12.6.12

robert pinsky / 2 poemas


el tarro de los bolígrafos

Algunas veces simplemente el verlos
apiñados en su cilíndrica formación
me repele: humildes, erectos,
mudos y expectantes en su
enjuagada jarra de miel: mi carcaj
de desprendidos aguijones. (O un ramillete
de mentiras y de intenciones sin usar).

Pilotos, zánganos, obreros. La Reina está
molesta. La logia vertical
de los que trabajan duro, reunidos
en posición de firmes como si creyeran
que toda la tinta del mundo sería suficiente
para cubrir la primera sílaba
de toda la confusión de un corazón.

Esta gruesa estilográfica desearía
con todo su elástico corazón
que yo fuera un chico de granja
cuyo padre analfabeto
la rescata del retrete
tras haberse caído del pantalón del chico:
el hombre escarbando con sus botas
a la luz de un farol, ahí abajo en la fosa.

Otra pluma se esfuerza en recobrar
los caracteres de las miles
de lenguas del mundo que han muerto desde 1900,
florituras, espirales, salpicaduras
de pincel y arabescos:
las huellas de unas especies extinguidas.

El padre le da un manguerazo a las botas
y tras dejarlas en el granero
junto al pantalón y la camisa
entra en la cocina,
sosteniendo el pequeño y recuperado
símbolo de la confección de símbolos.

Oh, camada de rascadores de líneas,
vainas de plástico para el alma, habéis
durado más que las espadas—vosotras,
las garras y las alas de las manos.
.

//


teclado

Un piano incorpóreo. Los auriculares otorgan
al que toca las teclas una cierta soledad
en el interior de su música; grítale y no se volverá:

la imagen de un alma que piensa dar la espalda al mundo.
Apolo en su piel de serpiente despelleja vivo al músico
ingenuo: Marsias adquirió entonces sensibilidad suficiente

para sentir en cada roce el mundo entero. En África
los invasores llevan machetes para amputar las manos
y tal vez hagan elegir a la víctima, «mangas largas o cortas».

Shahid Ali dice que les ocurrió a los tejedores de Cachemira:
acabar con el arte. Solo hay un cierto número de historias.
La Pérdida. El Elegido. E incluso antes El Viaje,

La Transformación: la fruta de cualquier árbol, la puerta
de cualquier aposento, menos este—y el alma codiciosa,
la cuchilla del torno. El Ejército Rojo destrozaba pianos,

pero una vez capturaron a alguien de las SS que sabía tocar.
Le sentaron al piano y se llevaron los dedos
a la garganta para explicarle que iban a matarle

cuando dejara de tocar, y así durante dieciséis horas
bebieron y lo destrozaron todo mientras el nazi tocaba las teclas.
La gran Canción del Mundo. Cuando se desplomó

sollozando frente al instrumento le golpearon la cabeza
y le reventaron los sesos. Orfeo despiadado regresa
de nuevo a su teclado para improvisar un planto:

los pequeños gemidos de placer de ella, bla bla, la zona
tras su oreja, lilas bajo la lluvia, un acorde suspendido,
una frase igual que una polilla volando indecisa a la luz de la luna,

Oh, perdida Eurídice, bla bla. Su arcaica cabeza
continuó cantando tras arrancarla del cuerpo:
el cuerpo, viejo y largo compañero, sostén—la esencia

de las naranjas, la-la-la, el aroma de los almendros,
el sabor de las aceitunas, su falda de paño. El grandísimo
anciano poeta dijo, ¿Qué deberíamos ponernos para el recital—corbata?

¿O mejor sin corbata, cuello alto? La cabeza
a flote se gira hacia Apolo para cantar y Apolo,
el lagarto de fuego de ojos gélidos, recorre las teclas.

[De Música del golfo, Farrar, Straus and Giroux, New York, 2007]


Traducción de Andrés Catalán
.

© Eric Antoniou


Robert Pinsky (New Jersey, 1940) es un poeta, ensayista y traductor norteamericano. Nombrado Poeta Laureado de los Estados Unidos en 1997, es uno de los poetas más populares del país: en 2002 llegó a aparecer en un capítulo de la serie de animación Los Simpsons. Es autor de una decena de poemarios, entre los que destacan An Explanation of America (1981),  Jersey Rain (2000) y Gulf Music (2007). Ha traducido a Dante y a Czeslaw Milosz y en la actualidad es profesor de escritura creativa en la Universidad de Boston.

26.5.12

juan carlos mestre / una entrevista y dos preguntas soñadas




El poeta berciano Juan Carlos Mestre publica estos días su nuevo libro, La bicicleta del panadero, editado por Calambur. Con motivo de una lectura poética Mestre atendió a una entrevista que hoy sirve como marco al adelanto de dos poemas de su nuevo libro. Comenzamos por las preguntas soñadas.



Make love

La evolución de los sueños pinta estrellas en los muros de París
Es decir, escribe mayo, probablemente un acontecimiento volátil
Los transeúntes, es decir, los clientes de la revuelta, leen 68 veces
la palabra revolución y eso exagera su temor a las barricadas
Bien, hasta aquí todo correcto, los estudiantes creen en el poder popular
Es decir, creen en el poder de sus padres distribuido a partes iguales
entre los talleres de obreros y los académicos de Bellas Artes
La policía será solidaria con las algaradas y creará nuevos puestos de trabajo
Los emigrantes inaugurarán una nueva idea de felicidad
Y llevarán a sus hijos a la playa, oculta bajo los adoquines de la calzada
Atreverse, ese es el lema de los cirujanos y los geólogos del tedio revolucionario
inmiscuirse en la tensión sexual que radicaliza la lucha de clases
Lo probable, mucho más que posible, será amarse los unos a los otros
desabotonarse el cerebro en la Soborna, esparcir octavillas por los hostales
La imaginación es radicalmente femenina, una anunciación capaz de convencer
a todos los carpinteros de Galilea. Make love, not war, dijo el que era
como un hijo para Elohim, el primer surrealista, un saltimbanqui para los romanos
Las palabras corren solas a sentarse en el muro como hijas de bibliotecarios
Todo es posible, nadie es Rimbaud. Exploremos el caso
En el siglo XVI Eva Fliegen vivió 17 años sin otro alimento que el perfume de las flores
¿Quién dijo, quién fue el que dijo que todos éramos judíos alemanes?


El ermitaño

El ermitaño abre la cancela y su mirada limpia la noche con la lira de las cinco serpientes. El ermitaño no dice nada, tampoco sabe proteger con palabras esa parte del firmamento en la que crecen los espinos. Los espinos dan al ermitaño consejos que han sido repetidos desde hace dos mil años: los reyes del Norte tienen la sangre fría como los lagartos, los reyes del Sur no usan camisa. La amargura y lo hermoso saben que serán un mismo pájaro hembra en la cabeza del ermitaño, Tiene paciencia, bebe granero para los climas que todavía no se han bautizado, lámparas de aceite en cada choza de lo distinto. Lo que desconoce el ermitaño lo comprende cualquier tozudo con modales si le da una patada a este párrafo. El ermitaño vive en él, dentro de él, como la carta en el sobre y el amo de las gallinas en el comedero de las matemáticas. Wittgenstein era un ermitaño y todo aquel que nunca ha visto a su padre puede ser considerado un ermitaño al leer los e-mail que se envía a sí mismo. Las avenidas de Nueva York están abarrotadas de ermitaños que oyen cada cuarto de hora las trompetas de la resurrección de Lázaro. Un ermitaño pone un frasco junto a la ventana y esas serán las aguas que han recorrido las aguas del acento. No mencionarán detalles, ni cuando aman, ni cuando se los llevan aparentemente muertos. No usan espejo ni han olido la decisión predestinada a la canela. Tampoco recuerdan a las muchachas con pelo rojo a la hora de acostarse. Desconocen los evaporadores y el ballet. Están ahí flotando en el afuera como insectos en la órbita del neón. Quién sabrá si atrapados en otro tipo de música. Sin dueño.


Entrevista

José María Castrillón: ¿Es el encuentro personal con los lectores una de las razones que históricamente fortalecen la pervivencia de lo poético?
Juan Carlos Mestre: Los poetas saben que el principio de incertidumbre preside todas las actividades de lo imaginable, desde una sencilla lectura de poemas a la expansión de una galaxia; ahora bien, que la voz sin boca de la poesía se reencuentre con la presencia de su préstamo, en este caso el oyente, no el lector, pudiera contribuir a que las ensoñaciones del reposo de las que hablaba Bachelard se levanten un ratito más temprano para seguir dándole cavilación a lo misterioso.

¿Y qué matices ofrecen las lecturas públicas al devenir de la poesía?
No es lo mismo leer las transfiguraciones de la conciencia en escritura que oír el ruidito de los niños de Lorca machacando pequeñas ardillas en los montones de azafrán de la imaginación. Los matices de una lectura pública son como las desavenencias entre los colores del arco iris, una voluntad de alianza entre la siempre difícil palabra de la voz pública y el riesgo de no justificar el silencio que esta desaloja. En fin, solo lo difícil resulta estimulante, pensaba el inmenso Lezama anclado en el barómetro de su sillón tormentoso; habrá que arriesgarse bajo la lluvia de mi discreta tormenta. Sin pretensión, sin devenir, pero está bien que los poetas abandonen el silencio, esa permanente sugerencia del poder para que el ciudadano hable cada vez en voz más baja.

Ha desarrollado su creatividad a partir de elementos heterogéneos: la pintura, la poesía y la música. Con seguridad no halla usted obstáculo alguno para conciliar estos lenguajes. Ahora bien, ¿en qué medida estas disciplinas se influyen mutuamente en su obra?
Su pregunta está confiada a lo amable, pero he de decirle que con seguridad lo único que he encontrado, a pesar de su generoso pronóstico, son dificultades para conciliar esos lenguajes. A mí, hacer cualquier cosa me cuesta un trabajo extraordinario, tanto de concentración como de tiempo, me entrego a ello las veinticuatro horas del día, he tardado diez años en escribir cada libro de poemas, meses en concluir un grabado… Todo es indócil, desobediente, insatisfactorio, y esa sublevada actitud a lo insumiso se contagia a todos los campos semánticos, formales y significativos de cuanto he pretendido hacer.

Siente, entonces, la creación como un proceso de lucha, un hacer agónico…
Quiero decir que el obstáculo es el desafío, y que de esa debilidad de no saber surge el estímulo de la búsqueda y la navegación por las zonas de peligro de la razón. Me gusta vivir en esa asamblea de disímiles: los débiles y los descontentos –creo que era Picabia el que lo decía– hacen mucho más hermosa la vida.

¿Hasta qué punto las expresiones artísticas actuales, y más concretamente los textos poéticos, han de reaccionar a las quebraduras sociales y económicas de estos años? En su caso, ¿siente que su decir poético responde, se resiente o se entromete en los conflictos sociales recientes?
El arte, en general, como cualquier otra disciplina relacionada con el proyecto espiritual de los seres humanos, lo primero que ha de hacer es asumir los límites de su posibilidad, no contribuir a la cháchara de los agónicos profetas de la catástrofe ni, tampoco, a la oferta de paraísos que no han hecho otra cosa en los últimos siglos que aplazar la evidencia de su propio fracaso. Dicho esto, he de decir que pertenezco a la tribu de los que han renunciado a ejercer cualquier tipo de autoridad artística sobre los demás, en mi caso me ha resultado bastante fácil, sencillamente porque no la tengo. Eso no impide que piense que existe una responsabilidad, un encargo que nadie nos ha hecho, pero asumido por el hecho de trabajar con la lengua, que es el evitar que la casa de las palabras sea invadida por los publicistas y los mercaderes, aquellos cuyo único objetivo es cambiar el sentido de redención que tiene el lenguaje en la conciencia humana: que la palabra «misericordia» y «piedad» vuelvan a significar lo que no significaron en momentos en que la ausencia de su voz solo devolvió a la historia el eco de la catástrofe.

¿Y en qué lugar coloca a los poetas esa responsabilidad?
Pienso que el poeta es testigo, incómodo testigo y a la vez vigilante de la tarea para la que han sido hechas las palabras: ayudar a construir la casa de la verdad, y no para destruirla, secuestrada por la demagogia del nuevo fascismo del populismo político, los bandoleros económicos y las bebidas refrescantes.

¿Cree posible encontrar modos de expresión poética en los nuevos lenguajes digitales?
Creo en todo lo que a simple vista pudiera resultar imposible o un desafío a lo inverosímil desde la perspectiva terca de nuestro presente. La velocidad que alcanzará en un plazo de veinticinco años el conocimiento matemático y la física cuántica supondrá una transformación de tal magnitud sobre lo que hoy consideramos hipótesis que solo nos queda aceptar la inteligencia del porvenir como velocidad crítica de los deseos pasados. Habrá nuevos modos, sin duda, ojalá, maneras hoy inimaginables de expresión poética. Sin embargo eso, aun siendo tan importante, no es para mí lo fundamental, que seguirá siendo la responsabilidad ética ante un otro, el hacerse cargo del desvalido y la memoria moral de las víctimas, es decir, la poesía como una de las formas de la justicia pendiente de ser ejercida.

Podría esbozar algún tipo de panorama actual de la poesía española y, si es posible, trazar algún tipo de línea para el futuro.
Las voces de la tierra son tan diversas, afortunadamente, como las nubes sin dueño que avanzan sobre la magnitud de lo que no tiene cálculo. No hay panorama, no hay recinto ni cuarteles de invierno. Hay barracones de insumisos, pero, cuando llegan a ellos los agentes de seguridad de la crítica, ya han desaparecido. Madrugan los soñadores, se acuestan tarde en las buhardillas ilocalizables por los capataces del canon. Veo, leo y amo la poesía de muchos poetas, creo que todos ellos al margen de las tendencias que han ordenado el catastro lírico como si se tratase de un regimiento de soldados, con sus respectivos escalafones. No, nada de eso me ha interesado nunca nada. La poesía que me ha salvado la vida está en otra parte; nace en Antonio Gamoneda y Rafael Pérez Estrada y Nicanor Parra, pasa por Gonzalo Rojas y Lezama Lima y Juan Larrea, y desemboca en poetas que han hecho de la imaginación y la desobediencia a los lenguajes normalizados del poder la adolescencia de los permanentes desafíos de su sueño colectivo, la belleza y la verdad de John Keats enfrentadas a la servidumbre de la sociedad de mercado, es decir, al feo asco de su mentira.

Continuemos hablando, si le parece, de esa tradición literaria, de sus lecturas irrenunciables. ¿Qué autores continúan latiendo en su memoria de lector?
En el centro mismo de mi sueño está el relámpago de Saint John-Perse, Anábasis, que llega a mi mano como herencia de mi primer amigo en la poesía, el poeta suicida Gilberto Ursinos. Ese libro se lo había regalado a él Gamoneda, junto a las Elegías de Rilke y los Cantos de Pound, en las ediciones de Adonais. Esos libros los heredé de Ursinos, yo tenía 14 años, escribía no se puede decir que poemas, sino ingenuas versificaciones, pero leí esos libros sin entenderlos durante años. Un día se abrieron como un girasol en medio de la noche y nunca más volví a ser el mismo. La cifra había sido desvelada. Después, ya no renuncié a nada, tan hermoso en su necesidad es un poema de Robert Desnos como otro de Wallace Stevens. No podría olvidar lo que constituye esencialmente mi tradición y que no son estrictamente escritores, sino la amistad con las personas más dignas que he conocido y alguna de las cuales, además, han escrito admirables poemas. Pongamos, para no exagerar ni hacer interminable la lista, a tres íntimos, Guillermo Shakespeare , Oscar Wilde y Walt Whitman.

Sospecho que no se hallaban libros de tales autores en la modesta casa familiar.
En mi casa natal no es que hubiera una biblioteca mediocre, simplemente no había ningún libro, yo aprendí a leer muy pronto, prospectos de medicamentos y otros papeles así, palabras mágicas destinadas a curar la enfermedad y consolar en el dolor, luego no cambiaron demasiado las cosas cuando las lecturas de Rosalía de Castro o mi delicado paisano Enrique Gil y Carrasco me ayudaron a huir del invierno y los espectros de la melancolía.

Ahora desde fuera. A la expresión poética le asedian conceptos; de continuo se acude al cuño: poesía del sentido común; o bien poesía del silencio; o neosurrealismo… ¿Asiente a alguno de estos términos? ¿Se mueve con más comodidad en alguno de ellos?
La poesía como las raíces del mundo es esa fidelidad a lo maravilloso que cada cual reconocerá según la zona de labranza de su inteligencia. La conciencia poética no tiene gramática y su práctica carece de preceptiva. Sobran forenses y policías en los alrededores de la casa de huéspedes de los poetas, sobran clasificaciones y generaciones de serrín en las arboledas líricas. Mire usted, todo esa manía ordenadora de ismos y movimientos es un miserable y falso contagio de los discursos de orden. Qué silencio ni que gaitas, qué es eso de surrealismo frente a sentido común; categorías arbitrarias, practicas para la doma y la sumisión a los estereotipos, bobadas de conceptistas sosos. La poesía está donde esté el desafío de la condición humana, subiendo a la vez a las inalcanzables terrazas de la revelación, descendiendo a los subterráneos del sueño, hablando a ras de suelo con el individuo, recordando el futuro, cuidando la sonrisa de los muertos, hablando con todo de todas las maneras posibles. De esa heterodoxia, de esa voluntad ecléctica de hereje, de ese pueblecito de los que están llenos de nostalgia como los niños y los corderos quisiera ser yo también vecino.

Es frecuente asociar el concepto de poesía, y su acción, al discurso de lo no útil. Praxis frente a poiesis. Al fondo, quizá, los recelos del viejo Platón hacia los poetas. Pero ¿es posible que lo que nace de la imaginación y de la emotividad pueda ser inútil entre los seres humanos?
Como todo el mundo sabe, Platón era un dulce mangante maravilloso en cuyos labios anidaban las abejas, y que hizo lo que pudo para que los poetas pudieran encontrar su lugar en la imprescindible inutilidad de lo que los filósofos y otros personajes cultos llaman el logos. Nadie cuestiona la utilidad del canto de los pájaros o la incomprensible influencia de la luna sobre los manicomios sin techo lleno de monos vivos que corren por la playa. Ninguna actividad percibida como materia de lo sensible por el conocimiento humano es inútil.

Tal vez exista por ello alguna forma de consuelo en la poesía.
Hay, claro que hay algo redentor en la poesía de Paul Celan, claro que hay algo que hace la vida más bella en el pensamiento de los animalitos que oía Lorca en el abecedario de las estrellas. Yo he encontrado consolación en los poemas de Antonio Gamoneda y René Daumal. Toda mi vida he creído en la poesía, ella ha sido mi única posibilidad y ahora ya solo me queda tiempo para darle las gracias. Y en ello, platónicamente, estoy.


Juan Carlos Mestre, poeta y artista visual nacido en Villafranca del Bierzo en 1957, es autor de Siete poemas escritos junto a la lluvia (1982); La visita de Safo (1983); Antífona del otoño en el Valle del Bierzo (Premio Adonáis, 1985; reeditado por Calambur en 2003 con un CD en el que el autor recita acompañado por Amancio Prada y otros músicos amigos); Las páginas del fuego (1987); La poesía ha caído en desgracia (Premio Jaime Gil de Biedma, 1992); La tumba de Keats (Premio Jaén de Poesía, 1999, escrito durante su estancia en Roma); El Universo está en la noche (2006, obra singular en la que recrea mitos y leyendas mesoamericanas); La casa roja (2008, Premio Nacio­nal de Poesía 2009); La visita de Safo y otros poemas para despedir a Lennon (2011, en el que revisita y amplia su obra de juventud); y La bicicleta del panadero (2012). Una selección de su poesía fue recogida en Las estrellas para quien las trabaja (2007). Ha editado las antologías poéticas de Rafael Pérez Estrada (La palabra destino, 2001) y de Rosamel del Valle (La visión comunicable, 2001); y la novela de Enrique Gil y Carrasco, El señor de Bembibre (2004). Como artista visual, ha expuesto su obra gráfica y pictórica en Europa, EE.UU. y América Latina. Fue Mención de Honor en el Premio Nacional de Grabado de la Calcografía Nacional en 1999.



26.2.12

cristián gómez olivares / 5 poemas


una dama es una dama es una dama es una dama
(A Juan Luis Hernández Milián)

Con la misma elegancia de un barco que se hunde
aunque el capitán no quiera darse cuenta
ni los tripulantes le hayan informado.

Con la mala suerte en el amor
que acompaña a los eternos
perdedores de veintiuno

y escala real. Observando
el mismo y riguroso lenguaje
que adoptaran tanto los amantes

clandestinos como los militantes
de la misma condición: para darte
simplemente las gracias, para que no

se te olvide esa vez que fuimos a Milwaukee
tu pelo a imitación de las estaciones seguía
siendo rubio y las deudas no nos importaban.

Éramos pobres y el auto no
tenía seguro: pero eso
era para ti como

los venados que tuve que esquivar en el camino.
Un animal a punto de morir que
después podríamos cocinar

para recordar esos tiempos felices
cuando las palabras no se habían separado
de las cosas y no era necesario hablar en clave:

una rosa era una rosa era una rosa
permitidme hacer la cita en el pasado
permitidme respirar nuevamente bajo el agua:

o por lo menos así lo parecía.



*



lastra

En las costas de este océano también existe una epopeya.
Protagonizada por el mar y sus testigos. Aquellos
que captan con sus celulares lo que otros

describían con párrafos que se reservaban el tono y
el derecho de una despedida. Mis hijas comparecen
ante otro oleaje, la mujer que amo, permítanme

llamarla así, ha pronunciado como los guerreros
de un ejército aquel viejísimo suspiro
ante la inmensidad. Thalassa,

Thalassa, susurró con alegría. Mientras
tanto los que estábamos presentes
quedamos a la espera de algún hecho

sobrenatural o de una traducción.
No habíamos llegado a ninguna parte.
Los años que llevamos haciendo

las maletas no han sido en vano.
Nunca viajamos ligeros de equipaje.
La casa que llevábamos con nosotros

guardaba todavía aquel aroma
de los árboles que le daban sombra
a nuestro patio. Olmos, cedros santiaguinos

y boldos que llegaron con la colonia.
Las olas reventaban sin poder botar los muros
de esta casa. Esa es la epopeya

de la que hace rato les vengo hablando.
Allá ustedes si se niegan a escucharme.



*



casa
(vía unitiva)

Comprar una casa después de disputársela
a los otros compradores. Reunirse alrededor
del fuego a disfrutar de los pedazos compartidos
de la presa. Comentar la caza, amueblarla:

ordenar los muebles de acuerdo a ciertas
categorías que nadie ha mencionado, una
disposición que sólo los adultos del hogar
mencionan casi de rebote, cuando están

hablando de otros temas y deslizan en un par
de comentarios las decisiones más importantes,
las huellas que van a seguir por el bosque, las
armas a utilizar, las que tendrán que prender

el fuego para la carne una vez que los planos
estén terminados y se hayan mandado a pedir
los materiales: para darle a la casa alcance.




*



la tradición y el talento individual
(vía descriptiva)

Hay que salir a caminar, hay que sentarse a conversar con la gente,
hay que estrecharle la mano a los vecinos, poner teléfono, dar
la luz, hay que aceptar los folletos que reparten en la calle

los bomberos vestidos de civil, reclamando por los despidos
injustificados y los recortes en el presupuesto municipal, hay
que salir a manejar y perderse, hacer preguntas, equivocarse

resulta imprescindible. El margen de error es bienvenido,
las ratas son parte del acueducto y el acueducto
construido en mil novecientos doce es parte de la casa,

los préstamos ahora tienen interés reducido,
los corredores de propiedades disimulan con risitas
nerviosas la escasez de compradores, el lenguaje se torna

enrevesado y cuándo no, pero la casa imperturbable
no resulta un adjetivo, no hay descripciones que
valgan la pena cuando uno se puede pasar la

vida epigrafiando, abriendo el recital con
un saludo a la bandera dirigido con
astucia para la gradería, el ruido

ensordecedor de los asistentes a la lectura:
se justifica ante el aire flemático de la casa
y la torpeza de sus nuevos habitantes que

seguirán buscando los interruptores de la luz
para prenderlos y apagarlos a discreción
según sea su estado de ánimo, más pudre el miedo

que la muerte es aquello que aún no saben
y sin embargo siguen reuniéndose
con descuido en torno a la mesa

o con descuido en torno del televisor 
con tal de disputarle el miedo al territorio
cada metro cuadrado un campo de batalla,

exactamente lo mismo que pasa con los
clásicos: los roedores también se reúnen 
con descuido en torno a los libros recién

encuadernados y los restos de comida
que dejaron las niñas al almuerzo: el silencio

cómplice de las abuelas no las librará
de esas plagas bíblicas o suburbanas
que ningún flautista podría resolver:

los gatos son un lugar común insoportable
pero al igual que los espejos demasiado
demasiado necesarios.



*



fuego que se hacía en las torres o atalayas
para dar aviso de algo (como de tropas enemigas
o de la llegada de embarcaciones)

Esto que alguna vez fue una alameda
continúa llamándose así. La ausencia
de los árboles no oculta las otras ausencias.
Ya no está el mohicano a las afueras de la iglesia
de San Francisco. Ya no está el lienzo
colgando del frontis de la casa central de la católica
sentenciando que El Mercurio miente (lo sabíamos).
Ni sesiona la junta en el edificio Diego Portales
que tampoco se llama así. La llama de la libertad
está apagada. No sé si todavía está en pie La Blondie.
El Club de la Unión tiene una réplica en Las Condes.
Las almenaras ubicadas en los ministerios contiguos
a La Moneda han desaparecido. Sin embargo
permanecen los vigías. Todavía los prismáticos
cumplen la misma función que cumplieran
cuando los barcos se perdían en alta mar.
Otras ausencias han sido olvidadas
no de manera involuntaria. Preferiría
recrear mi niñez con imágenes ligadas
a la pobreza que me otorgarían el favor
de ciertos jóvenes: sin embargo el peso de
la noche nos hace transitar todavía noctámbulos
por la alameda, como si el mundo o Santiago
nos debieran todavía el tiempo, la confianza
depositada en que va a pasar la última micro
aunque el día haya reanudado nuevamente
sus labores y sus esbirros se lamenten
al pasar acoquinados por delante de nosotros:
ladraríamos si pudiéramos, no es que no seamos
perros. Lo que pasa es que nos tienen
amarrados el hocico.





Cristián Gómez Olivares (Santiago de Chile, 1971), poeta y profesor de literatura, reside en Estados Unidos. Ha publicado, entre otros títulos, Alfabeto para nadie (Valparaíso, Fuga, 2007), Como un ciego en una habitación a oscuras (México, Conaculta, 2005), Pie quebrado (Salamanca, Amarú, 2004, Premio de poesía Víctor Jara), Inessa Armand (Santiago de Chile, La Calabaza del diablo, 2002) y Homenaje a Chester Kallman (Luces de Gálibo, 2010). Su último libro hasta la fecha es La casa de Trostsky (La isla de Siltolá, 2011).