es la mejor excusa que he encontrado para comprar muchos libros y viajar a muchos países para relacionarme con poetas y demás pervertidos extraños.

Porque la mejor manera de aprender a leer poemas es traducirlos.

Porque la mejor manera de aprender a escribir poemas es traducir las grandes obras de otros poetas.

Porque para tener nuevos pensamientos tenemos que renovar el lenguaje y la mejor manera de hacerlo que he hallado es crear con él un huso, mutilarlo y mutarlo para escribir en inglés con el lenguaje del poeta extranjero (vid. el funcionamiento de la lengua griega en el alemán, que Hölderlin llevó a cabo) (2).

Porque te permite tener intensas relaciones amorosas con gente que está lejos o muerta hace tiempo.

Porque tengo este raro sentido ético: puesto que puedo hacerlo, tengo que hacerlo para ayudar a mis concitoyens (intraducible por la inevitable pérdida del juego de palabras) lingüísticamente desafiados (3).

Porque la traducción y su contrapunto social, el mestizaje, son las únicas cosas que posiblemente puedan hacer de este mundo un lugar más seguro y factible.

Porque, aunque hace ya unos años que dejé de traducir al francés, el año pasado no pude resistirme a decir sí a traducir 25 páginas de poemas de Allen Ginsberg para una versión francesa de la ópera Hydrogen Jukebox de Philip Glass, dado que la última vez que vi a Allen en París me pidió que me involucrara en las traducciones de su obra, algo de lo que hasta ahora, cuando la ocasión de re-presentar mis respetos se presentó de la nada, no me había ocupado.

Porque 40 años después todavía no he traducido toda la obra de Paul Celan y por alguna sin-razón siento que debería hacerlo.

Porque la mayoría de mis amigos poetas de los Estados Unidos se llevan bien con sus compadres francófonos franceses y se traducen los unos a los otros con una fiera intensidad, lo cuál me brinda el espacio para concentrarme en traducir a los poetas norteafricanos que de otra manera quedarían sin traducir; así, hay libros de próxima aparición de Habib Tengour, Abdallah Zrika y Mohammed Al Amraoui.

Porque los Mets van perdiendo, otra vez.
[[y maldita sea, ¿no perdieron los Mets dos seguidos contra los Brewers anoche…?]]



Notas al texto

(1) Agradezco al poeta y traductor Joseph Mulligan (http://jwmulligan.wordpress.com/) el intercambio de correos electrónicos en relación con el uso de Joris de la palabra «anglo-‘merican». Mulligan ve en el uso de esta voz «mid-western» (de la región próxima a los grandes lagos y de algunos estados al norte y centro del país) una burla de la ignorancia estadounidense. Al saberlo, he intentado reflejar esa burla restringiéndola a un segmento de población concreto: los WASPs (White Anglo-Saxon Protestants, siglas que también representan la palabra «wasp», «avispa») o los partidarios del tristemente famoso y racista Tea Party.

(2) En relación con esta afirmación, creo conveniente citar estas palabras de George Steiner sobre la traducción de Friedrich Hölderlin de la Antígona de Sófocles, que paso a traducir: «Él creía que el sentido antiguo de las palabras, particularmente en el drama trágico, tenía un aura y una consecuencia materiales de las que la epistemología moderna carecía. Una profecía, un precepto oracular, una fórmula de anatema en la tragedia griega llevaban consigo una fatalidad literal. El habla no representaba o describía el hecho: era el hecho. Antígona no solo adumbra una anticipación mental de amenaza y sangre: oscurece, hace más sanguinarias, palabras que ya son escrituras de revuelta y suicidio. καλχαίνουσ ’ significa “enrojecer”. Al pronunciarse -teñido de rojo- el epos de Antígona se ha convertido en un hecho fatal, ineluctable. Una antropología, una lingüística contrastiva del papel del discurso en las sociedades antiguas y modernas subyace a y necesita la literalidad de Hölderlin, su paradójico propósito de entender y mejorar el original mientras procede palabra por palabra. La táctica es violenta y con frecuencia absurda, pero muchas y recientes reflexiones sobre los hábitos de habla en culturas primitivas y la fuerza del mandato físico en, por ejemplo, hebreo antiguo, corroboran el punto de vista de Hölderlin» (After Babel: Aspects of Language & Translation, Oxford University Press, 1998, p. 346).

(3) En la palabra que Joris utiliza, concitoyens, hay un doble sentido. Por un lado, la traducción literal de dicha palabra: conciudadanos; por el otro, puesto que con en francés significa cabrón, ciudadanos cabrones (uno de los más excelsos usos de esa palabra está en la canción Requiem pour un con, de Serge Gainsbourg).



 
Pierre Joris nació en 1946 en Luxemburgo. A los 19 años se trasladó a los Estados Unidos. Vivió en Gran Bretaña, el norte de África, Francia y Luxemburgo. En 1992 regresó a Nueva York. Actualmente es profesor de la State University of New York, en Albany.

De próxima aparición son sus libros Paul Celan: The Meridian (Stanford University Press) y Exile is my Trade: The Habib Tengour Reader (Black Widow Press).

Ha publicado más de cuarenta libros. Entre sus libros de poemas, destacan The Fifth Season (1971), Trance/Mutations (1972), The Tassili Connection (1978), The Book of Luap Nalec (1982), 5 Translations from Arthur Rimbaud (graphics, 1984), Breccia: Selected Poems (1986), Winnetou Old (1996), Poasis: Selected Poems (1986-1999) (Wesleyan University Press), The Stations of Mansur Al-Hallaj (Anchorite Press, 2007), Aljibar y Aljibar II (edición bilingüe con traducción al francés de Eric Sarner, Editions PHI, Luxembourg, 2007 y 2008). El más reciente es The Tang Extending From The Blade (Ahadada Books, E-Chapbook, 2010).

Libros de ensayos: A Nomad Poetics (Wesleyan University Press, 2003) y Justifying the Margins: Essays 1990-2006 (Salt Publishing, 2009).

Traducciones recientes: 4x1: Work by Tristan Tzara, Rainer Maria Rilke, Jean Pierre Duprey & Habib Tengour translated by Pierre Joris (Inconumdrum Press, 2002); The Malady of Islam de Abdelwahab Meddeb (junto con Ann Reid, Basic Books); Green Integer publicó sus tres volúmenes de traducciones de Paul Celan: Breathturn, Threadsuns y Lightduress (que obtuvo un premio: 2005 PEN Poetry Translation Award).

Otras traducciones al inglés incluyen libros de Pablo Picasso, Maurice Blanchot, Edmond Jabès, Kurt Schwitters y Michel Bulteau.

Ha traducido al francés libros de Carl Solomon, Jack Kerouac, Gregory Corso, Pete Townsend, Julian Beck y Sam Shepard.

La información recogida en esta nota puede consultarse en:

· http://www.pierrejoris.com/blog/?page_id=4481

· http://wings.buffalo.edu/epc/authors/joris/joris.bio


Traducción y notas de Mario Domínguez Parra
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14.11.10

derek walcott / en el village

I

Salí por la boca del metro y allí había gente
de pie sobre los escalones como si supiera
algo que yo desconocía. Era la Guerra Fría,
la lluvia radiactiva. Pude ver que la avenida
estaba desierta, toda ella, y pensé que los pájaros
se habían ido de las ciudades y que una plaga
de silencio cubría sus arterias, en la guerra
habían luchado y la perdieron y nada vago
ni sutil hay en este horrendo abismo neoyorquino.
El estruendo machacón de un altavoz avisaba
a los rezagados, acaso amantes de paseo,
de que el mundo se iba a terminar aquella mañana
sin nadie en el trabajo en la Avenida Sexta o Séptima
en aquella perspectiva horrenda y sin contestar.
No era modo de morir, pero tampoco era vida.
En fin, si ardíamos, al menos era en Nueva York.


II

En Nueva York la gente está en una telecomedia.
Yo aparezco en una telenovela hispana, una
en que a un viejo de cabellos como garza una pena
invisible le hace temblar, una aflicción obscena,
y en secreto la cuenta hasta que su rostro delata
arrugas cual paréntesis que su ficción revela
para honda vergüenza propia. Oye, es la vieja historia
de un corazón quijotesco, que en su empeño no ceja
sin importarle a qué se enfrenta. Una cosa de esas
que a nadie romperá el corazón, ni aunque un coronel
rucio se lance del caballo durante la carga,
una batalla que no lo hará estatua. Es el infierno
del amor común, no correspondido. Mira: garzas
cansinas marchan cual tropa despeinada, pancartas
blancas que amarridas se arrastran, son la gran llaga
pálida de un viejo en sus memorias, coplas escritas
que despliegan sus alas como secretos a voces.


III

¿Quién se ha llevado de aquí mi máquina de escribir,
que me ha convertido en un músico sin su pïano
al que se le presenta un vacío claro y grotesco
como otra primavera? Me brotan las venas, harto
voy de poesía, soy papelera de alambre negro.
Visibles son las notas: las antenas los gorriones
llenan como pentagramas, así era en primavera,
mas fríos los tejados están y el gran río gris
por el que se desliza un buque, imponente cual monte
invernal, avanza imperceptible como los años
acumulados. No hay motivo para perdonarla
por lo que yo mismo me he buscado. Atrás queda el odio,
atrás mi añoranza de Italia, allí la nieve sopla,
absuelve y encanece una cordillera de hinojos
a las afueras de Milán. Tras la ventana aguardo
a que el silbo de un pájaro inicie la primavera
desquiciada, pero siento extraños trabajo y manos
sin mi máquina y su música ajada. No hay palabras
para el transatlántico en el Hudson, para la sarna
de los tejados limpios de nieve. Ni versos, ni aves.


IV. EL CAFÉ LA BUENA VIDA

Si en ocasiones caigo en una quietud entrecana
sentado a una mesa con mantel de rojos cuadros
en la terraza del café La Buena Vida, el tráfico
dominguero en el Village mudo y suave es cual polilla
que trabajase en un almacén, se debe a la edad,
y me cuesta admitirlo, o, es verdad, hasta pensarlo.
Persisten en mí las furias, y aunque mi rabia en casa
sea ilógica, diabética, mi amor no ha menguado
pese a que me tiemble la mano, mas no en esta página.
Muy sana está mi lujuria, pero, si por acaso
todas mis torres se secan hasta desmoronarse,
la dicha curvará cañas y juncos con la euforia
de mi pluma de camino a Vieuxfort, los limoncillos
blancos al sol y, en cuanto al mar que rompe en la bahía
de Praslin, todo se resume en la gracia consorte
que la muerte un día habrá de arrancarme de las manos
hoy sobre este mantel a cuadros en este buen sitio.


Traducción de Luis Ingelmo




Derek Walcott (Castries, Santa Lucía, 1930) es poeta, dramaturgo y pintor. En 1992 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Walcott es autor de una vasta obra que incluye más de quince libros de poesía y alrededor de treinta obras de teatro. Entre sus muchos títulos cabe destacar Another Life (1973), The Star-Apple Kingdom (1979), The Arkansas Testament (1987) y Omeros (1990), poema épico basado en la Odisea.
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Estos poemas pertenecen a su último libro, White Egrets (2010), que llega mañana a las librerías españolas, en traducción de Luis Ingelmo, con el título de Garcetas blancas. Agradecemos al traductor y a Bartleby Editores su amable permiso para ofrecer este adelanto del libro en Las razones del aviador.
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2.11.10

álvaro díaz huici / poemas de introducción al norte

Que las palabras vuelvan y besen la belleza:
al desnudo amor en la habitación donde comenzó el verano;
al atardecer, al cormorán sobre el agua brillante;
al orgullo que desprecia a los poderosos;
al inquebrantable amor de los caballos;
al aspecto de la flor que, antes de la noche, estalla bajo un sol de arena;
al hermoso lobo distraído en el jardín.
Que vuelvan, compasivas, las palabras y besen la verdad.
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Cosas reales son una mujer cruzando la calle, lacónicas
noticias en la radio, los cenicientos edificios, un perro afanoso
entre la gente, dos niños junto a un columpio
—de pronto, ella le arrebata algo de las manos y escapa,
un hombre sentado en un banco,
el viejo detenido ante un ciprés, las olas batientes
contra el malecón en el retrovisor del coche...,
al pasar cosas irreales son.
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El oscuro lobo sale de la espesura
y nos mira desde el fondo de la calle.
Una mujer se lava el cabello
–vemos su torso desnudo en la ventana encendida–
y después lo envuelve con una toalla blanca.
Las luces brillan sobre la calle encharcada
–parece temblar su resplandor amarillo–
y nos sentimos vivir en otro lugar, otra escena:
meditabundo, vemos volverse al lobo y descender hacia la playa.
La mujer mira un instante hacia la calle
y apaga la ventana.
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Sucede ahí, en la playa; mi vida sucede
en ese lugar blanco de silencio y niebla
donde despierta el día y el viento enmudece,
sucede en el agua que cubre y descubre la roca.
Sucede en este instante en que nada se mueve
y se aquieta la brisa y se detiene la marea,
y oculto en el acantilado el cormorán duerme
su largo periplo sobre las agitadas aguas.
Aquí nadie espera nada, nadie espera a nadie.
Vives en la noche negra, en la playa oscura;
al fin las llevarás contigo a ninguna parte
mientras incesantes las aguas cubren y descubren
la negra roca.

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Álvaro Díaz Huici (Gijón, 1958). A la par de su intensa trayectoria como editor, iniciada en 1978 con Noega y continuada desde 1990 con el sello Trea, Álvaro Díaz Huici ha trazado con discreción una labor creativa articulada hasta ahora en dos títulos: Los caracteres del agua (Colección de poesía Aeda, 1980) e Introducción al norte (KRK ediciones, 2002), progresivamente ampliado mediante la publicación de varios cuadernos privados.
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16.10.10

fernando menéndez / poemas inéditos de penúltimo danzante

el miedo a la crónica ya quiere que escriba en tiras / hay cuadernos que complacen todos los formatos / el mío de desproporción / un gran simio que llora por las vetas de una canica / el niño aspiraba a sacar del cristal las listas de colores y machacaba contra la acera / buscando el orificio imposible / el primer quiebro a la mortandad / nunca quise separar el trigo de la cizaña / adoptar la prevención / caminando estos días me di cuenta de que regrese o no regrese el furor / no hay continuidad si no hay brecha / desayunaba feliz pequeño burgués / y me congraciaba con el estupor del astro argentino / las páginas inesperadas que vuelven a pasarse morosas sobre el pont neuf / calvinismo propio de especialistas / sancionan el repecho que va de la abstracción a la folclórica y vuelta al caño / me contaron que sousa habla de mayúsculas genuflexas iglesia ejército estado / bien creía que la ocurrencia era ondulación / ahora que los virus se citan de nuevo pensé de ti un contagio / una influenza en el ingenio oscuro de la endogamia / como lector abro al azar y mi presencia se multiplica / gula de lectura / danzante de domingo / resistencia que se empapa de llovizna / esta tarde hay fútbol / ya sé de su grosera épica / pero no hay de qué preocuparse / diré finta y el engaño del atleta desvelará su profundidad / como las aguas mayores en el poema de eielson / unas tijeras y un oído irritable / es decir enamoradizo / así preveo el futuro / como lo oyes.

(José Miguel Ullán)


llevaría a los niños a la fosa / si van a cuarteles y centros comerciales que lean las listas de nombres en los muros / voluntariamente o por turnos / tiesa la mirada mayor / prematura / como ojos en franjas y hemisferios lejanos / la vida privada que sigue bajo palio / autoridad que sólo ve delito si se niega la procreación / llevaría a los niños / ellos son los adultos de este tiempo / sus padres tratan de imitarlos // ovidio antonio senén se apretaban como cachorros / años después enseñan / íbamos a la playa / era senén / sobre todo mira las casetas esas / las hice yo / tenía entonces tu tiempo / autobús de mayores y críos dóciles / papeletas y rumba / conocí aquel verano muchas playas / un nivel de vida / ensaladilla y parchís / pequeña victoria que soltarle a los muros / mientras los ramos ralos se colocan en la zona que dicen nueras y sobrinos que dijeron.


no esperaba de funchal biombos corredizos / cortinas veladas / angor de esfuerzo / como a las antiguas sibilas / las palabras sólo llegan a la boca de los cardiólogos por un por dios // el libro que chus me dijo que quizás si enterrar a los muertos lo tuve horas en mi regazo mientras las preguntas / las amenazantes / dieron el verdadero nivel / soy muy poco / angustia velada por la penumbra profiláctica / preventiva // la ternura asalariada de las enfermeras me confirma lo que tememos validar / nadie es intocable así que cómo no va a pedir disculpas / chus / foster wallace / como si fuera obvio lo que no es / comprende su prudencia / no somos nada / lo vi en los rostros serenos / forzados de mis padres / una mentira piadosa / una más / un nuevo sacrificio por su hijo / tranquilizantes y funchal // si vuelve el hormigueo que levante los brazos para un tiempo de elegías / si tengo el valor no habré sido en balde.


entiendes que pasado un tiempo volver a leer lo leído / cortázar y más resabios es un gesto elocuente de desesperación / que la lectura es antesala // me gustaba que se dijese otra vez hall con la seguridad con que la pronunciaba mi familia en los setenta // una palabra extranjera al colocar decidida paños de versalles / paga extra primer hijo / y al imitar uno va seleccionando su biblioteca como quien va descontando enfermedades / después aceptar que la escritura llega de la urgente necesidad de ser barroco / cumplir lo suficiente para dejar restos en el plato sin gravedad que me sancione / conseguir el gesto y la memoria suficientes // el respeto al fin y al cabo.

(Ritos, 1985)





Fernando Menéndez (Oviedo, 1966) es autor de los siguientes libros: En la misma piedra (1989), Estambul / Estocolmo (1994), Las estaciones desordenadas (1997), Historias somalíes (1998), Las formas del mundo (2001), El habitante de las fotografías (2003), Porque no poseemos (2008), Un hombre por venir (2008).

Fue miembro del consejo de redacción de la revista Solaria y miembro fundador de la colección de poesía Nómadas. Ha colaborado con publicaciones como El signo del gorrión, Los Infolios, Paralelo Sur, Zurgai, Letras Libres, literaturas.com y 7de7.com.

Más en el blog: hombrepop.blogspot.com.
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30.9.10

jordi doce / ensayo y error

Si hay algo que echo de menos en la crítica literaria –tal vez en toda crítica– es una mayor atención al error como categoría productiva, es decir, al error interesante, capaz de dar tensión a la escritura o abrir puertas que nadie sospechaba, el fracaso que vale menos por cuanto hace o deja de hacer que por cuanto promete. Ciertas páginas son fallidas, sí, pero su fallo es más fecundo y deslumbrante que muchos llamados aciertos, esos poemas o relatos o novelas que se limitan a reproducir con astucia lo ya hecho, lo sabido, lo sobado hasta el aburrimiento. Es cierto que quienes conciben la escritura como una rama de las artes decorativas sólo tienen ojos para esta clase de «aciertos», pues son los únicos que pueden enjuiciarse según un criterio de evaluación, digamos, objetivo: todo depende de si se ha seguido fielmente la pauta previa, el esquema retórico y formal que va asociado desde antiguo a tales ejercicios.
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W
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A esta luz, cierta clase de errores son algo peor o distinto que una demostración de torpeza: son una falta de decoro, una ruptura del consenso tácito que permite a los practicantes reconocerse públicamente bajo una misma enseña, fundar un gremio, hacer fuerza. La censura estética se convierte muy pronto en censura moral. Tales errores significan que se han excedido los límites del campo donde se juega la escritura, esto es, que se pisa un terreno ilimitado en el sentido literal del término. Dado que todo pacto social es, primeramente, una fijación de límites, el trazado de una línea sobre la tierra que separa a propios de extraños, buscar lo ilimitado es volverse extraño, forastero, traidor. Es, de hecho, desterrarse a conciencia, desatender o incluso transgredir las costumbres y leyes compartidas, los códigos comunes. Cometer un error: errar: perderse por el mundo sin que nada ni nadie te asegure el regreso. El extravío se interpreta lo mismo en sentido espacial (no sabe dónde tiene la cabeza, tomó el camino equivocado) que social/moral: éste no sabe lo que hace, a ver qué se ha creído, ya le haremos pagar; como recuerda, exagerando un poco, la vieja expresión familiar: «a todo cerdo le llega su San Martín», esto es: el día de su sacrificio.
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Este tipo de frases se dicen y se piensan cada día en cualquier lugar del mundo. Forman parte de las estrategias de coacción con que el grupo somete o intenta someter al individuo. Y muchas veces -en realidad, casi siempre- lo consiguen. Acaso, en un estadio primitivo del proceso de socialización, es bueno que así sea, a fin de reforzar los vínculos comunitarios, los lazos de obligación mutua. Pero la salud del colectivo depende, en última instancia, de la existencia de emisarios que salten las murallas y vuelvan con noticias del más allá, eso que no tiene límites porque no ha sido cartografiado y nadie tiene una idea clara de su extensión, de su naturaleza. La palabra «idiota» tiene su origen en la voz griega idios, que puede traducirse aproximadamente por «particular», «privado» (aquel a quien sólo le interesaban sus negocios privados era, por tanto, un idiotes). Cuando una comunidad se niega a reconocer lo extranjero, lo diferente, se vuelve idiota en el sentido lato de la palabra y se condena a no crecer, a estancarse. De esta capacidad para reconocer y aceptar lo diferente, lo Otro, dependen nuestro equilibrio psíquico y nuestra supervivencia. De ahí la necesidad de traducir, de cifrar -ideas en signos, signos en signos de otra naturaleza-, de explorar, de preguntar, de crear. Y la creación comporta necesariamente un viaje extramuros, un viaje de ida y vuelta que despliega en la plaza pública el botín conquistado, los tesoros traídos de lugares remotos para pasmo de propios y de extraños. De los propios que sienten extrañeza, que se sienten extraños ante la novedad, la (mala o buena) nueva.
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El error (el errar) es pues una necesidad vital del grupo, un mecanismo de supervivencia, y no un simple capricho narcisista de quien ha decidido abandonarlo. La confusión –la sospecha– se debe quizá a la falta de disimulo o de sentido del cálculo del viajero, pues suele postularse libremente para la tarea, presentar su misión como una exigencia de la voluntad egoísta. Es él quien se hace cargo de infundir nueva vida a la comunidad, de transferir la sangre necesaria para su desarrollo. Lo que viene a decir, por cierto, que el valor de sus tesoros, los usos y costumbres que ha tenido el arresto de dar a conocer -esto es, el valor de sus errores- está determinado históricamente; lo que fue novedad ha dejado de serlo; el viejo error se ha vuelto rutina, cosa familiar.
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Northrop Frye

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Recuerdo, a este respecto, las palabras con que el crítico canadiense Northrop Frye cerraba uno de sus ensayos sobre Blake: «Otelo era una simple farsa sangrienta a ojos de lo que el erudito y perspicaz Thomas Rymer sabía de teatro. Rymer tenía toda la razón, dentro de sus limitaciones; es como la gente que dice que Blake estaba loco. No es posible refutarlos, pero su concepción de la cordura pierde todo interés... Me pregunto si estamos ante juicios críticos o ante simples aberraciones de la historia del gusto». Si Blake cometió numerosos errores -como acaso los cometió, siglo y medio más tarde, el Hughes de Cuervo-, se trata sin embargo de errores productivos, que abren puertas y permiten pensar o imaginar una línea distinta de escritura. Siguiendo a Frye, la sensatez irónica con que el escritor Ian Hamilton echó abajo literalmente el libro de Hughes no carece de gracia ni de fuerza argumentativa, pero me hace perder todo interés en lo que él entiende por ironía y sentido común, al menos como armas del juicio crítico. Comprendo de inmediato que cualquier herramienta, empleada de manera exclusiva, nos condena a ser siervos de sus ángulos muertos.
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W
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Vuelvo al comienzo de estas líneas. ¿Qué quiere decir, en realidad, que un escritor ha acertado, o que el libro de X es un acierto, un logro, como dicen algunas veces -no muchas, desde luego- los críticos de los suplementos culturales? ¿No es el verdadero acierto, en realidad, un error que a fuerza de insistir trasciende o incluso redime su triste origen, su mala semilla inicial? Suele presuponerse que al escribir decimos o podemos decir exactamente lo que queremos decir. Nuestro grado de destreza se mediría, así, por nuestra capacidad para dar en la diana, clavar la mariposa de la idea con un alfiler de palabras precisas y más o menos sugerentes. Mi experiencia, no obstante, me recuerda que sólo raras veces se tiene el blanco tan a la vista. Uno escribe por ensayo y error, a tientas, buscando las palabras para ideas cuyo sentido sólo entiende, propiamente, cuando halla las palabras que le suenan mejor o parecen más justas. Nunca sé del todo lo que quería decir hasta que lo he dicho, como demuestran estas mismas líneas. Así que uno camina y va probando, sopesa, ensaya, borra y vuelve a probar. Yerra, sí, se equivoca, y sigue errando hasta llegar a su destino, que no es nunca el previsto, o no del todo, pues emerge ante uno según lo va alcanzando. «Acertar» no sería, pues, sino el resultado de evitar los errores que infestan el camino, solventar los problemas que se presentan casi a cada línea. O dicho en forma de sentencia: «acertar», al final, es sólo una variante de la resignación.
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Jordi Doce (Gijón, 1967) es autor de los poemarios Lección de permanencia (Pre-Textos, 2000), Otras lunas (Premio Ciudad de Burgos; 2002) y Gran angular (2005), estos dos últimos en DVD Ediciones. Ha traducido a W. H. Auden, William Blake, T. S. Eliot, Ted Hughes, Charles Simic y Charles Tomlinson, entre otros. Coordinador de los volúmenes de ensayos Poesía hispánica contemporánea (con A. S. Robayna; Galaxia Gutenberg, 2005) y Poesía en traducción (Círculo de Bellas Artes, 2007), en prosa ha publicado Bestiario del nómada (Eneida, 2001), el libro de notas y aforismos Hormigas blancas (Bartleby, 2005), los ensayos Imán y desafío. Presencia del romanticismo inglés en la poesía española contemporánea (IV Premio de Ensayo Casa de América; Península, 2005) y La ciudad consciente. Sobre T. S. Eliot y W. H. Auden (Vaso Roto, 2010), el libro de artículos Curvas de nivel (Artemisa, 2005) y el diario La vibración del hielo (Littera Libros, 2008). Desde hace cuatro años tiene activo el blog Perros en la playa.
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