7.12.12

kostas psarakis / 4 poemas


tú, viejo amigo

Llegó y me halló mientras miraba el mar
enloquecido
bebía cafés batidos uno tras otro y fumaba
(como hacíamos entonces)
y me decía lo que a los dieciocho decíamos
sobre las mujeres y la muerte.

En lo profundo de sus ojos uno de mis yos
me miraba también olvidado e ignoto
como mi viejo amigo
perdidos los dos en los vórtices del tiempo
y de la preterición

Toda la noche habló y habló, fumó, bebió cafés batidos
vinieron y lo recogieron al día siguiente…


betesda

ya hace cuarenta años
que veo al Ángel
descender del cielo
para agitar las aguas.

Estos últimos años
todos partieron
los viejos se curaron
los jóvenes perdieron la fe
el lugar fue olvidado
me quedé sólo yo.
Yo y el Ángel.

Ya no tiene prisa por irse
está sentado al borde del aljibe
agita por mucho tiempo las aguas
ya nadie tiene prisa
estamos solos
yo paralítico en cama
y él con alas
de águila.

Sus ojos
tienen estrellas dentro
su corazón es el de un niño de ocho años
está hecho
de fuego y amor
un niño me dijo
su nombre
es dice
el León de Dios
en el Sol

Llegó el invierno
hace frío por las noches.
Antes de volar
con precisión
hacia mis pensamientos pecaminosos
que por desgracia
ni siquiera aquí van a abandonarme
me arregla la ropa de cama
y abre las alas
hacia el cielo

Nada me salva
excepto la paciencia.


crónica

Como poetas corremos peligro en los precipicios.
La montaña que normalmente se eleva desde el norte a mil metros
se precipita de golpe en el mar del sur.

Muchos kilómetros escarpados precipicios…
Enormes rocas pétreos arcontes
con la mar cual esclava a sus pies.

Por entre los frisos soplan los vientos eternos
que nos entorpecen confundiendo nuestras cuerdas
Hallamos los antiguos senderos
en mitad del caos
aquí donde aprendieron a no tener miedo
los montañeses.
Encuentro señales de hombres valerosos
que se distinguieron
en estos difíciles parajes, refugios de águilas
que no ensucian sus garras en la tierra.
Hallamos los refugios de los razonamientos
que ya no pueden vivir
con los hombres.

Cuando la luna sale
nos detenemos en las orillas del tiempo.
Mientras nuestro corazón aguante.
No nos quedamos mucho en las fabulosas playas de la memoria
que están hechas
de luz de luna y olvido.

Allí donde se escuchan
las olas del tiempo
en la noche y el silencio.

Este sonido es la canción de la noche.
Las palabras secretas de los vientos en lugares desiertos.
Ésta es la flor de la luna que es a la vez el mañana y el ayer.

Ésta es la canción de la noche.

Las palabras secretas de la belleza insoportable.
Partimos. Nuestro corazón no aguanta.

Tenemos prisa.
Amanece un día laborable.


mientras agonizo

... sumerjo mi mano izquierda en la roca.
Está hecha de tiempo antiguo y fuego.

La muerte es una brizna de seca hierba áurea
en sus riberas.
Algunas voces vuelan despacio de un lado del desfiladero al otro.

Mis tres hijos lloran y me siento tranquilo
la mesa, la casa, las montañas… ¡todo!
todo está hecho de tiempo
como las olas de agua
como las nubes de niebla

No todo
¡Yo soy como un árbol!
ramas ramitas
dibujos bifurcaciones
de algo que no es tiempo
soy algo en el tiempo
frágil como el azúcar
que cristalizó
en una antigua bebida dulce.

Llegaron los fallecidos
para ayudar
es difícil estar muerto.
Estoy lento y perplejo
arrastro
trozos de mi vida
una gran roca
en medio del precipicio meridional
los juncos del patio
mediodías estivales
y un trozo de mar
una pequeña iglesia secreta en el desván
la sangre que se derramó una Primavera.

Todos partieron vivos y fallecidos.
El viento sopla
escucho ladrar a los perros a lo lejos
indignados por la soledad
asciende la noche desde los desfiladeros…

Sólo quedó la luna
para agujerear taciturna

el tiempo sobre la roca


Kostas Psarakis nació en 1957 en el pueblo de Járakas, a los pies de Asterusia (en el sur de Creta, a 38 kilómetros de Iraklio), donde vive y trabaja como profesor de matemáticas en el pequeño instituto provincial de Asimi. Ha escrito los libros inéditos Formas del tiempo (Morfés tu jronu, 2006), Los cuadernos de V. K. (Ta tetradia tu B. K., 2010) y El capitán Perdikis y los sentimientos de muerte (O Kapetán Perdikis ke ta syneszímata zanatu, 2012). Algunos de sus poemas se han publicado en antologías como Núcleo poético (Piitikós Pyrinas, http://ppirinas.blogspot.com.es/, una antología de la editorial Endymión, 2012), y en revistas en la red. Estos poemas pertenecen a su libro Formas del tiempo. Mantiene un blog: http://psarakis-k.blogspot.com.es/.

Traducción y nota bio-bibliográfica: Mario Domínguez Parra



28.10.12

miguel ángel gara / los pájaros pican



El náufrago se bebió el mensaje.


Mejor que no olvidar la respuesta, recordar la pregunta.


La economía es el arte de subsistir con números.


Divídete por cero.


No es la pared la que me impide pasar sino la puerta.


Violencia es debilidad impuesta por la fuerza.


Si tú no ves la pobreza la pobreza te verá a ti.


Era tan pobre que en vez de un plato de ducha tenía un plato de lluvia.


El mito del vampiro trae implícita la tragedia del hambre.


Su eficacia era asombrosa, su eficiencia extraordinaria, pero lo despidieron por su escasa efectividad.


El imperio de la ley es una forma de llamar a la ley del imperio.


La dignidad es propia pero la indignación es siempre hacia los demás.


La peor plaga fue de faraones.


Hay épocas en las que hay que llorar menos y gritar más.


No es que se confunda lo urgente con lo importante sino que se confunde lo visible con lo importante.


La convención de sordos se celebrará en un auditorio cerrado.


Los parados fueron imparables.


Vuestra ecuanimidad más mi debilidad es igual a nuestra justificación.


El inconveniente de ser tu propio jefe es que eres también tu propio despedido.  


Pensaron que era una tormenta y en realidad era el invierno.


Cuando alguien dice que hace un trabajo que le gusta significa que le pagan por hacer un trabajo que le gusta.


A un clavo le aguarda su agujero.


Todos los patriotas parece que vivieran en la frontera.


Lo contrario de cualquier verdad es el ego.


Es más difícil que un rico entre por el ojo de una aguja si se niega a coser.


Todos los patriotas parece que vivieran en la frontera.


A los especuladores no les gustan tus especulaciones.


Un chivo es una cabra culpable.


Quién siembra mariposas recoge huracanes.


En los malos tiempos se escuchan mejor las risas.


Si el futuro no acude el pasado se nos echa encima.


Mirar ruinas es constructivo.




Miguel Angel Gara (Madrid 1970) colabora ocasionalmente en publicaciones literarias de España y Latinoamérica, y en especial en el portal literaturas.com, donde ha coordinado la sección de poesía y editado la revista Pata de gallo. También ha realizado labores de lectura y traducción para algunas editoriales españolas y suecas.

Ha publicado El libro de Sara (LF ediciones, 2005), Luz previa a la luz (Algaida, 2006), Gérmenes y momentos (Amargord, 2007), Calle (Amargord, 2008) y El desierto de agua (La Garúa, 2009).

Algunos de sus poemas figuran en varias antologías y ha recibido algunas menciones literarias, entre las que destaca el Premio Ciudad de Badajoz por Luz previa a la luz.

8.10.12

4 poemas de Antología de Spoon River / Edgar Lee Masters


La editorial Bartleby aporta al panorama poético una nueva versión del clásico de Edgar Lee Masters (1868-1950). El poeta estadounidense alcanzó extraordinaria fama con la publicación de su Spoon River Anthology (1915, con casi una veintena de ediciones en ese mismo año). Jaime Priede nos regala una versión renovada en la que el lenguaje deja salir la osadía de esta obra inusitada. El autor alza a través de 250 epitafios imaginados las grandezas y miserias de los habitantes de un pueblo ficticio. Las razones del aviador ofrece como principio de una lectura ineludible los poemas referidos a los primeros cuatro personajes que siguen a una pieza inicial en la que evoca la colina en la que están enterrados.


Hod Putt

Aquí mi tumba, junto a
la del viejo Bill Piersol,
que se hizo rico traficando con los indios y que
acogiéndose luego a la suspensión de pagos
logró salir más rico que antes.
Harto yo de miseria y mucho curro,
viendo cómo crecían Bill Piersol y otros en opulencia,
una noche atraqué a un viajero cerca del Proctor`s Grove
y lo maté sin querer,
por lo que me juzgaron y colgaron.
Así me acogí yo a la suspensión de pagos.
Ahora, todos los que nos acogimos a ella, cada uno a su manera,
dormimos juntos, codo con codo.


Ollie McGee 

¿Os habéis fijado en un hombre mustio y cabizbajo
que deambula por el pueblo?
Es mi marido, que con secreta crueldad,
nunca confesada, me robó juventud y belleza.
Hasta que, llena de arrugas y con los dientes amarillos,
perdida la dignidad y de vergüenza humillada,
me bajaron a esta tumba.
¿Y qué creéis que le roe a mi marido por dentro?
¡La cara de la que fui y la otra que hizo de mí!
Las dos le están llevando al sitio donde yazgo.
Logro mi venganza después de muerta.


Fletcher McGee

Fue ella quien me robaba la fuerza a cada instante,
quien me robaba la vida hora tras hora,
quien me dejó seco como una luna enfebrecida
que va debilitando al mundo sobre el que gira.
Pasaban los días como sombras,
rodaban los minutos como estrellas.
Fue ella quien transformó la pena de mi corazón en sonrisas.
Era un trozo de arcilla por esculpir.
Mis secretos pensamientos se convirtieron en dedos:
se alzaron hasta su frente pensativa
y la marcaron con la arruga del dolor.
Dieron forma a los labios, le hincharon las mejillas
y le hundieron los ojos en cuencas de dolor.
Mi alma penetró la arcilla
luchando como el mismo diablo.
No era mía, no era suya,
tenía otra distinta, pero su resistencia
le modeló un rostro que odiaba,
un rostro que me daba miedo mirar.
Cegué las ventanas, eché los cerrojos,
me acuclillé en un rincón…
Pero entonces se murió y me dio caza.
Me dio caza para los restos.


Robert Fulton Taner

¡Si un hombre pudiera morder la mano gigante
 que le atrapa y destruye,
como me mordió a mí aquella rata
cuando hacía una demostración de mi trampa patentada
un día en la ferretería!
Pero un hombre jamás puede tomar venganza
del monstruoso ogro Vida.
Entras en la habitación, que es el nacer,
y no te queda otra que vivir, partirte el alma trabajando.
¡Ajá! Tienes a tiro el cebo que ansías:
una mujer rica con la que casarte,
prestigio, posición y poder en este mundo.
Pero hay obstáculos que vencer, cosas que hacer:
los alambres que rodean el cebo.
Por fin logras entrar, y entonces oyes unos pasos:
Vida, el ogro, entra en la habitación
(te estaba esperando y oyó saltar el muelle)
para verte roer el delicioso queso
clavándote sus ojos de fuego
con muecas y risas, burlas y maldiciones,
mientras tú corres de una esquina a otra en la trampa,
hasta que se harta de tu sufrimiento.


edgar lee masters (Garnett, Kansas, 1868 – Melrose Park, Pennsylvania, 1950), poeta, biógrafo y dramaturgo estadounidense. Junto con otras figuras de la talla de Carl Sandburg o Vachel Lindsay, participó en el movimiento literario conocido como Renacimiento de Chicago.


16.9.12

luis miguel rabanal / 3 poemas inéditos

[del poemario inédito A la que falta]


ganglio centinela

El desprecio no sirve para dormir
con las ventanas cerradas,

ni para dar sabios consejos
al que no termina de mostrarse.
Sorben el alcohol exigido,
aparta su ropa de la silla
y aún le aflige ser cruento
con la imagen de la madre
que acepta su suerte.

(Cristina cose faldas,
escucha la novela en la radio.

Los tres aguardaban discursos
ociosos puestos en boca
del más remolón.)

La galería y al fondo del monte
otro monte turbador que averigua.
San Isidro y la miel.

Quién iba a pensar
que no estaríamos juntos
para conmemorar fechas
difíciles. Un domingo como hoy
lejos de ti. Quién me acaricia
con bondad el pasado

como si fuera un embuste.



la caza

A mayor impertinencia
el tiempo castiga con sus manos
pulcras, pone a escurrir las galas
del difunto y de un solo trago se bebe
la pócima.

Si fuera el allegado antiguo
que ha venido a recuperar su tesoro
enterrado en la grava –un par
de monedas y una alfombra raída,
un coche de guardias y una muñeca
de yeso–
     pero no.

Grita tu nombre y se deja poseer
por la extraña silueta. Se compara
a quien tú sabes de sobra: idéntico
rostro avejentado, los brazos
que penden,
inútiles, del cuerpo.
Igual que monigote.

Ahora que estamos tú y yo
solos y nadie nos molesta. Ahora
que descubro en tu sombra picotear
tus dientes un pájaro espantoso
y olvidarte sin ganas.

A tanto amor le acribillan
tres minutos de lluvia.
O no es eso. Sobre tu carne
maldita ellos secan palabras. 




los licántropos del bosque


En un principio ella se desconcierta.
Para alarmarse enseguida
al no diferenciar la predestinación
de otros murmullos dudosos.
Platino, tamoxifeno.

Yo sé que se aguanta de pie, o que ya
no lo soporta, según la sueñe.

Sé que no me reconoce
debido a sus pómulos fríos, cuando
la beso y no está frente a mí.
Yo sé que no me quiere ahora
porque no se acuerda.

(La gota que rebosa el ojo.

En el Parque lo atestiguan
los muertos, clama
el charlatán al poco de cuajar
su infusión de cristal y ceniza.)

Por teléfono me cuenta la congoja
de su piel, los vómitos grises
o la forma que ha concebido
para no morir, no todavía.

Y ella se despreocupa y da
su brazo a torcer a los fantasmas,
doctores intachables
de lo iluso.
 



Luis Miguel Rabanal (Riello, León, 1957) es autor de una extensa obra poética de la que entresacamos (Técnicas) para abrazar un oscuro nombre (1985),  La memoria buscando sus disfraces (1986), Libro de citas (1994), Cáncer de invierto (1998), La última vez (2000), Fantasía del cuerpo postrado (2010), Música para torpes (2012) o el libro misceláneo Elogio del proxeneta (2009).

 .
 .

12.6.12

robert pinsky / 2 poemas


el tarro de los bolígrafos

Algunas veces simplemente el verlos
apiñados en su cilíndrica formación
me repele: humildes, erectos,
mudos y expectantes en su
enjuagada jarra de miel: mi carcaj
de desprendidos aguijones. (O un ramillete
de mentiras y de intenciones sin usar).

Pilotos, zánganos, obreros. La Reina está
molesta. La logia vertical
de los que trabajan duro, reunidos
en posición de firmes como si creyeran
que toda la tinta del mundo sería suficiente
para cubrir la primera sílaba
de toda la confusión de un corazón.

Esta gruesa estilográfica desearía
con todo su elástico corazón
que yo fuera un chico de granja
cuyo padre analfabeto
la rescata del retrete
tras haberse caído del pantalón del chico:
el hombre escarbando con sus botas
a la luz de un farol, ahí abajo en la fosa.

Otra pluma se esfuerza en recobrar
los caracteres de las miles
de lenguas del mundo que han muerto desde 1900,
florituras, espirales, salpicaduras
de pincel y arabescos:
las huellas de unas especies extinguidas.

El padre le da un manguerazo a las botas
y tras dejarlas en el granero
junto al pantalón y la camisa
entra en la cocina,
sosteniendo el pequeño y recuperado
símbolo de la confección de símbolos.

Oh, camada de rascadores de líneas,
vainas de plástico para el alma, habéis
durado más que las espadas—vosotras,
las garras y las alas de las manos.
.

//


teclado

Un piano incorpóreo. Los auriculares otorgan
al que toca las teclas una cierta soledad
en el interior de su música; grítale y no se volverá:

la imagen de un alma que piensa dar la espalda al mundo.
Apolo en su piel de serpiente despelleja vivo al músico
ingenuo: Marsias adquirió entonces sensibilidad suficiente

para sentir en cada roce el mundo entero. En África
los invasores llevan machetes para amputar las manos
y tal vez hagan elegir a la víctima, «mangas largas o cortas».

Shahid Ali dice que les ocurrió a los tejedores de Cachemira:
acabar con el arte. Solo hay un cierto número de historias.
La Pérdida. El Elegido. E incluso antes El Viaje,

La Transformación: la fruta de cualquier árbol, la puerta
de cualquier aposento, menos este—y el alma codiciosa,
la cuchilla del torno. El Ejército Rojo destrozaba pianos,

pero una vez capturaron a alguien de las SS que sabía tocar.
Le sentaron al piano y se llevaron los dedos
a la garganta para explicarle que iban a matarle

cuando dejara de tocar, y así durante dieciséis horas
bebieron y lo destrozaron todo mientras el nazi tocaba las teclas.
La gran Canción del Mundo. Cuando se desplomó

sollozando frente al instrumento le golpearon la cabeza
y le reventaron los sesos. Orfeo despiadado regresa
de nuevo a su teclado para improvisar un planto:

los pequeños gemidos de placer de ella, bla bla, la zona
tras su oreja, lilas bajo la lluvia, un acorde suspendido,
una frase igual que una polilla volando indecisa a la luz de la luna,

Oh, perdida Eurídice, bla bla. Su arcaica cabeza
continuó cantando tras arrancarla del cuerpo:
el cuerpo, viejo y largo compañero, sostén—la esencia

de las naranjas, la-la-la, el aroma de los almendros,
el sabor de las aceitunas, su falda de paño. El grandísimo
anciano poeta dijo, ¿Qué deberíamos ponernos para el recital—corbata?

¿O mejor sin corbata, cuello alto? La cabeza
a flote se gira hacia Apolo para cantar y Apolo,
el lagarto de fuego de ojos gélidos, recorre las teclas.

[De Música del golfo, Farrar, Straus and Giroux, New York, 2007]


Traducción de Andrés Catalán
.

© Eric Antoniou


Robert Pinsky (New Jersey, 1940) es un poeta, ensayista y traductor norteamericano. Nombrado Poeta Laureado de los Estados Unidos en 1997, es uno de los poetas más populares del país: en 2002 llegó a aparecer en un capítulo de la serie de animación Los Simpsons. Es autor de una decena de poemarios, entre los que destacan An Explanation of America (1981),  Jersey Rain (2000) y Gulf Music (2007). Ha traducido a Dante y a Czeslaw Milosz y en la actualidad es profesor de escritura creativa en la Universidad de Boston.