28.10.12

miguel ángel gara / los pájaros pican



El náufrago se bebió el mensaje.


Mejor que no olvidar la respuesta, recordar la pregunta.


La economía es el arte de subsistir con números.


Divídete por cero.


No es la pared la que me impide pasar sino la puerta.


Violencia es debilidad impuesta por la fuerza.


Si tú no ves la pobreza la pobreza te verá a ti.


Era tan pobre que en vez de un plato de ducha tenía un plato de lluvia.


El mito del vampiro trae implícita la tragedia del hambre.


Su eficacia era asombrosa, su eficiencia extraordinaria, pero lo despidieron por su escasa efectividad.


El imperio de la ley es una forma de llamar a la ley del imperio.


La dignidad es propia pero la indignación es siempre hacia los demás.


La peor plaga fue de faraones.


Hay épocas en las que hay que llorar menos y gritar más.


No es que se confunda lo urgente con lo importante sino que se confunde lo visible con lo importante.


La convención de sordos se celebrará en un auditorio cerrado.


Los parados fueron imparables.


Vuestra ecuanimidad más mi debilidad es igual a nuestra justificación.


El inconveniente de ser tu propio jefe es que eres también tu propio despedido.  


Pensaron que era una tormenta y en realidad era el invierno.


Cuando alguien dice que hace un trabajo que le gusta significa que le pagan por hacer un trabajo que le gusta.


A un clavo le aguarda su agujero.


Todos los patriotas parece que vivieran en la frontera.


Lo contrario de cualquier verdad es el ego.


Es más difícil que un rico entre por el ojo de una aguja si se niega a coser.


Todos los patriotas parece que vivieran en la frontera.


A los especuladores no les gustan tus especulaciones.


Un chivo es una cabra culpable.


Quién siembra mariposas recoge huracanes.


En los malos tiempos se escuchan mejor las risas.


Si el futuro no acude el pasado se nos echa encima.


Mirar ruinas es constructivo.




Miguel Angel Gara (Madrid 1970) colabora ocasionalmente en publicaciones literarias de España y Latinoamérica, y en especial en el portal literaturas.com, donde ha coordinado la sección de poesía y editado la revista Pata de gallo. También ha realizado labores de lectura y traducción para algunas editoriales españolas y suecas.

Ha publicado El libro de Sara (LF ediciones, 2005), Luz previa a la luz (Algaida, 2006), Gérmenes y momentos (Amargord, 2007), Calle (Amargord, 2008) y El desierto de agua (La Garúa, 2009).

Algunos de sus poemas figuran en varias antologías y ha recibido algunas menciones literarias, entre las que destaca el Premio Ciudad de Badajoz por Luz previa a la luz.

8.10.12

4 poemas de Antología de Spoon River / Edgar Lee Masters


La editorial Bartleby aporta al panorama poético una nueva versión del clásico de Edgar Lee Masters (1868-1950). El poeta estadounidense alcanzó extraordinaria fama con la publicación de su Spoon River Anthology (1915, con casi una veintena de ediciones en ese mismo año). Jaime Priede nos regala una versión renovada en la que el lenguaje deja salir la osadía de esta obra inusitada. El autor alza a través de 250 epitafios imaginados las grandezas y miserias de los habitantes de un pueblo ficticio. Las razones del aviador ofrece como principio de una lectura ineludible los poemas referidos a los primeros cuatro personajes que siguen a una pieza inicial en la que evoca la colina en la que están enterrados.


Hod Putt

Aquí mi tumba, junto a
la del viejo Bill Piersol,
que se hizo rico traficando con los indios y que
acogiéndose luego a la suspensión de pagos
logró salir más rico que antes.
Harto yo de miseria y mucho curro,
viendo cómo crecían Bill Piersol y otros en opulencia,
una noche atraqué a un viajero cerca del Proctor`s Grove
y lo maté sin querer,
por lo que me juzgaron y colgaron.
Así me acogí yo a la suspensión de pagos.
Ahora, todos los que nos acogimos a ella, cada uno a su manera,
dormimos juntos, codo con codo.


Ollie McGee 

¿Os habéis fijado en un hombre mustio y cabizbajo
que deambula por el pueblo?
Es mi marido, que con secreta crueldad,
nunca confesada, me robó juventud y belleza.
Hasta que, llena de arrugas y con los dientes amarillos,
perdida la dignidad y de vergüenza humillada,
me bajaron a esta tumba.
¿Y qué creéis que le roe a mi marido por dentro?
¡La cara de la que fui y la otra que hizo de mí!
Las dos le están llevando al sitio donde yazgo.
Logro mi venganza después de muerta.


Fletcher McGee

Fue ella quien me robaba la fuerza a cada instante,
quien me robaba la vida hora tras hora,
quien me dejó seco como una luna enfebrecida
que va debilitando al mundo sobre el que gira.
Pasaban los días como sombras,
rodaban los minutos como estrellas.
Fue ella quien transformó la pena de mi corazón en sonrisas.
Era un trozo de arcilla por esculpir.
Mis secretos pensamientos se convirtieron en dedos:
se alzaron hasta su frente pensativa
y la marcaron con la arruga del dolor.
Dieron forma a los labios, le hincharon las mejillas
y le hundieron los ojos en cuencas de dolor.
Mi alma penetró la arcilla
luchando como el mismo diablo.
No era mía, no era suya,
tenía otra distinta, pero su resistencia
le modeló un rostro que odiaba,
un rostro que me daba miedo mirar.
Cegué las ventanas, eché los cerrojos,
me acuclillé en un rincón…
Pero entonces se murió y me dio caza.
Me dio caza para los restos.


Robert Fulton Taner

¡Si un hombre pudiera morder la mano gigante
 que le atrapa y destruye,
como me mordió a mí aquella rata
cuando hacía una demostración de mi trampa patentada
un día en la ferretería!
Pero un hombre jamás puede tomar venganza
del monstruoso ogro Vida.
Entras en la habitación, que es el nacer,
y no te queda otra que vivir, partirte el alma trabajando.
¡Ajá! Tienes a tiro el cebo que ansías:
una mujer rica con la que casarte,
prestigio, posición y poder en este mundo.
Pero hay obstáculos que vencer, cosas que hacer:
los alambres que rodean el cebo.
Por fin logras entrar, y entonces oyes unos pasos:
Vida, el ogro, entra en la habitación
(te estaba esperando y oyó saltar el muelle)
para verte roer el delicioso queso
clavándote sus ojos de fuego
con muecas y risas, burlas y maldiciones,
mientras tú corres de una esquina a otra en la trampa,
hasta que se harta de tu sufrimiento.


edgar lee masters (Garnett, Kansas, 1868  Melrose Park, Pennsylvania, 1950), poeta, biógrafo y dramaturgo estadounidense. Junto con otras figuras de la talla de Carl Sandburg o Vachel Lindsay, participó en el movimiento literario conocido como Renacimiento de Chicago.


16.9.12

luis miguel rabanal / 3 poemas inéditos

[del poemario inédito A la que falta]


ganglio centinela

El desprecio no sirve para dormir
con las ventanas cerradas,

ni para dar sabios consejos
al que no termina de mostrarse.
Sorben el alcohol exigido,
aparta su ropa de la silla
y aún le aflige ser cruento
con la imagen de la madre
que acepta su suerte.

(Cristina cose faldas,
escucha la novela en la radio.

Los tres aguardaban discursos
ociosos puestos en boca
del más remolón.)

La galería y al fondo del monte
otro monte turbador que averigua.
San Isidro y la miel.

Quién iba a pensar
que no estaríamos juntos
para conmemorar fechas
difíciles. Un domingo como hoy
lejos de ti. Quién me acaricia
con bondad el pasado

como si fuera un embuste.



la caza

A mayor impertinencia
el tiempo castiga con sus manos
pulcras, pone a escurrir las galas
del difunto y de un solo trago se bebe
la pócima.

Si fuera el allegado antiguo
que ha venido a recuperar su tesoro
enterrado en la grava un par
de monedas y una alfombra raída,
un coche de guardias y una muñeca
de yeso
     pero no.

Grita tu nombre y se deja poseer
por la extraña silueta. Se compara
a quien tú sabes de sobra: idéntico
rostro avejentado, los brazos
que penden,
inútiles, del cuerpo.
Igual que monigote.

Ahora que estamos tú y yo
solos y nadie nos molesta. Ahora
que descubro en tu sombra picotear
tus dientes un pájaro espantoso
y olvidarte sin ganas.

A tanto amor le acribillan
tres minutos de lluvia.
O no es eso. Sobre tu carne
maldita ellos secan palabras. 




los licántropos del bosque


En un principio ella se desconcierta.
Para alarmarse enseguida
al no diferenciar la predestinación
de otros murmullos dudosos.
Platino, tamoxifeno.

Yo sé que se aguanta de pie, o que ya
no lo soporta, según la sueñe.

Sé que no me reconoce
debido a sus pómulos fríos, cuando
la beso y no está frente a mí.
Yo sé que no me quiere ahora
porque no se acuerda.

(La gota que rebosa el ojo.

En el Parque lo atestiguan
los muertos, clama
el charlatán al poco de cuajar
su infusión de cristal y ceniza.)

Por teléfono me cuenta la congoja
de su piel, los vómitos grises
o la forma que ha concebido
para no morir, no todavía.

Y ella se despreocupa y da
su brazo a torcer a los fantasmas,
doctores intachables
de lo iluso.
 



Luis Miguel Rabanal (Riello, León, 1957) es autor de una extensa obra poética de la que entresacamos (Técnicas) para abrazar un oscuro nombre (1985),  La memoria buscando sus disfraces (1986), Libro de citas (1994), Cáncer de invierto (1998), La última vez (2000), Fantasía del cuerpo postrado (2010), Música para torpes (2012) o el libro misceláneo Elogio del proxeneta (2009).

 .
 .

12.6.12

robert pinsky / 2 poemas


el tarro de los bolígrafos

Algunas veces simplemente el verlos
apiñados en su cilíndrica formación
me repele: humildes, erectos,
mudos y expectantes en su
enjuagada jarra de miel: mi carcaj
de desprendidos aguijones. (O un ramillete
de mentiras y de intenciones sin usar).

Pilotos, zánganos, obreros. La Reina está
molesta. La logia vertical
de los que trabajan duro, reunidos
en posición de firmes como si creyeran
que toda la tinta del mundo sería suficiente
para cubrir la primera sílaba
de toda la confusión de un corazón.

Esta gruesa estilográfica desearía
con todo su elástico corazón
que yo fuera un chico de granja
cuyo padre analfabeto
la rescata del retrete
tras haberse caído del pantalón del chico:
el hombre escarbando con sus botas
a la luz de un farol, ahí abajo en la fosa.

Otra pluma se esfuerza en recobrar
los caracteres de las miles
de lenguas del mundo que han muerto desde 1900,
florituras, espirales, salpicaduras
de pincel y arabescos:
las huellas de unas especies extinguidas.

El padre le da un manguerazo a las botas
y tras dejarlas en el granero
junto al pantalón y la camisa
entra en la cocina,
sosteniendo el pequeño y recuperado
símbolo de la confección de símbolos.

Oh, camada de rascadores de líneas,
vainas de plástico para el alma, habéis
durado más que las espadas—vosotras,
las garras y las alas de las manos.
.

//


teclado

Un piano incorpóreo. Los auriculares otorgan
al que toca las teclas una cierta soledad
en el interior de su música; grítale y no se volverá:

la imagen de un alma que piensa dar la espalda al mundo.
Apolo en su piel de serpiente despelleja vivo al músico
ingenuo: Marsias adquirió entonces sensibilidad suficiente

para sentir en cada roce el mundo entero. En África
los invasores llevan machetes para amputar las manos
y tal vez hagan elegir a la víctima, «mangas largas o cortas».

Shahid Ali dice que les ocurrió a los tejedores de Cachemira:
acabar con el arte. Solo hay un cierto número de historias.
La Pérdida. El Elegido. E incluso antes El Viaje,

La Transformación: la fruta de cualquier árbol, la puerta
de cualquier aposento, menos este—y el alma codiciosa,
la cuchilla del torno. El Ejército Rojo destrozaba pianos,

pero una vez capturaron a alguien de las SS que sabía tocar.
Le sentaron al piano y se llevaron los dedos
a la garganta para explicarle que iban a matarle

cuando dejara de tocar, y así durante dieciséis horas
bebieron y lo destrozaron todo mientras el nazi tocaba las teclas.
La gran Canción del Mundo. Cuando se desplomó

sollozando frente al instrumento le golpearon la cabeza
y le reventaron los sesos. Orfeo despiadado regresa
de nuevo a su teclado para improvisar un planto:

los pequeños gemidos de placer de ella, bla bla, la zona
tras su oreja, lilas bajo la lluvia, un acorde suspendido,
una frase igual que una polilla volando indecisa a la luz de la luna,

Oh, perdida Eurídice, bla bla. Su arcaica cabeza
continuó cantando tras arrancarla del cuerpo:
el cuerpo, viejo y largo compañero, sostén—la esencia

de las naranjas, la-la-la, el aroma de los almendros,
el sabor de las aceitunas, su falda de paño. El grandísimo
anciano poeta dijo, ¿Qué deberíamos ponernos para el recital—corbata?

¿O mejor sin corbata, cuello alto? La cabeza
a flote se gira hacia Apolo para cantar y Apolo,
el lagarto de fuego de ojos gélidos, recorre las teclas.

[De Música del golfo, Farrar, Straus and Giroux, New York, 2007]


Traducción de Andrés Catalán
.

© Eric Antoniou


Robert Pinsky (New Jersey, 1940) es un poeta, ensayista y traductor norteamericano. Nombrado Poeta Laureado de los Estados Unidos en 1997, es uno de los poetas más populares del país: en 2002 llegó a aparecer en un capítulo de la serie de animación Los Simpsons. Es autor de una decena de poemarios, entre los que destacan An Explanation of America (1981),  Jersey Rain (2000) y Gulf Music (2007). Ha traducido a Dante y a Czeslaw Milosz y en la actualidad es profesor de escritura creativa en la Universidad de Boston.

26.5.12

juan carlos mestre / una entrevista y dos preguntas soñadas




El poeta berciano Juan Carlos Mestre publica estos días su nuevo libro, La bicicleta del panadero, editado por Calambur. Con motivo de una lectura poética Mestre atendió a una entrevista que hoy sirve como marco al adelanto de dos poemas de su nuevo libro. Comenzamos por las preguntas soñadas.



Make love

La evolución de los sueños pinta estrellas en los muros de París
Es decir, escribe mayo, probablemente un acontecimiento volátil
Los transeúntes, es decir, los clientes de la revuelta, leen 68 veces
la palabra revolución y eso exagera su temor a las barricadas
Bien, hasta aquí todo correcto, los estudiantes creen en el poder popular
Es decir, creen en el poder de sus padres distribuido a partes iguales
entre los talleres de obreros y los académicos de Bellas Artes
La policía será solidaria con las algaradas y creará nuevos puestos de trabajo
Los emigrantes inaugurarán una nueva idea de felicidad
Y llevarán a sus hijos a la playa, oculta bajo los adoquines de la calzada
Atreverse, ese es el lema de los cirujanos y los geólogos del tedio revolucionario
inmiscuirse en la tensión sexual que radicaliza la lucha de clases
Lo probable, mucho más que posible, será amarse los unos a los otros
desabotonarse el cerebro en la Soborna, esparcir octavillas por los hostales
La imaginación es radicalmente femenina, una anunciación capaz de convencer
a todos los carpinteros de Galilea. Make love, not war, dijo el que era
como un hijo para Elohim, el primer surrealista, un saltimbanqui para los romanos
Las palabras corren solas a sentarse en el muro como hijas de bibliotecarios
Todo es posible, nadie es Rimbaud. Exploremos el caso
En el siglo XVI Eva Fliegen vivió 17 años sin otro alimento que el perfume de las flores
¿Quién dijo, quién fue el que dijo que todos éramos judíos alemanes?


El ermitaño

El ermitaño abre la cancela y su mirada limpia la noche con la lira de las cinco serpientes. El ermitaño no dice nada, tampoco sabe proteger con palabras esa parte del firmamento en la que crecen los espinos. Los espinos dan al ermitaño consejos que han sido repetidos desde hace dos mil años: los reyes del Norte tienen la sangre fría como los lagartos, los reyes del Sur no usan camisa. La amargura y lo hermoso saben que serán un mismo pájaro hembra en la cabeza del ermitaño, Tiene paciencia, bebe granero para los climas que todavía no se han bautizado, lámparas de aceite en cada choza de lo distinto. Lo que desconoce el ermitaño lo comprende cualquier tozudo con modales si le da una patada a este párrafo. El ermitaño vive en él, dentro de él, como la carta en el sobre y el amo de las gallinas en el comedero de las matemáticas. Wittgenstein era un ermitaño y todo aquel que nunca ha visto a su padre puede ser considerado un ermitaño al leer los e-mail que se envía a sí mismo. Las avenidas de Nueva York están abarrotadas de ermitaños que oyen cada cuarto de hora las trompetas de la resurrección de Lázaro. Un ermitaño pone un frasco junto a la ventana y esas serán las aguas que han recorrido las aguas del acento. No mencionarán detalles, ni cuando aman, ni cuando se los llevan aparentemente muertos. No usan espejo ni han olido la decisión predestinada a la canela. Tampoco recuerdan a las muchachas con pelo rojo a la hora de acostarse. Desconocen los evaporadores y el ballet. Están ahí flotando en el afuera como insectos en la órbita del neón. Quién sabrá si atrapados en otro tipo de música. Sin dueño.


Entrevista

José María Castrillón: ¿Es el encuentro personal con los lectores una de las razones que históricamente fortalecen la pervivencia de lo poético?
Juan Carlos Mestre: Los poetas saben que el principio de incertidumbre preside todas las actividades de lo imaginable, desde una sencilla lectura de poemas a la expansión de una galaxia; ahora bien, que la voz sin boca de la poesía se reencuentre con la presencia de su préstamo, en este caso el oyente, no el lector, pudiera contribuir a que las ensoñaciones del reposo de las que hablaba Bachelard se levanten un ratito más temprano para seguir dándole cavilación a lo misterioso.

¿Y qué matices ofrecen las lecturas públicas al devenir de la poesía?
No es lo mismo leer las transfiguraciones de la conciencia en escritura que oír el ruidito de los niños de Lorca machacando pequeñas ardillas en los montones de azafrán de la imaginación. Los matices de una lectura pública son como las desavenencias entre los colores del arco iris, una voluntad de alianza entre la siempre difícil palabra de la voz pública y el riesgo de no justificar el silencio que esta desaloja. En fin, solo lo difícil resulta estimulante, pensaba el inmenso Lezama anclado en el barómetro de su sillón tormentoso; habrá que arriesgarse bajo la lluvia de mi discreta tormenta. Sin pretensión, sin devenir, pero está bien que los poetas abandonen el silencio, esa permanente sugerencia del poder para que el ciudadano hable cada vez en voz más baja.

Ha desarrollado su creatividad a partir de elementos heterogéneos: la pintura, la poesía y la música. Con seguridad no halla usted obstáculo alguno para conciliar estos lenguajes. Ahora bien, ¿en qué medida estas disciplinas se influyen mutuamente en su obra?
Su pregunta está confiada a lo amable, pero he de decirle que con seguridad lo único que he encontrado, a pesar de su generoso pronóstico, son dificultades para conciliar esos lenguajes. A mí, hacer cualquier cosa me cuesta un trabajo extraordinario, tanto de concentración como de tiempo, me entrego a ello las veinticuatro horas del día, he tardado diez años en escribir cada libro de poemas, meses en concluir un grabado… Todo es indócil, desobediente, insatisfactorio, y esa sublevada actitud a lo insumiso se contagia a todos los campos semánticos, formales y significativos de cuanto he pretendido hacer.

Siente, entonces, la creación como un proceso de lucha, un hacer agónico…
Quiero decir que el obstáculo es el desafío, y que de esa debilidad de no saber surge el estímulo de la búsqueda y la navegación por las zonas de peligro de la razón. Me gusta vivir en esa asamblea de disímiles: los débiles y los descontentos –creo que era Picabia el que lo decía– hacen mucho más hermosa la vida.

¿Hasta qué punto las expresiones artísticas actuales, y más concretamente los textos poéticos, han de reaccionar a las quebraduras sociales y económicas de estos años? En su caso, ¿siente que su decir poético responde, se resiente o se entromete en los conflictos sociales recientes?
El arte, en general, como cualquier otra disciplina relacionada con el proyecto espiritual de los seres humanos, lo primero que ha de hacer es asumir los límites de su posibilidad, no contribuir a la cháchara de los agónicos profetas de la catástrofe ni, tampoco, a la oferta de paraísos que no han hecho otra cosa en los últimos siglos que aplazar la evidencia de su propio fracaso. Dicho esto, he de decir que pertenezco a la tribu de los que han renunciado a ejercer cualquier tipo de autoridad artística sobre los demás, en mi caso me ha resultado bastante fácil, sencillamente porque no la tengo. Eso no impide que piense que existe una responsabilidad, un encargo que nadie nos ha hecho, pero asumido por el hecho de trabajar con la lengua, que es el evitar que la casa de las palabras sea invadida por los publicistas y los mercaderes, aquellos cuyo único objetivo es cambiar el sentido de redención que tiene el lenguaje en la conciencia humana: que la palabra «misericordia» y «piedad» vuelvan a significar lo que no significaron en momentos en que la ausencia de su voz solo devolvió a la historia el eco de la catástrofe.

¿Y en qué lugar coloca a los poetas esa responsabilidad?
Pienso que el poeta es testigo, incómodo testigo y a la vez vigilante de la tarea para la que han sido hechas las palabras: ayudar a construir la casa de la verdad, y no para destruirla, secuestrada por la demagogia del nuevo fascismo del populismo político, los bandoleros económicos y las bebidas refrescantes.

¿Cree posible encontrar modos de expresión poética en los nuevos lenguajes digitales?
Creo en todo lo que a simple vista pudiera resultar imposible o un desafío a lo inverosímil desde la perspectiva terca de nuestro presente. La velocidad que alcanzará en un plazo de veinticinco años el conocimiento matemático y la física cuántica supondrá una transformación de tal magnitud sobre lo que hoy consideramos hipótesis que solo nos queda aceptar la inteligencia del porvenir como velocidad crítica de los deseos pasados. Habrá nuevos modos, sin duda, ojalá, maneras hoy inimaginables de expresión poética. Sin embargo eso, aun siendo tan importante, no es para mí lo fundamental, que seguirá siendo la responsabilidad ética ante un otro, el hacerse cargo del desvalido y la memoria moral de las víctimas, es decir, la poesía como una de las formas de la justicia pendiente de ser ejercida.

Podría esbozar algún tipo de panorama actual de la poesía española y, si es posible, trazar algún tipo de línea para el futuro.
Las voces de la tierra son tan diversas, afortunadamente, como las nubes sin dueño que avanzan sobre la magnitud de lo que no tiene cálculo. No hay panorama, no hay recinto ni cuarteles de invierno. Hay barracones de insumisos, pero, cuando llegan a ellos los agentes de seguridad de la crítica, ya han desaparecido. Madrugan los soñadores, se acuestan tarde en las buhardillas ilocalizables por los capataces del canon. Veo, leo y amo la poesía de muchos poetas, creo que todos ellos al margen de las tendencias que han ordenado el catastro lírico como si se tratase de un regimiento de soldados, con sus respectivos escalafones. No, nada de eso me ha interesado nunca nada. La poesía que me ha salvado la vida está en otra parte; nace en Antonio Gamoneda y Rafael Pérez Estrada y Nicanor Parra, pasa por Gonzalo Rojas y Lezama Lima y Juan Larrea, y desemboca en poetas que han hecho de la imaginación y la desobediencia a los lenguajes normalizados del poder la adolescencia de los permanentes desafíos de su sueño colectivo, la belleza y la verdad de John Keats enfrentadas a la servidumbre de la sociedad de mercado, es decir, al feo asco de su mentira.

Continuemos hablando, si le parece, de esa tradición literaria, de sus lecturas irrenunciables. ¿Qué autores continúan latiendo en su memoria de lector?
En el centro mismo de mi sueño está el relámpago de Saint John-Perse, Anábasis, que llega a mi mano como herencia de mi primer amigo en la poesía, el poeta suicida Gilberto Ursinos. Ese libro se lo había regalado a él Gamoneda, junto a las Elegías de Rilke y los Cantos de Pound, en las ediciones de Adonais. Esos libros los heredé de Ursinos, yo tenía 14 años, escribía no se puede decir que poemas, sino ingenuas versificaciones, pero leí esos libros sin entenderlos durante años. Un día se abrieron como un girasol en medio de la noche y nunca más volví a ser el mismo. La cifra había sido desvelada. Después, ya no renuncié a nada, tan hermoso en su necesidad es un poema de Robert Desnos como otro de Wallace Stevens. No podría olvidar lo que constituye esencialmente mi tradición y que no son estrictamente escritores, sino la amistad con las personas más dignas que he conocido y alguna de las cuales, además, han escrito admirables poemas. Pongamos, para no exagerar ni hacer interminable la lista, a tres íntimos, Guillermo Shakespeare , Oscar Wilde y Walt Whitman.

Sospecho que no se hallaban libros de tales autores en la modesta casa familiar.
En mi casa natal no es que hubiera una biblioteca mediocre, simplemente no había ningún libro, yo aprendí a leer muy pronto, prospectos de medicamentos y otros papeles así, palabras mágicas destinadas a curar la enfermedad y consolar en el dolor, luego no cambiaron demasiado las cosas cuando las lecturas de Rosalía de Castro o mi delicado paisano Enrique Gil y Carrasco me ayudaron a huir del invierno y los espectros de la melancolía.

Ahora desde fuera. A la expresión poética le asedian conceptos; de continuo se acude al cuño: poesía del sentido común; o bien poesía del silencio; o neosurrealismo… ¿Asiente a alguno de estos términos? ¿Se mueve con más comodidad en alguno de ellos?
La poesía como las raíces del mundo es esa fidelidad a lo maravilloso que cada cual reconocerá según la zona de labranza de su inteligencia. La conciencia poética no tiene gramática y su práctica carece de preceptiva. Sobran forenses y policías en los alrededores de la casa de huéspedes de los poetas, sobran clasificaciones y generaciones de serrín en las arboledas líricas. Mire usted, todo esa manía ordenadora de ismos y movimientos es un miserable y falso contagio de los discursos de orden. Qué silencio ni que gaitas, qué es eso de surrealismo frente a sentido común; categorías arbitrarias, practicas para la doma y la sumisión a los estereotipos, bobadas de conceptistas sosos. La poesía está donde esté el desafío de la condición humana, subiendo a la vez a las inalcanzables terrazas de la revelación, descendiendo a los subterráneos del sueño, hablando a ras de suelo con el individuo, recordando el futuro, cuidando la sonrisa de los muertos, hablando con todo de todas las maneras posibles. De esa heterodoxia, de esa voluntad ecléctica de hereje, de ese pueblecito de los que están llenos de nostalgia como los niños y los corderos quisiera ser yo también vecino.

Es frecuente asociar el concepto de poesía, y su acción, al discurso de lo no útil. Praxis frente a poiesis. Al fondo, quizá, los recelos del viejo Platón hacia los poetas. Pero ¿es posible que lo que nace de la imaginación y de la emotividad pueda ser inútil entre los seres humanos?
Como todo el mundo sabe, Platón era un dulce mangante maravilloso en cuyos labios anidaban las abejas, y que hizo lo que pudo para que los poetas pudieran encontrar su lugar en la imprescindible inutilidad de lo que los filósofos y otros personajes cultos llaman el logos. Nadie cuestiona la utilidad del canto de los pájaros o la incomprensible influencia de la luna sobre los manicomios sin techo lleno de monos vivos que corren por la playa. Ninguna actividad percibida como materia de lo sensible por el conocimiento humano es inútil.

Tal vez exista por ello alguna forma de consuelo en la poesía.
Hay, claro que hay algo redentor en la poesía de Paul Celan, claro que hay algo que hace la vida más bella en el pensamiento de los animalitos que oía Lorca en el abecedario de las estrellas. Yo he encontrado consolación en los poemas de Antonio Gamoneda y René Daumal. Toda mi vida he creído en la poesía, ella ha sido mi única posibilidad y ahora ya solo me queda tiempo para darle las gracias. Y en ello, platónicamente, estoy.


Juan Carlos Mestre, poeta y artista visual nacido en Villafranca del Bierzo en 1957, es autor de Siete poemas escritos junto a la lluvia (1982); La visita de Safo (1983); Antífona del otoño en el Valle del Bierzo (Premio Adonáis, 1985; reeditado por Calambur en 2003 con un CD en el que el autor recita acompañado por Amancio Prada y otros músicos amigos); Las páginas del fuego (1987); La poesía ha caído en desgracia (Premio Jaime Gil de Biedma, 1992); La tumba de Keats (Premio Jaén de Poesía, 1999, escrito durante su estancia en Roma); El Universo está en la noche (2006, obra singular en la que recrea mitos y leyendas mesoamericanas); La casa roja (2008, Premio Nacio­nal de Poesía 2009); La visita de Safo y otros poemas para despedir a Lennon (2011, en el que revisita y amplia su obra de juventud); y La bicicleta del panadero (2012). Una selección de su poesía fue recogida en Las estrellas para quien las trabaja (2007). Ha editado las antologías poéticas de Rafael Pérez Estrada (La palabra destino, 2001) y de Rosamel del Valle (La visión comunicable, 2001); y la novela de Enrique Gil y Carrasco, El señor de Bembibre (2004). Como artista visual, ha expuesto su obra gráfica y pictórica en Europa, EE.UU. y América Latina. Fue Mención de Honor en el Premio Nacional de Grabado de la Calcografía Nacional en 1999.